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Por Daniela Rojas
@diabeticasolutions

He sido mamá por casi siete años. Aunque hasta hace menos de dos meses finalmente llegó el día en el cual conocí a mi hija.

Llegar a conocer a nuestra pequeña implicó para mi esposo y para mí todo un proceso. Uno, en el cual nos vimos en la posición de amarnos, conocernos, acompañarnos y, lo más importante, llegar a comprender que, por más cliché que suene, el amor todo lo puede, todo lo sana y es lo que todos necesitamos.

Nos casamos hace más de once años, ambos muy jóvenes, llenos de sueños, proyectos, emprendimientos e ilusiones y desde el inicio hablábamos acerca del día que llegarían los hijos a nuestra vida. Como muchos al principio queríamos salir, viajar, trabajar duro para eventualmente llenarnos de valor y dar el paso.

Con el tiempo, decidimos que esperar dos o tres años sería ideal, yo estaría cerca de mis treintas y ya habríamos tenido suficiente tiempo de estar casados, más tomado en cuenta que habíamos salido casi cuatro años antes de casarnos. En nuestra cabeza de veintiséis y treinta y uno esto se veía como un plan infalible. Poco sabíamos cuan distinto iba a ser nuestro camino para poder llegar a nuestra hija.

Desde que nos decidimos a intentar quedar embarazados, cada mes era una emoción, nos llenaba de ilusión esperar las buenas noticias.

Pasaron los meses, los años, citas médicas iban y venían, tanto mi cuerpo como el de mi esposo estaban físicamente sanos, pero algo pasaba que no me permitía quedar embarazada. El doctor siempre me invitaba a saber que lo que estaba haciendo estaba bien, pero que, aun así, hay casos donde los embarazos simplemente no se daban con la misma facilidad que en los casos de otras mujeres. Paulatinamente, la celebración y la ilusión de cada mes se transformó en una enorme tristeza. No podía entender, porqué si estaba tan lista, si cuidaba de mí y hacía todo lo que se supone debía de hacer, aun así, no lograba concebir.

Con el tiempo, la duda se encargó de llenar cada parte de mí con respecto a la posibilidad de ser mamá. Todo lo que en algún momento hacía latir mi corazón con tanta dulzura fue apagándose y empecé a pensar que tal vez la maternidad no era lo mío. Tomé la decisión de enfocarme de lleno en mi trabajo, que siempre ha sido una de mis grandes pasiones y me dediqué a ser feliz.

A inicios del 2019, asistí a mi cita ginecológica anual, una vez más todos mis exámenes estaban perfectos, mi salud en óptima condición, pero nada de embarazo. Mi doctor muy amablemente me invitó a sentarme a que tuviéramos una conversación para evaluar nuestras opciones, muchas de las cuales implicaban una fuerte dosis de medicamentos, hormonas y tratamientos para buscar nuestro añorado bebé. Me dijo que fuera a casa, que lo conversara con mi esposo y que “cualquier cosa” lo contactáramos, que él con gusto nos ayudaría en lo que decidiéramos.

En casa conversamos. Sin mayor duda llegamos a la conclusión que no deseábamos someternos a ningún tratamiento. Hacía algunos años atrás habíamos hablado de la posibilidad de adoptar un bebé, pero nunca habíamos buscado la manera de aprender acerca del proceso. En agosto fuimos a nuestra primera reunión del PANI y para noviembre teníamos todos los papeles listos. En febrero de este año nos declararon aptos para ser padres por vía de adopción. Debo decir que me nos sorprendió maravillosamente el proceso pues se llevó a cabo mucho más rápido de lo que jamás hubiéramos imaginado.

El proceso de preparación fue altamente retador, nos hizo darnos cuenta de cuantos mitos cargábamos al respecto de la adopción, cuantas cosas equivocadas habíamos aprendido, cuantos temores teníamos al respecto de recibir un o una pequeñ@ en nuestro hogar. Nos permitió a mi esposo y a mí aprender mucho el uno del otro, tener conversaciones que nunca habíamos tenido, nos permitió amarnos y respetarnos más. Finalmente, después de tantos años de espera, en una de las sesiones logré darme cuenta de que yo era una mamá, era una mamá a la que lo único que le faltaba era su bebé.

A su vez, nos dimos cuenta de cuánto estigma existe alrededor de la adopción en Costa Rica, como muchos creen que los niños en espera de adopción son una especie de “piratas”, qué van a ser muy difíciles y casi imposibles de amar o al menos no de la misma manera como un hijo “natural”. Cuán lejos de la verdad estaba todo esto, pero solo hizo que a mi esposo y a mí cada día nos dieran más ganas no solo de ser papás, pero ahora también de convertirnos en voceros a favor de la normalización de la adopción. Estábamos listos y solo a la espera de esa llamada.   

Junio 2020. En media pandemia pensando que esto solo iba a atrasar nuestro proceso, entró por fin la tan esperada llamada, había una pequeña de año y ocho meses lista para conocernos. En mi vida he vivido todo tipo de emociones, pero hoy puedo decir que no encuentro palabras para describir mi sensación, aún hoy escribiendo esto lloro de alegría; siento mi corazón lleno e indescriptiblemente alegre.

Corrimos como locos. Y decir eso es decir poco, alistamos todo y cinco días después de esa llamada conocimos a nuestra bebé.  Puedo decir que en el momento en que la vi, todo calzó. Yo había estado esperando siete años por ella y ella año y ocho meses por mí; por nosotros.

Hoy casi dos meses después de su llegada, no podemos estar más felices, somos la familia por la que tanto esperé, la que tanto soñé, pero es aún mejor de lo que jamás podría haber imaginado.

Por años anhelé el poder celebrar para mí el Día de la Madre. Hoy no quepo de alegría, llegó el día de la madre donde por fin tengo a mi bebé para poder celebrar con ella y me siento la más dichosa del mundo.

Como dije al inicio puede sonar muy cliché, pero es verdad. El amor todo lo puede; permite que uno espere en amor y en fe hasta siete años a que llegue el día donde una pueda conocer su bebé para amarla con todo el alma y todo el corazón.

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Daniela Rojas Jiménez es psicóloga con especialidad en personas con condiciones crónicas no transmisibles. Eseducadora en diabetes y vocera latinoamericana de la comunidad con diabetes tipo 1.


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