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Por Manuel Sancho
@manunegro

Corrí tanto, atarantado e impaciente, que roí los cables a cualquier rastro de luz en mí.

En un camino entre montaña y restos arqueológicos en Chinchero en el Valle Sagrado de los incas (Perú), el frío me susurró que dejara ir y volviera a conectar con la lluvia leve, calma, quieta.

Lo último que necesito es correr. Correr a un helado o a un cuerpo en llamas o a una pantalla o a un fogón de sexo o a una voz que ondula entre agudos y graves por el sendero montañoso y luminoso.

Sé lo que es correr, aunque nunca he hecho más que un manojo de competencias de 10 kilómetros. He movido maratones por calles y apartamentos y botellas y barras y pieles desnudas. Fluí (y luego) corrí a ella y la corrí. Corrí al sitio de ella y me fui vacío. Corrí a mi cama y encontré un témpano inquieto esperándome. Corrí hasta mí mismo y los huesos reflejaron una mueca indispuesta.

¿Qué buscaba en esa barra si no era a mí mismo? Me había perdido y no sabía ni cómo extravié una sombra. Corrí tanto y con el aliento acelerado y fétido, que yo (mismo), que mi (yo), que Manuel, que Alejandro, que usted, que vos, que el reflejo, que yo, no quiso(ieron) verme(lo); flaco sucio, lagañoso acelerado ignorante ignorando, sin una clave (de sol) en sus (mis) ojos, con los pies empapados y las manos fría temblorosas por la noche y el vacío.

Sentado en una roca – fumando viendo rocas y monte y árboles y cima – al mismo tiempo camino. Y mis pies (quizás aún fríos) palpan el suelo. Se anidan unos segundos para ser un paso (aunque no dan un paso). Mis ojos se estancan y renuncian a correr. A correr detrás de una sombra o una tea que encienden mis adentros. Pestañean y observan con placer y me observan con celos, cuidadosos casi temerosos, para evitar lanzar una mirada que dispare una carrera de 400 metros con vallas.

No. Mi cuerpo correrá con adrenalina del peligro o siendo niño por la hamaca. Pero caerá pesado cual granizos sobre la laguna, si en su (mi) nariz se atasca el tufo a velocidad sin destino ni consciencia.

No podré renunciar jamás al sentimiento de que ahí, pegado a mi cara, entrelazado en mis dedos, hay como una deslumbrante explosión hacia la luz, irrupción de mí hacia lo otro o de lo otro en mí, algo infinitamente cristalino que podría cuajar y resolverse en luz total sin tiempo ni espacio. Como una puerta de ópalo y diamante desde la cual se empieza a ser eso que verdaderamente se es y que no se quiere y no se sabe y no se puede ser.

Morelli

Entiendo mejor el reflejo o la construcción del otro, pues al tiempo que leo con avidez “por ser la búsqueda de un kibbutz desesperadamente lejano, ciudadela solo alcanzable con armas fabulosas, no con el alma de Occidente”, creo que en el ojo del otro salta una lágrima porque estaba soñando con un abrazo.

Y no un abrazo cualquiera, un abrazo de Rumi Chaska, pequeñita danzante quechua de Chinchero; quien sin pretensiones sin amarras sin escudos ni máscaras, se guindó del pescuezo del otro y le arrojó todo su calor en un saludo de brazos miniatura, cuya onda expansiva llegó hasta mi página 269.

Una hoja que se me pierde de vista, un fuego interno, la lluvia que me moja…siempre podrá aparecer algo que me hará dar pasos más rápidos y me hará desear el pique, el sprint. Pero aprendo a besar el viento, a lamer la gota de luz que se extiende como un meteoro en un cielo diurno. En esa conversación podré flotar sin tiempo y podrás verme translúcido y sin máscaras.

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Soy moreno y monocromático. Periodista. Deportes, comida, arte. La música acompaña las voces. Tengo hambre.


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