Por Amy Ross
@amyross87

¿Alguna vez se ha detenido a analizar cómo el lenguaje moralista permea nuestras conversaciones sobre la salud, especialmente respecto de la comida y el peso? 

Categorizamos los alimentos como “buenos” y “malos”. Medio en broma, medio en serio, nos “portamos mal”, “pecamos”, o hacemos “trampa” al romper con nuestras dietas. Nos ideamos alternativas “libres de culpa” como el arroz de coliflor y los fideos de zucchini, que no cargan con el pecado de sus contrapartes harinosas.

 Y ni qué decir de cómo hablamos sobre las personas con cuerpos que tachamos de “excesivos”. Las palabras “gordo” u “obeso” se han convertido hoy en poco menos que un insulto —un supuesto reflejo de la vagancia y falta de disciplina que ensucian el buen carácter —.

Mientras tanto, alabamos la virtud de los gurús de la nutrición y el fitness, típicamente con siluetas esculpidas y “libres” de grasa —y más que dispuestos a mostrárnoslos— prueba de su dominio sobre los placeres corporales. (Cabe resaltar que el “culto a la delgadez”, en las palabras de Sharlene Hesse-Biber, es producto de nuestros tiempos. Los cuerpos gordos se han interpretado de maneras muy diferentes a lo largo de la historia, en algunos momentos entendidos como símbolos de prosperidad o fertilidad.) 

La moralización de la salud (Metzl y Kirkland 2010) ha venido de la mano de otros procesos socioculturales. A finales de los años 70, el académico Robert Crawford (1980) propuso el término “healthism” para describir una creciente preocupación colectiva con la salud personal por encima de todo. Como ideología, el healthism promueve entender la salud como una responsabilidad individual que se puede y debe alcanzar por medio de cambios de “estilo de vida”. Por otro lado, nos exige cada vez más: no basta la ausencia de la enfermedad para calificar como saludable, sino que debemos demostrar nuestra dedicación continua a reducir el riesgo de padecer enfermedades y a mejorar nuestros cuerpos. 

Como un “supervalor” al que debemos aspirar para demostrar nuestro carácter moral, la salud invita a juicios morales que otorgan estatus o estigma (Polzer y Power 2016). Colectivamente aplaudimos a quienes demuestran su compromiso con la salud y recriminamos a quienes “no se cuidan”. A la vez, la moralidad de la salud suele pasar desapercibida. Parte de lo que hace tan potentes los juicios de valor basados en la salud es justamente que no se leen como tales: en lugar de una categoría moral, la “salud” se suele entender como meramente biológica y, por tanto, objetiva o amoral. De tal modo, un juicio sobre una persona gorda, que quizás sería mal visto por motivos meramente “estéticos”, se reinventa y valida bajo el semblante de la salud, aun y cuando conserva una fuerte carga moral.

Conviene una aclaración: Al decir que la etiqueta de la salud no es meramente biológica, no digo que no tiene nada que ver con la biología. Por supuesto que los cuerpos y las mentes se pueden enfermar o deteriorar y estos procesos pueden estar vinculados con la alimentación y el sedentarismo —así como pueden relacionarse con procesos sociales, ambientales, genéticos y demás. No he dicho lo contrario. Mi punto es que la salud, como concepto y etiqueta, ha llegado a abarcar e implicar tanto dentro de la vida social —trascendiendo lo “meramente biológico”— que amerita nuestra interrogación.

La moralización de la salud tiene consecuencias importantes a nivel individual y social. Primero, exacerba muchas de nuestras ansiedades en torno a qué comemos y cómo nos vemos. La culpa, la vergüenza y la mala autoestima no son las mejores guías para tomar decisiones, no solo por el daño emocional que pueden generar (incluyendo su contribución a los trastornos alimenticios), sino porque suelen ser poco efectivas.

La moralización de la salud también suele inducir a una sobre-simplificación problemática de la realidad. Pocas comidas son intrínsecamente “buenas” o “malas” y cualquier alimento solo se puede entender y evaluar en contexto. Asimismo, los cuerpos sanos pueden ser de muchos tamaños y formas.

Segundo, estas prácticas suelen reflejar y ensanchar las inequidades. En sociedades desiguales como la nuestra, quienes más tienen, más pueden invertir en sus proyectos de “automejora” al contar con el tiempo, conocimiento y dinero que se requiere para contratar asesorías nutricionales, comprar alimentos de alta calidad, pagar membresías de gimnasios, etcétera. Lo cierto es que la salud también se ha convertido en una mercancía. Reducir la salud a la mera disciplina distrae de las maneras tan abundantes en las que la salud también es producto de otras variables, incluyendo las socioeconómicas.

A todos nos vendría bien reflexionar con curiosidad genuina sobre cómo entendemos la salud, qué valores impregnan esas ideas y cuáles suposiciones y jerarquías formamos a partir de ahí. También nos vendría bien cuestionar nuestra obsesión colectiva con el escrutinio de los cuerpos y cuán productiva resulta (y para quiénes). Como sociedad, nos corresponde analizar la diversidad de formas en las que la salud se ha privatizado e individualizado, y cuáles políticas contribuyen a la distribución desigual de la salud, empezando por la política alimentaria. Al final de cuentas, todos nos queremos sentir bien.

Amy Ross Arguedas es investigadora y académica especializada en temas relacionados con los medios de comunicación, periodismo y salud. Para su tesis de doctorado, estudió el surgimiento de un nuevo diagnóstico conocido como la ortorexia nerviosa, el cual se describe como una obsesión patológica con la comida saludable. 

Referencias

  • Crawford, R. (1980). Healthism and the Medicalization of Everyday Life. International Journal of Health Services: Planning, Administration, Evaluation, 10 (3), 365. 
  • Hesse-Biber, S. N. (2007). The Cult of Thinness. USA: OUP. 
  • Metzl, J. M., & Kirkland, A. (2010). Against Health: How Health Became the New Morality: NYU Press.
  • Polzer, J., & Power, E. (2016). Introduction: The Governance of Health in Neoliberal Societies. In E. Power & J. Polzer (Eds.), Neoliberal Governance and Health: Duties, Risks, and Vulnerabilities: McGill-Queen’s University Press.

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