Por Christine Raine

@chrisdanzante

Soy fiel creyente de que la conexión es el mayor anhelo de los seres humanos.

Detrás de cada palabra y acción, lo sepamos o no, hay un anhelo por conectar. Por conectar con nosotros mismos, conectar con alguien a quien queremos o admiramos, o por sentirnos parte de algo más grande. Creo que a nivel del alma nos sabemos parte de un todo, y el movimiento hacia la conexión responde a ese llamado: a ese estado natural que a menudo perseguimos sin darnos cuenta.

Para mí, profundizar en la relación conmigo misma, a través del autoconocimiento, ha sido una de las maneras más importantes de acceder a esa conciencia de unidad. Cuando enfoco mi atención en encontrar conexión dentro de mí, en lugar de allá afuera, dependo menos de circunstancias y personas sobre las cuales no tengo control. Y cuando me siento conectada conmigo misma, me fluye una sensación profunda de confianza en la vida. Y una vez que tengo esa certeza en mi interior, permear de confianza lo exterior…sucede naturalmente. Esa confianza absoluta, ese estado de “soltar” y rendirme ante el misterio de la vida, es mi estado preferido. Me inunda de profunda paz y tranquilidad. No me es fácil estar ahí, pero cada vez soy más rápida en reconocerlo. Y celebrarlo. Ya no dejo que esos momentos pasen desapercibidos, sino que les presto atención. Los saboreo. Los grabo en mi memoria celular.

He descubierto que la clave es ser un contenedor emocional para mí misma, permitirme sentir lo que siento, abrirme a un rango completo de emociones.

A menudo no nos regalamos ese espacio para sentir, porque nos da miedo lo que vayamos a encontrar ahí: dolor, ira, duda, vergüenza, tristeza, desilusión. Hay tanto con qué distraerse, sin tener que movernos del sillón, con solo ver al celular, o pasar al siguiente episodio de Netflix.

En cambio, permitirnos sentir requiere de valentía y aceptación, de hacer pausas conscientes en nuestro día para atendernos con presencia y compasión. Es un movimiento sutil hacia adentro. A mí me ayuda cerrar los ojos y concentrarme unos segundos en mi pecho y respiración, indagar suavemente sobre cómo me siento, sin juzgar lo que surja como bueno o malo; hasta llegarle a la emoción más verdadera en ese instante. 

Tenemos una imposición social tan fuerte de “tener” que sentir ciertas cosas. “Deberías de ser mejor mamá”, “como jefa deberías de ser más comprensiva…” “deberías ser más optimista…” deberías de haber hecho más con tu vida a estas alturas…” “deberías….”. Terminamos convirtiendo estos “deberías” en exigencias internas, que tomamos como verdades irrefutables sin darnos cuenta del daño que nos hacen, y la manera en la cual nos separan del momento presente.

La auto-conexión, por lo contrario, nos invita a hacer una pausa, suspender aunque sea por unos momentos esos juicios, y preguntarnos, ¿qué está vivo en mí? ¿Qué siento? Así, cuando escucho esa molesta voz en mi cabeza que me dice que no hice suficiente hoy, puedo conectar con sentirme frustrada, reconociendo lo importante que es el éxito para mí. Cuando me observo diciéndome que debería estar más agradecida con la vida, puedo bajar de la mente al corazón y permitirme ser vulnerable y experimentar la tristeza que estoy sintiendo pero no tener más paz y fluidez en mi vida. Este simple movimiento me da información relevante, sin juicios. Y ya con claridad emocional en mano, puedo pensar en qué hacer al respecto. Y sin embargo, a menudo el solo hecho de regalarme ese pequeño momento de conexión conmigo misma es suficiente, baja la carga emocional y a veces vislumbra hasta una transmutación, un cambio de perspectiva, una suavidad que me invita a estar más presente, y a ser más creativa.

Durante la pandemia, como a muchos, me han tocado avalanchas emocionales con las que  siento que estoy atravesando retos sin precedentes. Antes de lidiar con uno, ya se viene el otro, como olas que me revientan encima y no me dejan respirar entre una y otra. Y como para sumarle al efecto bola de nieve, no tengo acceso a aquellas actividades que usualmente me dan resiliencia en momentos de adversidad: una reunión con las compas, una conversación cara a cara con un familiar, un paseo espontáneo de aventura. 

A veces cuando estoy en medio de ese agresivo oleaje, enfoco mi atención hacia lo que siento y sé que necesito. Lo activo con mantras que he validado y en los que creo profundamente (vs. imposiciones de lo que ‘tengo que ser’). Entre otros: “tengo confianza en que todo tiene una razón de ser” o “cuando esté en el futuro viendo este momento en retrospectiva, todo tendrá sentido” o “la vida no me va tirar algo que no pueda sobrellevar.” Ha sido lindo conectar con esa sabiduría interna, y saberme fuerte. Porque como dicen por ahí, ya he pasado por donde asustan…y estoy segura que muchos de ustedes también. 

Hace unos meses mi esposo Sebas y yo, nos fuimos a buscar quietud y resiliencia, a uno de nuestros lugares sagrados y preferidos: Monteverde. Cuando todo seguía cerrado, mi amigo Pedro nos prestó una cabañita de madera abandonada en medio del bosque. “No tiene Internet”, me dijo. “Perfecto” le respondí. Casi una semana, enfocados en lo simple, cocinando vegetales frescos, escuchando aullar a los monos, y observando pájaros exóticos que, con sus plumajes, nos recordaban que la belleza a menudo está en los momentos más simples. Nuestro momento preferido era al caer la noche, mientras escuchábamos el sonido del viento y los escandalosos grillos afuera, viéndonos a los ojos, reconociendo la profunda e inusual dicha, de tener un momento de genuina conexión; aquello que más me importa, y que más buscamos.

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Christine Raine es la fundadora de ConversABLE; y la co-fundadora de Wondermore, una empresa dedicada a diseñar viajes únicos por Costa Rica y el mundo. Si tenés ganas de explorar, explorá sus viajes en www.wondermore.org/costarica –  @wewondermore o @conversable_cr.


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