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Por Arturo Pardo
Imágenes por Luciano Goizueta

El tercer grado ha sido realmente retador porque ahora estamos empezando a escribir en cursiva.

Trazar una palabra entera sin que la punta del lápiz de grafito se separe del cuaderno, ha sido de las misiones más difíciles de la vida.

Hoy hay una actividad extracurricular por la que nos permitieron vestir ropa que no fuera el uniforme. ¡Esto sí es un privilegio de verdad! Pude escoger la camisa anaranjada de Looney Tunes, un pantalón verde y unas tenis Vans negras, esas que están de moda.

Las noches previas a las excursiones, las celebraciones patrias y las fiestas de la alegría me pasa lo mismo: tengo tanta emoción que no puedo dormir bien. 

Cuando hay fiestas patrias me ilusiono por los eventuales puestos de gallitos de papa y los elotes bañados en mantequilla. En el caso de las excursiones, cada vez me hago una idea de un recorrido extraordinario, no importa si vamos a un museo, a una especie de granja, o a visitar la fábrica de la Pozuelo o la Tosty. Todos los lugares merecen mi completa ilusión, porque nos van a sacar, por un día entero de la rutina del aula. Y, si es una fiesta como la del Día del Niño o la de cierre de clases, pienso si nos van a dar pizza o una bolsita con uvas (esto para las fiestas más cercanas a Navidad).  

A este viernes no solo le agradezco por el permiso de usar ropa casual. También le tengo emoción porque es el último día antes de salir a vacaciones de medio año. Es decir, durante los próximos 15 días voy a poder ver más horas de televisión nacional al día (porque en la casa no tenemos Cable Color) y seguramente voy a poder quedarme a dormir donde mis primos algunas noches, para jugar con los muñecos de Batman y los carritos que cambian de color bajo el agua caliente.

Sin embargo, hay un acontecimiento aún más importante antes de que empiecen las vacaciones: Este viernes me voy a declarar a la chiquita que me gusta, porque la verdad es que ya han pasado muchos meses desde que empezó a gustarme y creo que ya es hora de que sepa.

Me siento bien nervioso. He sido muy cauteloso para que nadie se entere, porque estoy consciente de que mis coetáneos no manejan bien el concepto de SECRETO. He tenido la impresión de que si le comparto la noticia a cualquier compañero, me va a cantar sin misericordia, jugando de muy graciosito.

Si se la cuento a una amiga de ella, me arriesgo a que no se guardará la información, porque las chiquitas son demasiado confidentes y creen en ese lema de que “los secretos son del Diablo”. Así que no puedo confiarle nada a nadie. ¡Esta noticia solo la manejo yo!

Ella y yo somos compañeros del mismo aula, pero en medio de lecciones uno no puede ponerse a dar estas noticias. Me esperaré a alguno de los recreos.

En la clase, si la Niña está explicando algo en la pizarra, uno no puede hacer nada más que copiar antes de que borre la tiza y escriba encima de nuevo. Ese olor a tiza me parece del demonio, pero ¿acaso se puede recibir clases de otra forma? “Hoy es viernes 11 de julio de 1996”, dice en la parte superior de la hoja de mi cuaderno rayado.

En el primer recreo no me le voy a declarar. La verdad es que tengo que aparentar(me) que no voy a dar ningún paso. Esconderme en el primer recreo es una forma de bajarle la importancia al acontecimiento de este viernes.

Volvemos a clases después de que me merendé mi sánguche de queso con mantequilla y un Hi-C de té frío. Ando medio sudoroso, por ponerme a jugar futbol, pero no importa. De este día no va a pasar mi noticia; aunque esté medio maloliente, le voy a decir que me gusta.

Estas clases con la niña Marta se están haciendo más largas de la cuenta…

Ahora sí, a la hora del recreo largo me voy a mandar.

Vamos con un ejercicio de contextualización antes de llegar al momento clave de este relato: Hay un juego en el que uno sostiene la chapita con la que se abre una lata de bebida y la mueve de adelante para atrás, diciendo las letras del abecedario en orden. Según esta técnica de la pseudo ciencia infantil, cuando la chapita finalmente se separa de la lata, la letra que uno dice en ese momento corresponde con la inicial del nombre de la persona que le gusta a uno.

Así que, sacando pecho y con mis dedos llenos del colorante de los Chirulitos, camino hasta donde ella está, a un lado de la explanada de basket y le digo: 

“Hey, vieras que el otro día abrí una lata; fui diciendo las letras del abecedario y llegué hasta la V. Me salió usted”.

Me volvió a ver con sus ojos heterocromáticos, sus cachetes rosados se inflaron, me sonrió y me dijo:

Yo también lo hice y me salió la A.

Nuestras sonrisas se corresponden. Mi cara se está poniendo caliente y ya no sé qué decir. Esta parte no la planee. Salgo corriendo no sé ni para dónde pero lo único que voy repitiendo en mi cabeza es: “¡A ella le salió la A; le salió la A!”.

Honestamente era muy improbable que la chapita no se separara antes de que uno llegara a la letra V. Menos iba a ocurrir quedándose en la A o requiriendo hacer el abecedario completo para iniciarlo de nuevo. No importa si tuvimos que encontrar una fórmula rebuscada para confesarnos que nos gustamos. A fin de cuentas, de alguna forma había que decirlo antes de salir a vacaciones de 15 días.

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Arturo Pardo tiene un cartón de politólogo pero ha trabajado como si fuera comunicador, músico y actor en algunos proyectos nacionales para cine y teatro. Es ex asmático y habilidoso jugando damas chinas. Edita el boletín Good Feed.


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