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Por Carolina Bolaños Palmieri
@caro.bolanosp y @alimentalistas

Mes de setiembre, mes de la patria. Banderas, faroles, la antorcha.

Definitivamente son días para sacar nuestro lado más patriótico. Pero ninguna de las celebraciones existe sin antes sentarnos a la mesa, porque todo empieza en el plato.

La comida es cultura, es comunidad, es tradición, es identidad. Esta identidad cala más profundo que mandar salsas, guayabitas y frijoles molidos cuando alguien vive en el extranjero, esperar los tamales en Navidad, religiosamente comer rice and beans en Limón o antojarse de un chifrijo el fin de semana. El saber culinario es un patrimonio intangible de la humanidad reconocido por la Unesco.

Ese saber culinario empieza con la materia prima: los alimentos. El cómo un país procura alimentos para su sociedad y cómo es el nexo entre productores y consumidores nos da una primera muestra de cuán independientes son nuestros platos.

Al hablar de independencia inmediatamente salta a la cabeza el concepto de soberanía alimentaria. Concepto que surge por movimientos sociales en la década de los 90s en reacción a políticas neoliberales que sobreponían la importación de alimentos baratos sobre los campesinos locales. Desde entonces la soberanía alimentaria se ha visto como un vínculo con la libertad, argumentando que si un país no tiene control sobre lo que alimenta su gente lo deja a merced de otros y pierde su libertad.

No traigo el término de soberanía alimentaria a la mesa para entrar en una discusión sobre modelos económicos, políticas de producción y comercio, aunque sistemáticamente estos han hecho que nuestro país se haga dependiente de importaciones para cubrir el consumo de granos básicos. Una dependencia creciente y definitivamente preocupante al considerar que entre el 2000 y el 2018 esta pasó de un 0,5% a un 54,5% en arroz y de 65% a 79,6% en frijoles. El enemigo no es el comercio internacional;  separarnos completamente del modelo actual implicaría afectaciones incalculables en nuestras economías, sin embargo los intereses comerciales no pueden estar por encima de todo, simplemente porque los alimentos no son una mercancía más.

Quizá esa necesidad de pensar local nunca ha sido tan evidente como al inicio de esta pandemia. Con tanta incertidumbre sobre el mercado internacional y las disrupciones en las cadenas de suministro surgieron preguntas como: ¿De dónde vienen nuestro arroz y nuestros frijoles? ¿Habrá escasez de alimentos? ¿Qué mano de obra necesitamos para atender las cosechas? Una forma de crecer en este tema es resaltando la interdependencia social y económica que tienen los países para alimentar a los suyos. Otra manera es  obligándonos a reflexionar sobre dos eslabones básicos de la cadena alimentaria: la producción y el consumo.

Con esto no quiero decir que solamente podemos comer lo que crece en nuestro patio, aunque una pequeña huerta en medio de la selva de concreto trae incontables beneficios, tratar de abastecer toda nuestra dieta por este medio sería un lujo quizá incompatible con nuestras rutinas laborales y la urbanización de nuestras ciudades. Pero sí podemos ser consumidores más responsables y sensibles al sistema de alimentación y su impacto socio ambiental.

Todo inicia cuando nosotros, como consumidores, nos hacemos partícipes de nuestra alimentación. Lo que comemos definitivamente tiene un impacto sobre la vida colectiva. El funcionamiento de un sistema democrático requiere que la ciudadanía asuma responsabilidad, el valor del civismo. Por tanto, a nosotros, consumidores, nos toca básicamente adaptar las clases de educación cívica a nuestra dieta.

Hay muchas formas para vivir esto más allá de entender y compartir la comida tradicional. Un buen lugar para empezar es optar por escoger productos agroecológicos, locales, de temporada, de circuito corto, cultivados de manera sostenible y con condiciones justas para quienes los producen. Rescato tres puntos donde podemos enfocarnos dentro de esta ecuación.

Primero, la curiosidad por la historia. Ver a los alimentos con curiosidad y empujarnos a entender que hay una historia detrás de cada producto disponible en el supermercado, en las ferias o en nuestros platos. Cada uno tiene una vida completa antes de llegar a formar parte de la nuestra. Al conocer el ciclo de vida de los productos, nos ayuda a estimar la huella ecológica detrás de su producción, transporte y distribución porque cuidar el ambiente es un acto patriótico, pero además nos acerca a las personas que lo hacen posible.

Esta información muchas veces no la recibimos, es cierto, pero esto me lleva a mi segundo punto, el derecho a la información. Tenemos derecho a saber cuán sostenible es el alimento que tenemos en nuestras manos y cuál es el efecto en nuestros cuerpos. El tener acceso a información da poder y es algo que tenemos que demandar para que podamos tomar decisiones conscientes dentro de nuestros patrones de compra.

Un fuerte empuje en la dirección correcta en este tema es el proyecto de etiquetado frontal de advertencia que busca simplificar la interpretación del contenido de nutrientes críticos en los alimentos empacados. De existir, significaría una ayuda de la industria alimentaria en nuestro proceso de decisión. Pero además de la composición nutricional, tenemos que demandar más información sobre la historia detrás del alimento para poder ser consumidores responsables. Muchxs soñamos con un mundo donde al entrar al supermercado se tenga la certeza de que todo cumple principios de sostenibilidad, como ahora ya se hace con la inocuidad. Sin embargo, el camino para llegar que esto sea una realidad  es largo y tiene que ser liderado por ciudadanos disruptivos.

Ahora bien, es tan importante lo que comemos, como lo que NO comemos. Acá va mi último punto. Como dice Carolyn Steel en su libro Hungry City: How Food Shapes Our Lives: “(…) lo que desperdicia la sociedad es la expresión directa y contraria de lo que se valora. Como forma de entender la base materialista de las civilizaciones, nada podría ser más revelador”. Por eso, creo que la prevención del desperdicio de alimentos es una de las premisas que conecta muchos de los puntos referentes a seguridad alimentaria, sostenibilidad y justicia social. Es una forma muy tangible de la inequidad que vivimos y que nos señala un imperativo ético de actuar.

Si buscamos cómo ser ciudadanos más responsables podemos empezar por reflexionar sobre el impacto y la cantidad de alimentos que dejamos en el plato, porque aunque sea solo un bocado, hay que  recordar que recorrió una larga ruta para llegar a nuestra vida.

Tenemos la posibilidad de dejar de ser simples consumidores y empezar a ser ALIMENTALISTAS: personas conscientes del valor real de los alimentos que deciden cambiar el mundo desde su entorno. Se logra al entender que los alimentos son más que vehículos para recibir energía (calorías), que tienen una historia, una carga inestimable de recursos económicos, ambientales y sociales que no pueden terminar en la basura.

Este mes de la patria nos invito a mirar de cerca nuestros platos lo que comemos y lo que noy a reflexionar sobre el impacto de nuestra dieta en la vida colectiva. Lxs invito a hacer patria desde la mesa.

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Alimentalista por convicción, nutricionista-salubrista global de profesión. Contacto: carolina@alimentalistas.org


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