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Por Víctor Fernández G.
@victorfgz
Imágenes por Luciano Goizueta

Hay fechas cuyo valor colectivo es tan grande que todos podemos recordar dónde estábamos y qué sucedía en nuestras vidas al momento de determinado acontecimiento.

Hay fechas cuyo valor colectivo es tan grande que todos podemos recordar dónde estábamos y qué sucedía en nuestras vidas al momento de determinado acontecimiento.

Recuerdo que el 11 de setiembre del 2001 estaba desayunando en mi casa (ya iba tarde para el trabajo) cuando vi en vivo mediante la televisión cómo un avión se estrellaba contra un rascacielos en Nueva York; el 22 de abril de 1991 estaba dentro del viejo Land Rover de mi papá, esperando a que la luz del semáforo frente a la Pops de Curridabat nos diera paso, cuando la gente se empezó a bajar de los carros para huir en cualquier dirección, aterrorizada por la fuerza brutal del terremoto que destruía Limón; el 21 de julio de 1996 se me venían las lágrimas de felicidad, solo en mi casa, al atestiguar mediante la señal de Canal 7 cómo una muchacha se bañaba en oro olímpico en una piscina en Atlanta aferrada a una banderita de Costa Rica.


Sé que muchos igual pueden visualizar esas fechas y otras tantas más a través del cristal de sus vidas. Sin embargo, a la mayoría le puede resultar más complicado ubicar qué ocurrió el 28 de octubre del 2011. Ese no es mi caso.

El 28 de octubre del 2011 tomé la mejor foto de mi vida. A ver, puede ser que por calidad no sea así como que la “mejor” y se los concedo. De hecho está algo desenfocada, quizás porque la hice con una hoy arcaica cámara Sony Cyber Shot o tal vez porque la tomé sin fijarme, confiando solo en mi puntería, pues aquella escena debía procesarla con mis ojos y no por medio de un aparato electrónico. “Ojalá la foto salga bien”, pensé.

La foto, que afortunadamente cumple con estándares benevolentes de publicación, registra la vez que Emma y Luci se conocieron.

Mientras Emma, nuestra hija mayor, pelaba unos ojos enormes ante la vista de su hermana recién nacida procuré memorizar cada detalle, consciente de que ellas no recordarían el encuentro y dependerían de mi memoria y la de Mónica para revivirlo.

Estábamos en el quinto piso de un hospital privado, en San José. Luci vestía un diminuto conjunto de blusa blanca y pantalón azul, distintivo de los bebés que vienen al mundo en ese lugar. Emma, entonces de tres años y medio, andaba un abrigo morado y un vestido azul con flores que fue el favorito, no solo suyo, sino también de Luci cuando ya tuvo la talla correcta para heredarlo, años después.

Emma abría los ojos a todo lo que podía, tan impresionada que no decía nada. Luci no abría los ojos, aún acostumbrándose al abrupto cambio de ecosistema que implica dejar el acogedor vientre materno para respirar en el mundo exterior. Mónica contemplaba todo aquello con un gesto tan pacífico y sabio que disimulaba la titánica experiencia física y mental por la que había pasado horas antes. En la puerta, los abuelos vivían su propio éxtasis, y yo me repetía una y otra vez que ese encuentro marcaría nuestras vidas para siempre.

Desde entonces, cuando preguntan por mi momento favorito, no dudo en contestar que sucedió en la tarde del 28 de octubre del 2011, cuando pude ver a nuestras hijas por primera vez frente a frente. Sin saberlo, ese día ellas suscribieron un pacto de complicidad que las guía a diario: a veces van agarradas de las mechas pero casi siempre lo hacen tomadas de la mano, desarmadas de la risa y procurando meterse el hombro cuando la otra necesita a su mejor amiga.

Está de más decir que ese día tomé muchas fotos más (¡cientos!), algunas de ellas de mejores calidades técnicas que la imagen que inspiró este artículo. Sin embargo, ninguna de esas fotos le llega al valor de esa, la primera foto de Emma y Luci. Ustedes entenderán: cosas de papás.

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Víctor Fernández Gutiérrez empezó a escribir sobre música, cine, televisión y cultura pop cuando la gente se regalaba CDs y ‘The X-Files’ era la serie de moda. También es el papá de Emma y Luciana.


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