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Por Diego van der Laat
@diego.vanderlaat

Está delicada.
Está estable.

1.

Estoy al lado de Cecilia (mi hija menor) cuando recibo el mensaje de Rodrigo (mi hermano mayor). Dice que van a internar a Margarita (mi mamá) en un hospital. 

Está estable en su condición delicada.

Esa frase, que pareciera decir algo pero que en realidad no dice nada, la vamos a escuchar 636378292929 veces en los próximos días. La cosa es que la operaron de la columna y la operación parecía haber salido bien, es decir, todo se veía bien por fuera, pero por dentro el cuerpo estaba luchando contra una infección que ahora —varios días después— salía a flote, delatada por la náusea y la fiebre. Esa enfermedad de nombre espantoso, la septicemia, la bacteria oportunista en la sangre que conduce al choque séptico, al descenso drástico y acelerado de la presión arterial. Luego vendrá una seguidilla de minúsculas y no tan minúsculas complicaciones, coágulos y aguas en lugares en donde no deberían existir ni coágulos ni aguas.

Unas horas más tarde entrará en la Unidad de Cuidados Intensivos y su vida se sostendrá por un hilo y por una serie innumerable de máquinas de soporte, que justamente, le darán soporte por las siguientes semanas. 

Mi mamá se está muriendo.

Pero tiendo a adelantarme, así que vuelvo al mensaje que acabo de recibir al inicio de este texto. Justo después de leerlo, Cecilia me mira fijamente y me dice: “papá se te derritieron los ojos”. Se me derritieron los ojos un poco, sí, la vi borrosa. Luego me encerré en el baño para disimular y dejé que se me derritieran por completo.

Cecilia tiene casi 4 años. 

2.

La foto que alguien envió al chat familiar retrata lo siguiente:

Es un cuarto de hospital, eso se sabe inmediatamente por el color que, con el paso de los días, se volverá insoportable y que no es ni azul ni verde, ni celeste ni pistacho, ese tono que queda en el centro, en la falta de definición de los pasteles, y que en el mazo de la paleta de colores probablemente se llame “azul sanación” o “celeste bienestar”, o yo qué sé. En el centro de la imagen está Rodrigo (mi papá) sentado en una silla, con la mirada fija en dirección al rodapié de la pared que tiene al frente. Tiene ambas manos sobre las piernas, la derecha sobre la derecha y la izquierda sobre la izquierda. No tiene la espalda recta. Tiene las cejas hacia arriba y el ceño fruncido, la boca tensa. No sé si exagero al decir que nunca lo he visto así, creo que no, no exagero, nunca lo he visto así. La foto no retrata a mi papá, retrata una especie de encarnación de la angustia, de la incertidumbre.  Al fondo está Roberto (mi hermano menor) apoyado contra el marco de una ventana cerrada, sólido y con esa disposición de ánimo que supongo tienen los hermanos menores, o al menos el mío la tiene. Roberto es el que siempre está ahí. Mi hermano mayor tiene otro rol en esto. Ese. Es el mayor. Es la punta de lanza y de una forma injusta eso lo convierte en carne de cañón. Él es el que va al frente, el que nos abre camino. Carlos y Ana María (los de en medio) viven en otro país. Mi hermana me llama y me dice que tiene las manos amarradas, y yo la entiendo, todos un poco las tenemos, pero ella las tiene amarradas a 4180 kilómetros de distancia, Carlos a 9221 y eso debe ser horrible.

Como ellos no están, de alguna forma yo soy el único del medio (ni el mayor ni el menor) y no sé bien cuál es mi rol exactamente en esto: soy el que llora, soy al que se le derriten los ojos con facilidad.

3.

La última vez que caminé por los pasillos de este hospital fue justamente hace cuatro años. En ese momento las razones eran otras.

Recuerdo llevar a Cecilia metida en un carrito de la sala de parto a una especie de pecera transparente. Al otro lado del vidrio pude ver las caras de alegría y las espaldas de los iPhones de familiares y allegados. Recuerdo que la mascarilla que tenía puesta se inflaba y se desinflaba, como las bolsas de papel en las fábulas cuando el personaje dibujado tiene un ataque de pánico. Yo lloraba de la impresión y de la felicidad. Los hospitales tienen ese aire volátil, son lugares de tremenda alegría a veces y en otras ocasiones de la más profunda sensación de desesperanza y desasosiego, todo bailado al mismo ritmo, ese que marcan los pitos constantes de las máquinas, pero sobretodo con ese color “celeste bienestar” al fondo. Al igual que hace cuatro años, pero esta vez en el ala contraria a maternidad y un piso más abajo, camino una vez más estos pasillos, y al igual que antes, la mascarilla que llevo puesta se infla y se desinfla como en las fábulas. Esta vez no salgo de la sala de parto, sino de la Unidad de Cuidados Intensivos, y la mascarilla ahora no solamente la uso yo, sino que desde hace varias semanas la usamos todos y cada uno de los que transitamos este edificio, esta capital, este país.

