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Por Claudia Barrionuevo
@claudia_barrionuevo

Me resulta fácil y placentero establecer conexiones emocionales.

Me conecto con los aromas (el jazmín y la lavanda mis favoritos), con la música (tengo gustos de lo más heterogéneos), con los sabores (omnívora total, preferiblemente salado), con las buenas historias (literarias o audiovisuales), con la naturaleza (en primer lugar el mar), con el clima (bajo un sol tibio con brisa), con animales (sobre todo gatos) y, por supuesto, con los seres humanos.

Dirigir teatro es un oficio que te expone a la conexión permanente con el otro. Con los otros. Con muchos. Durante el proceso de puesta en escena de un espectáculo te conectás con el equipo de creativos y, en el transcurso de la temporada de funciones, con los espectadores. Ambas etapas son tan intensas como efímeras.

Aprendí a disfrutar la etapa creativa desde mi primera puesta en escena. Ser directora es ser guía: entre mamá y maestra, entre amiga y confidente, entre el rigor y el amor. Solo estableciendo conexiones emocionales con el equipo actoral se logra un buen resultado. A medida que se acerca el día del estreno las conexiones se intensifican.

Los estrenos son noches de euforia: has trabajado intensamente, has sufrido y gozado y de repente vas a ofrecer la creación al público. El miedo y la dicha te acompañan. Algunas noches de estreno son mejores que otras, pero todas se disfrutan.

Al otro día, en la segunda función, empieza una nueva etapa para los actores. Ya se apropiaron en gran medida del personaje, conocen el texto, los movimientos, las intenciones y están conectados entre sí. Inicia el juego. Ese acto mágico que tanto disfrutan los actores (y yo desconozco porque poco y nada he actuado sobre un escenario): la conexión entre el espectáculo y el espectador, el acto de la comunicación.

El teatro es un acto de comunicación donde un emisor múltiple (todos los creadores), envía un mensaje (la dramaturgia, el tema y la premisa), por un canal (un escenario en vivo), compartiendo unos códigos (los teatrales) con un receptor múltiple (los espectadores).

Sufrí de depresión post-parto: cada vez que daba a luz un espectáculo me sentía vacía. Dejaba de ser indispensable y no participaba en ese acto de comunicación entre el público y los actores. Hasta que me encontré con la dramaturgia.

Hace veinticuatro años, escribí mi primer texto teatral y poco después lo puse en escena. Durante meses fui cada noche a observar al público. Descubrí una nueva conexión emocional con los espectadores: ellos se conectaban con los actores y, además, por medio de ellos con mis sentimientos, mi humor, mi ideología, mis historias.

Desde entonces mi placer se duplicó: no solo disfruto del proceso creativo (y las intensas conexiones emocionales con los actores y el equipo de diseñadores), sino también de la temporada de funciones, (y la conexión de identificación del público con mi narrativa).

Desde hace casi diez años doy clases de escritura dramática y descubrí un nuevo gozo en ese acto de comunicación de doble vía que se produce en el aula, estableciendo conexiones emocionales e intelectuales con mis estudiantes.

En el año uno de la Pandemia (diría mi amigo Mau Esquivel), en esta nueva normalidad (que espero pronto dé paso a otra), el teatro se apagó y la enseñanza se virtualizó. La multiplicidad de plataformas que nos permiten conectarnos tecnológicamente, no nos facilitan las conexiones emocionales que solo en vivo fluyen con intensidad.

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Soy muy buena tejiendo a dos agujas, cocinando recetas nuevas, descifrando sudokus asesinos. Tengo dos hijas, dos gatas y una palmera llena de pájaros. Cuando se puede dirijo y escribo teatro y acompaño a jóvenes guionistas a crear sus historias.


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