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Por Josué Arévalo
@joarvi

Cada vez que alguien visita mi casa es muy común que me pregunten a qué hora me voy a leer esa cantidad de libros que he ido acumulando, y que, poco a poco, ya no caben en los libreros. También suelen preguntarme qué porcentaje de libros son los que me he leído. Sin que sea censura, ambas preguntas lo parecen, y, por eso, puede ser que me ponga algo a la defensiva… Pero la cosa es que la respuesta a esas preguntas se han vuelto casi un machote: para la primera pregunta suelo decir “tengo el resto de mi vida para leerlos”. Para la segunda suelo contestar “eso no se pregunta, porque no tiene ninguna importancia, los voy leyendo conforme lo voy necesitando o conforme mis intereses”. También me preguntan si no me voy a deshacer de algunos, y siempre respondo lo mismo: “No”.

Juan Tallón en su columna en el Diario El Progreso, ​Libros ¿Para qué?​, escribía:

“… después de su lectura se guardan, pero la sola idea tiene algo de escalofriante. Porque lo que viene a continuación de esa lectura efímera son años, quizá siglos de abandono físico. La mayor parte de las obras se leen una sola vez, y en algunos casos ni eso. A veces compras libros para el futuro, confiando en que habrá para ellos un momento perfecto, y te equivocas. Así que el sentido de la vida del libro también es permanecer cerrado la mayor parte del tiempo. Digamos que es una función no expresada (…) Los libros también se atesoran para no leer. De lo contrario, tras la lectura sentirías a menudo la tentación de cederlos, ganando espacio, porque ya no sirven para nada más. Pero sí sirven (…) Los libros permanecen con nosotros porque ‘son’ nosotros. También te los quedas porque cabe la posibilidad de que quieras leerlos una segunda vez, y porque, aun acabados y guardados, te parece que cumplen una función relevante: ser expuestos, ser mirados y en ese momento quizá ser recordados”.

Yo creo que hay algo fascinante en las bibliotecas de las casas, y siempre que entro a la casa de algún amigo, lo primero que hago es hurgar en su biblioteca (aclaro, jamás con la intención de robarme ningún libro, antes robaría algo más banal, como un banco por ejemplo) y ver qué tomos tiene, qué lee, el orden de acomodo de los libros. Y voy a decir una obviedad: no hay dos bibliotecas iguales, eso hace las hace maravillosas. Cada biblioteca, de alguna manera habla de cómo somos, no solo de lo que hemos leído, sino de lo que estamos por leer, las bibliotecas también hablan de lo que nos interesa. Dicho de otra forma, las bibliotecas no dicen lo que sabemos, lo que muestran es lo contrario, es todo eso que queremos aprender, todo aquello que no sabemos, pero que queremos saber. Son “nosotros”, pero también lo que queremos ser.

Es muy probable que el comprar libros a un ritmo mucho más acelerado de lo que puedo leerlos en realidad se trate de un problema serio de consumismo, y que sea una justificación el decir que en algún momento los voy a necesitar o que muestran mis intereses o lo que quisiera ser. En todo caso, si se tratara de eso, debo agradecer que lo que compro son libros y no otras cosas, pongamos el caso cocaína o alguna otra droga, porque ya estaría desde hace mucho tiempo acompañando a algunos cantantes famosos que no llegaron a los cuarenta.

He desarrollado además, otra afición, (no digamos vicio, muy feo): la lectura de revistas. Me he suscrito a varias; el aguinaldo me permite este pequeño placer. La mayoría son revistas españolas sobre cultura y política. Aún no me animo a suscribirme a alguna sobre fútbol, como la ​Panenka​, aunque ganas no me faltan. Es una maravillosa sorpresa llegar a la oficina y que la secretaria me diga “te llegó esto” o encontrar en el escritorio un sobre con alguna de las revistas. Y es que me gusta el papel. En eso soy todo un señor antiguo. Disfruto de las ediciones impresas, aunque leo también revistas digitales. Lo primero que hago al abrir el sobre es oler el papel: amo ese olor de la tinta. Me encanta abrir la revista y mirar el índice, echarle antes una ojeada completa, y empezar a leer algo que me llame la atención, y luego darle desde el principio. Por supuesto, me llegan más revistas de las que puedo leer en un mes, así que irremediablemente se van acumulando. Alguien alguna vez dijo sobre mi antiguo apartamento en Vargas Araya que era “La casa tomada”.

La ventaja que tienen las revistas es que se pueden ir leyendo de a poquitos, en el bus, mientras estoy comiendo, antes de dormirme, en el baño, o simplemente cuando estoy aburrido. Últimamente me he aficionado a las entrevistas que se publican en la revista cultural ​Jot Down​, muchas veces personajes conocidos del deporte, el arte, la cultura o la política, pero la mayoría del tiempo personas que no tenía idea que existían, y mucho menos su obra. Ha pasado que en algunas ocasiones eso me ha animado a comprar algún libro o averiguar más sobre algún personaje.

Pero también ocurre que esas muy interesantes entrevistas me dejan pensando cosas puntuales. Por ejemplo en el número 34 de la revista Jot Jown Smart (Julio 2018) me encontré una entrevista que en 2012 el periodista Enric González le hizo a Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923 – Baracaldo, 2014). No tenía la más mínima idea de quién era Pinilla, se trata de un escritor vasco. Y según él mismo dice publicó varias novelas en editoriales pequeñas del País Vasco sin prácticamente difusión, “… me da mucha rabia que ahora se estén publicando poco a poco en Tusquets como reediciones, cuando en el fondo no son reediciones porque nadie conocía esas novelas”.

Me ha intrigado este escritor, y me han dado ganas de conseguir alguno de sus libros. Pero lo que realmente me llamó la atención es la última pregunta de González: “¿Sigues ajeno al mundillo literario?”, bueno, no tanto la pregunta sino la respuesta:

“Se me llama alguna vez, pero de tertulias y eso, nada. Estoy seguro —y digo que estoy seguro, no que sea una teoría que hay que demostrar— de que estamos en el mundo para contarnos. El individuo que no pinta y que no escribe es porque, desgraciadamente para él, tiene facilidad de expresión, es simpático, es aceptado en sociedad y habla mucho… ese es el genio de las tertulias. Y generalmente no hace nada serio luego. Todos necesitamos contarnos de alguna forma. Los que no hablamos, los que no vamos a tertulias, luego en casa tenemos que meternos a escribir para contarnos cómo somos. Ese es uno de los secretos de la vida”.

Me ha quedado dando vuelta en la cabeza eso de “Estamos en el mundo para contarnos”, es una necesidad; somos eso que contamos. Y ahora que lo pienso, en todos estos años, este ejercicio de escribir nació como eso, como la necesidad de decir, no necesariamente con la consciencia de estarme contando, pero sí con la necesidad de decir cosas. Y entonces, como siempre, después de hablar alguna cosa (esta vez hablar de libros y revistas) en realidad lo que quería era simplemente preguntarme si será de verdad que este acto de escritura, este contar cómo somos, es realmente uno de los secretos de la vida.

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Josué Arévalo estudió Psicología y Ciencias Políticas pero a estas alturas ya no sabe si es lo uno o lo otro, o una mezcla de ambos. Es profe de Psicología y fanático de la música.


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