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Por: Edo Brenes
@edobrenes 

Hace un par de meses me comencé a obsesionar con la novela gráfica autobiográfica (la rima de estas dos últimas palabras que hacen sonar la frase como una canción de reggaetón son meramente coincidencia).

La inquietud con esta temática me ha causado escribir y reescribir en mi cabeza decenas de momentos que he vivido y plantearme la idea de cómo plasmarlos en papel, qué tipo de dibujos hacer, y sobre todo, cuál de todos estos momentos escribir.

Debo decir que ha sido a causa de autoras latinas, como PowerPaola (Colombia/Ecuador), Flora Márquez (Argentina) e Ilu Ros (España), que me han dado el permiso de entrar en sus vidas con sus obras tan magníficas, las que me han inspirado a escribir sobre la mía. Es cierto, mis trabajos siempre son narrados desde una primera persona, y cuentan momentos íntimos de vida, pero nunca personales.

Así que cuando Arturo (Pardo) me sugirió que escribiera este artículo sobre “mi momento favorito” lo vi como una señal del universo para sentarme a poner en palabras lo que ha estado en mi cabeza por meses. Pero, ¿cómo escoger el minuto específico en que sucedió algo tan extraordinario que marca la vida a fondo por lo que es digno de llamarse el favorito?

Comienza la pasarela, cada uno vestido con sus mejores galas esperando ser el elegido. Por ahí pasa el momento en que mi esposa (en aquel tiempo novia) se asomaba hacia afuera de la puerta de un baño público y me levantaba el pulgar de su puño derecho con una alegría devastadora porque en esta caja plástica de color verde sí había papel higiénico y para mis adentro supe que no había nadie más para mí.

También está el momento en que mi abuelita regaña a mi abuelito cuando él dice que el cuerpo femenino es digno de admirar por sus curvas y sensualidad, mientras que el del hombre es tosco, peludo y feo, y ella se vuelve y le dice que más admirable es el del hombre, con su belleza masculina y fuerza, que deje de hablar tonteras. Se suma al desfile la vez que me di cuenta de que en realidad no existe el lado oscuro de la Luna. Si se dan cuenta he hecho un poco de trampa, y en vez de contarles de uno ya les he contado tres. Pero no, ninguno de esos es mi primer lugar, por lo menos no para este escrito.

El primer lugar es un tanto confuso, porque en su momento no fue, ni me pasó por la cabeza que llegaría a ser de tanta importancia para mí. ¿Esto se vale? ¿Qué es lo que cuenta, el momento en que me doy cuenta de lo significativo que fue para mí, o el momento en qué sucedió? Eso lo dejo a discreción del lector, en el cual confió profundamente para que tome una decisión acertada.

Ese momento se resume en lo siguiente: el instante exacto en que me di cuenta de la importancia de mis padres de engañarnos (a los hijos) para mantener viva una ilusión de infancia que pudo haber dejado de existir si no se tratara con el cuidado minucioso de la figura guardián que protege la burbuja que alimenta la imaginación de la niñez. Y ahora a respirar después de tantas palabras sin puntos ni comas.

Vivíamos en Inglaterra a principios de los 90. Mi mamá sacaba su maestría con una beca prestigiosa, mi papá se encargaba de nosotros con sus ahorros de arquitecto mientras él también consideraba estudiar; mis hermanas mayores estaban en Costa Rica con su mamá antes de viajar al viejo continente unos meses después, y mi hermana menor estaba a 4 años de nacer. Mi otra hermana y yo, en aquel frío, asistíamos a la escuela católica (por supuesto).

Un día, al salir de la escuela, ella me enseñó en su mano un diente que se le había caído. Sonrió y andaba chimuela. Yo tenía 6 años y ella 5. Ese día, tanto mi mamá como mi papá nos fueron a recoger, y mientras el aroma a hojas mojadas de otoño se establecía como uno de los olores más fuertes de mis recuerdos, mi hermana les enseño el diente.

Deme y se lo guardo.

No; yo quiero llevarlo.

Bueno pero con cuidado, tome este pañuelo, envuélvalo ahí.

 De un pronto a otro, casi al llegar a la casa, al abrir el pañuelo el diente ya no estaba, era de esperarse. A cualquier niño de esa edad se le hubiera caído, más fácil hubiera sido prescindir del pañuelo por el cual aquel pequeño diente se deslizó para comenzar su gran aventura por el mundo. Y comenzamos a buscar, dónde estará, adónde se pudo haber caído. El recuerdo de mi hermana y yo levantando las hojas anaranjadas y rojas a ver si estaba debajo de alguna nunca se me podrá olvidar. ¿Cuánto habíamos recorrido ya entre la escuela y la casa? La tristeza y angustia de ella era tan grande que ni siquiera podía llorar; lucía preocupada, solo quería encontrar el diente. Y buscaba y buscaba y buscaba, buscábamos todos. Pero mi papá no buscaba con nosotros, mi papá no estaba.

Había conversado con mi madre en silencio y en secreto, la forma en que hacen los adultos cuando hay niños presentes, y se había ido. Al cabo de un rato de expedición sin éxito y cuando estábamos a punto de rendirnos volvió, y recuerdo que le faltaba un poco el aire (ahora sé que venía corriendo). Discutió con mi mamá, se agachó con nosotros y se puso a buscar. De pronto mi mamá soltó la pregunta: Marian, ¿por qué no vuelve a buscar en el pañuelo? Tal vez no se le cayó y buscó mal.

Y dicho y hecho: ahí estaba el diente, solito en la tela color beige entre los minúsculos dedos de mi hermana. A los dos nos volvió el color y la alegría, ella les dio el diente a mis papás para que no se le volviera a perder y entre juegos y chiquilladas volvimos a la casa.

 ¿Habrá sabido el ratón de los dientes que esa noche estaba dejando bajo la almohada una libra esterlina por un diente que ya había recogido? Un diente que bien podía haber sido del hermano de la niña que lo sostenía con tanta ansiedad y felicidad.

¿Cuándo fue que mi mente de adulto se dio cuenta de que tan grato recuerdo había sido solo un engaño? ¿Cuándo me dio la malicia para intuir que mi papá había corrido de vuelta a la casa a sacar de su cajita de recuerdos un diente de repuesto? No lo sé; pero con lágrimas de alegría en mis ojos caigo en cuenta de que ese momento, el momento en que fui adulto y entendí la nobleza de mis padres, ese fue mi momento favorito.

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Edo Brenes es un ilustrador y escritor de novelas gráficas de Costa Rica. Si no está dibujando o escribiendo generalmente está bailando bolero.


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