Foto por Julián Garita para Good Food

Por Pablo Acuña
@pabcuna

Cuando trato de recordar mi niñez, me doy cuenta de que no tengo la más mínima idea de la persona que era en ese entonces.

Eso no quiere decir que no recuerdo mis años de infantil inocencia, sino que, en lo respectivo a personalidad o forma de ser, mi memoria se queda en blanco. En otras palabras, era un niño como cualquier otro, inseparable de la masa.

No fue hasta los trece o catorce años que empecé a tener verdadera conciencia del mundo exterior y del papel que podía jugar en él. Mi visión a futuro era limitada, no tenía clara la posibilidad de cambiar ciertos aspectos de la sociedad en la que vivía. Sin embargo, empecé a comprender que había todo un mundo extraño y complejo fuera de la rígida burbuja de mi colegio y de mi casa. Por primera vez pensé que valía la pena explorar ese entorno.

Irónicamente, esta realización no me llegó por medio de un mayor conocimiento físico del mundo, sino a través de mis primeros contactos serios con el Internet. En ese mundo de “wikis”, redes sociales incipientes y foros de discusión, mi visión del mundo empezó a tomar forma.

foto por Pablo Cambronero

En dichos espacios aprendí sobre la música independiente de la mano de sujetos con los que rara vez conversé personalmente, gente que difícilmente me toparía en la calle y cuya vida nunca estuve ni cerca de conocer. Precisamente, fue en los foros de discusión donde empecé a desarrollar algún tipo de personalidad. Lo que sea que soy ahora se lo debo, más que a mis interacciones regulares en la “vida real”, a aquellas discusiones y recomendaciones sobre bandas, discos, géneros y tendencias.

Aunque todo te suene muy del siglo XXI, es en la década de los 80 cuando comienza a acuñarse el término de indie, tras el boom punk y el surgimiento de los grupos post punk británicos. El famoso Do it yourself (DIY) se extendió entre los jóvenes que deseaban salirse de la cultura popular que dictaba las tendencias y muchas bandas y sellos discográficos nacieron con este espíritu.

Usualmente la música independiente, osea esas bandas que han grabado sus discos autoeditándose (es decir, que la propia banda se encarga de todo), suele ser más subjetiva, con una mayor exploración de su estilo e identidad musical, que favorece la experimentación. Es más contemplativo que la música que se maneja bajo una forma “industrial” o “comercial”.

La música comercial usualmente sigue una fórmula que resulta en canciones o discos sin espacio para la indagación o el análisis (tal espacio expondría la artificialidad y superficialidad de esas producciones) ya que son factores externos a la banda y su música la que definen cómo es que debemos sentirnos acerca de su música. La música siempre involucra un grado de manipulación, claro, pero aquí hasta nuestras ideas, lágrimas y sonrisas están cuidadosamente manufacturadas.

Al contrario de esto, yo creo que con la música independiente es necesario pensar, indagar, imaginar y cuestionar. Y eso no significa que no podemos entretenernos ni emocionarnos. Todo lo contrario. Es una oportunidad perfecta para explorar aquellas cosas de nuestra vida que muchas veces pasamos por alto: conocer un poco más de la existencia humana, de las interacciones entre bandas y seguidores, de NUESTRA relación con la sociedad. Porque esa es la empatía que se encuentra en el corazón de mucha música “alternativa”. Pueden ser bandas agresivas o simpáticas, pero son bandas eminentemente humanas. Su principal punto de interés es ese: el ser humano. O sea, nosotros.

Foto por Pablo Cambronero

La música independiente es diferente porque se conecta con preocupaciones, ansiedades, tristezas y felicidades como las nuestras. Yo no sé con exactitud qué es el arte (y no estoy demasiado interesado en saberlo) pero sí sé que su principal función es expresar algún elemento característico, ya sea desde una perspectiva universal o idiosincrática, de la experiencia del ser humano y de vivir en sociedad.

Son esas bandas que no buscan hacerse notar tomando clichés, mantienen una personalidad artística y tienen la capacidad de expresar realidades personales, sociales, culturales o políticas, las que he tratado de resaltar durante varios años. Buena parte de lo que soy, se lo debo en gran medida a estas bandas, sus producciones y confesiones y los espacios donde exponen su música, esos lugares en los que se mezclaba libremente lo legal con lo ilegal, la ironía con la sinceridad, los malestares con el placer. Comunidades en las que podíamos olvidar todo lo que habíamos sido antes y encontrar nuestro camino hacia las personas que de verdad queríamos ser.

Un lugar en el que, lejos de presiones sociales, comerciales y políticas, podíamos encontrar nuestro espacio en el mundo y, a medida que lo hacíamos, nos encontrábamos a nosotros mismos.


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