Salgo de ahí y manejo hasta Moravia, adonde viven mis papás. 

No sé si es un mecanismo de defensa, digo, eso es una forma bonita para decir que estoy muerto de miedo, es eso y nada más. Cada quien lidia con esto a su forma, cada uno sostiene lo que puede sostener y en mi cabeza me adelanto valorando la información que tengo a mano y la serie de situaciones que se han venido desencadenando y trazo lo que yo creo es el escenario más realista: se está muriendo.

Y básicamente todo esto se resume en: nunca más la voy a escuchar hablar, nunca más voy a escuchar la voz de mi mamá.

Recuerdo decirle por teléfono a Melania y a Paula (hermanas postizas) que no tengo esperanza. No sé muy bien ni qué significa, pero suena a resignación, a dejar ir. Cuando se pierde la esperanza, se toca fondo y así es como yo me consumo de cabeza y pego justamente con eso, con el fondo. Según yo, pensar que se va a morir es una forma de llegar a términos con esa posibilidad. Ponerle el pecho.  Según yo.

4.

Hace unos meses en un texto escrito para esta misma plataforma, decía que a mis cuarenta años había reconectado de una forma inimaginable con mi mamá. Y es que así fue, cuando nos dimos cuenta de que estábamos chocando en prácticamente todo, en que ella no entendía por qué yo estaba haciendo ciertas cosas y yo no entendía por qué ella reaccionaba de esa forma, decidimos empezar a escucharnos y a decir lo que pensábamos. Eso hicimos por dos años. Hablamos de todo, de nosotros, de nuestros hermanos, de nuestros muertos, de la iglesia, de Dios, del trabajo, de todo. Y nunca llegamos a estar de acuerdo en casi nada, pero por alguna razón eso dejó de importarnos. Y fue lindísimo. 

5.

Luego vendrán visitas diarias y mi mamá (o esta versión desgastada, amarillenta y frágil de ella) estará en un coma inducido.

Vendrán cadenas de oración y cadenas de mejores deseos y cadenas de buenas vibras. Gente que reza por ella, gente que medita por ella, gente que nos escribe para preguntarnos cómo está, cómo estamos.

Llueve todas las tardes y se llora casi todos los días. Y la bacteria se logra controlar y el status de una serie de variables como la herida de la operación, los coágulos, el potasio, las vías, y todo eso, se equilibra poco a poco. Es impresionante como el cuerpo humano se recupera y se deshinchan los labios y se va el amarillo de la piel y mi mamá va despertándose lentamente.

Ella tiene un sensor en la frente que nos deja saber en una pantalla que tan despierta está, y tenemos que ir y hablarle y eso tira un marcador en la pantalla. 

Al inicio está en 25, así vamos midiendo, Roberto logra llegar a 50, Rodrigo a 75. Yo lo intento, pero nada de lo que le digo puntea tan alto. Mientras en las sesiones con Roberto y Rodrigo ella llega a números altísimos, conmigo no pasa de 35. Un día me le acerco y le susurro “mamá, me ganaste, anoche estuve rezando por vos, quería decirte que me ganaste, que anoche recé”. ¡Y claro, la asusté con eso! La máquina pegó 94. Nadie me cree, ni yo, no sé si eso del puntaje, o eso de rezar. Ese día, antes de salir, le digo: “Margarita, está linda la mar” porque no me sé el resto.

6.

Es sábado en la noche. Hace tres sábados escribí aquí arriba que mi mamá se estaba muriendo, y ahora llego a esta parte del texto, cuando suena el teléfono y la palabra Margarita se enciende y se apaga varias veces en la pantalla. Tardo un segundo en responder y cuando lo hago es con miedo de escuchar al otro lado la voz de un enfermero, o de alguno de mis hermanos, pero siempre me adelanto por el camino equivocado y me equivoco, porque al otro lado de la línea está su voz y entonces por última vez en este texto, se me derriten los ojos.


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