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Por María José Callejas
@marijocalle

Imágenes por Luciano Goizueta

El umbral

Oscuridad, barullo. Un sonido fuerte si tenemos buena suerte, es ahí cuando inicia el camino tormentoso y el cóctel de emociones. Suena la tercera llamada y el barullo se apacigua hasta llegar al silencio absoluto. Por mi cabeza, un montón de ideas, siempre las mismas: ¿Por qué hago esto? ¡Cómo me gusta la tortura!, Ay Jesús, tengo que ir al baño, ya no aguanto, sudor frío, las piernas tiemblan y me consume el pánico de tener un blanco en el texto. ¿Y si salgo y no sé qué hacer?

Luz, silencio. Escucho mi pie de entrada al escenario. ¡Qué momento! Ese segundo en el que cruzo el umbral entre las patas del teatro (bambalinas) y escenario. El abismo entre la locura y la cordura. En un segundo el cóctel de emociones se transforma en fuerza, y todo está bien.

El grito

Un espacio vacío, es necesario probar el sonido antes, asegurar el equilibrio, no muy alto para no perjudicar la salud de nadie, tampoco muy bajo para mantener la energía de las personas. El mismo ritual, abrir el playlist en la app de Zumba, asegurar que suene en el orden correcto, probar el inicio de todas las pistas, poner el celular en modo avión para que no ingresen llamadas que interrumpan la fluidez.  Faltan 5 minutos para iniciar y todavía no llega nadie. ¿Será que hoy no viene nadie? ¡De fijo no viene nadie! Dudar de mí misma es un lugar por el que paso con frecuencia. En cuestión de 2 minutos llegan las personas ¡Que salvada! Algunas personas ponen su botella de agua asegurando su espacio favorito, no vaya a ser que alguien usurpe el spot, mientras esperan revisan su celular. Para mí, esos minutos son eternos. Finalmente, el reloj que coloco en la muñeca izquierda y que uso sobre todo para nunca olvidar con cuál pie debo comenzar, marca la hora exacta. Recorro el salón y me aseguro de mirar a cada persona a los ojos, sonreírle y agradecer con la mirada su presencia. Así les preparo, les dejo sabe que vamos a comenzar.

Cada quién en su spot, ahora con mayor distanciamiento físico que hace algunos meses. Me coloco de frente, les miro nuevamente, sonrío, estoy “nerviosionada”. Dirijo mi mirada al reloj que coloco en mi muñeca izquierda para nunca olvidar con cuál pie debo comenzar y doy “Play” a la música. En cuestión de un segundo un fuego que inicia en mis pies, sube por dentro y se desahoga con un grito que no puedo controlar ¡AUUU!. Da inicio mi hora de libertad, de plenitud y donde puedo ser más yo misma que en ningún otro lado.

Te veo

Despertador, postponer, 8 minutos, despertador, postponer, 8 minutos más y así finalmente logro salir de la cama, normalmente él todavía duerme. Rutina. Perrijas, ejercicios, baño, batido verde (receta de Good Food obviamente). Trabajo. La rutina me gusta, me hace sentir centrada y aprovecho muy bien el día. Mi trabajo me apasiona y la paso genial, en su caos mismo hay rutina; la rutina del caos. Durante el día apenas me da chance de ver el chat, intercambiar un par de pensamientos y de TE AMO. Nos pensamos, pero no podemos compartir mucho más que eso. Termino día laboral de locura, los mejores días doy clases, regreso a casa, nos encontramos nuevamente, protocolos de limpieza, zapatos ropa, manos, cara, para entonces poder saludarnos de beso. Caminata de rigor con las perrijas, un espacio hermoso y necesario donde nos ponemos al día, intercambiamos ideas y a veces filosofamos sobre el universo. Volvemos a casa y nos sentamos a la mesa.

Ahora no hay tiempo, nada nos presiona, ni nos atrasa, ahí somos nosotros dos, en la mesa se sirve lo que haya, sobros o delivery, atún con galletas o algo rico que hayamos cocinado. Nos sentamos y en un segundo, te veo, y te elijo de nuevo, como un acto consciente, voluntario pero inevitable.

Mi segundo favorito.

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Soy un ser humano, decidí estudiar teatro y también project management ambas me han permitido trabajar apasionadamente. Amo dar clases de zumba y ayudar a otras personas. Mamá perruna, hija de Maite y Lenio y pareja de Tavo. Creo en el amor como la cura del universo.


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