Columna, Salud

El caminar de nuestros demonios

El caminar de nuestros demonios.

Por Carolina Campos Arce
@caro.andanzas

“Solo puedo meditar cuando estoy caminando. Cuando me detengo, cesa el pensamiento; mi mente solo funciona con mis piernas” Jean-Jacques Rousseau

Eso de estar quieta no se me da muy bien. Necesito estar de pie, moverme, tronar los dedos, vibrar la pierna cuando estoy sentada, como mi papá.  Además, escondo un oscuro y absurdo secreto que nadie puede ver: cuando estoy sentada  hago coreografías con los dedos de los pies.

Mi colegio tenía la característica de contar con tres edificios en diferentes cuadras, y una población estudiantil tan grande como la cantidad de canguros en Australia. Podíamos salir libremente, ya fuera a clases o para escaparnos. Cuando tenía 16 años y cursaba el año que acabaría perdiendo, era mucho más inquieta, y si me aburría o no entendía algo, este motor interno se aceleraba tanto como para expulsar un cohete al espacio. Una mañana, en la temida clase de matemática, le dije al profesor que necesitaba ir al baño porque no me sentía bien, y salí del colegio, caminé por el parque central, vi las palomas elevarse en bandada. Las envidié, porque aunque comían basura, no tenían que estar encerradas en una clase sin entender nada.

Caminaba sin rumbo, muy rápido. Cuando regresé a la clase, más tranquila,  mi mejor amiga preguntó: ¿Qué te hiciste? 

– “Ah, me fui a dar una vuelta por el centro”, le dije toda casual, y ella estalló en una carcajada. 

– “Estás loca”, me dijo. Y tenía razón. 

Siempre he sentido tedio de estar encerrada.

Odio las paredes, detesto los espacios sin ventanas, no puedo estar sentada o quieta mucho tiempo. En el cine me da una comezón que se va corriendo a distintas partes del cuerpo, parezco un perro pulguiento que se rasca hasta los dientes. Soy alérgica a la inmovilidad. Tengo mente de pájaro, pero me faltan las alas.

Mi abuelo y mi hermano fueron también caminantes. Mi mamá aún lo es. Cuando íbamos a la playa se perdía largos ratos bajo el sol  o la lluvia, y volvía sonriente y cargada. 

Ellos,–mi hermano y mi abuelo– eran altos y delgados, con impotencia en el corazón, la cual lograban disimular con una sonrisa tímida y silenciosa después de una caminata. Mi abuelo caminaba y silbaba, silbaba siempre. Se perdía por horas y volvía contento y tranquilo, no sin antes terminar de calmar sus frustraciones con unas aguas espirituosas. Mi hermano llegó al nivel máster de los hippies: caminaba descalzo por la ciudad, como un iluminado, como si haber ido a ver tiendas desordenadas y cables eléctricos asemejara ir a un templo budista en medio del bosque.

En mis trabajos suelo perderme a la hora del almuerzo para caminar un poco. 

Tengo como tres cerebros en mi cabeza. No lo digo como haciendo alarde de mi inteligencia, sino por los constantes diálogos, monólogos, personajes y situaciones que surgen uno tras otro, sin parar. Es como si una mega ciudad habitara mi psique, la verdadera ciudad que nunca duerme. Pleitos que no ocurrirán jamás, fantasías románticas, recuerdos, futuros imposibles. Todos sonando a la vez, como una orquesta donde cada músico tiene la partitura de una canción diferente. 

Ahora, a mis 37 años, aprendí que se llama déficit atencional y que no me lo diagnosticaron nunca. Caminar me ayuda a que algunas de las voces hablen fuerte, que les ponga atención y que luego les deje tiradas por el suelo, produciendo una contaminación sonoro-existencial por la cual ya deberían haberme cobrado multa. 

Saco a pasear a mis demonios, como quintillizos llorones en sus cochecitos. Camino rapidísimo para que se agoten y así yo pueda recobrar un poco mi propia energía. En una de esas caminatas por mi nuevo barrio con música en los oídos, quedé admirada ante el celaje. El sol hacía que la montaña pareciera morada, entonces escribí en mi mente un cuento sobre una niña que quería subir a la única montaña morada de su pueblo, se llevó a sus padres y no regresó jamás. Volví a la casa y lo escribí. Es el primer cuento que termino, me encanta, y fue gracias a dejar las paredes y perderme entre el paisaje y la música.

Caminar es una terapia, es una medicina. 

La más alta dosis es hacerlo en la naturaleza, sea la playa o la montaña, es una droga altamente adictiva. Te oxigena, te mejora la circulación, te revienta el cerebro en dopamina, mejora la movilidad, fortalece piernas y rodillas, además de ser un motor de ideas creativas. Es un diálogo con el espíritu. 

En medio del terror y la demencia de la pandemia, caminar me sostuvo. Algunos  me dijeron que ni a eso se podía salir, como si el maldito virus estuviera en las nubes… no les hice caso.

Caminar es la actividad humana más antigua, más orgánica; ayudó a huir de la sequía y el hambre y a fundar nuevos pueblos. Si se camina con amigos se tienen las conversaciones más existenciales y exquisitas. Si se va solo es la mejor forma de conectar con uno mismo y entender lo que nos pasa; baja colerones absurdos y evita peleas innecesarias. 

Es el ejercicio gratuito y más accesible a todas edades y condiciones.  Ayer vi a una señora en silla de ruedas eléctrica, paseándose por la avenida central. Iba toda elegante con su sombrero y lentes oscuros, comiéndose un helado, me quedé viéndola, porque ella también caminaba, a su manera. Es la forma de sacar a pasear a los demonios y volver con ellos dormidos en los brazos, rendidos. Como escribió el neurocientífico Shane O´Mara: caminar es una actividad holística y multisensorial que involucra a la mente, el cuerpo, el espacio y el tiempo.  Es mi forma de coserme alas y poner a volar mi mente de pájaro.

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