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Por Eva González
@evacanina

Entre los adoquines se colaban los chicles y las cacas de paloma.

Yo iba mirando hacia el piso, atenta a la dislocación rítmica entre las piernas adultas y las nuestras. Nos detuvimos frente a una gran entrada que fumigaba con aire acondicionado varias cabezas. La tarde parecía no querer ofrecernos nada más; aunque, rápidamente, del bolsillo frontal del overol azul de mi mamá resplandecieron los últimos diez mil colones del día, con los cuales nos compró un helado.

Nos agrupamos, chupando nuestro cono respectivo. El más grande era el de Pizarro que era, de por sí, un gigante de metro noventa y tenía buen apetito. Si nos hubiesen colocado en una fila escolar, Brigitte habría sido la siguiente por sus piernas largas de herencia francesa, a pesar de tener la misma edad de Nora, mi hermana. Después habría seguido mami y yo de última, sin duda.

Mi madre no es una mujer alta, por lo menos no en el mundo terrenal. Cuando nació se le consideró una bebé grande, pero pronto se adecuó al estándar latinoamericano. Estoy convencida, sin embargo, de que su mundo interno habría podido ocupar un espécimen de mucho mayor volumen. En todo caso, para besar a Pizarro mami tenía que levantar la barbilla. Incluso, si se ponía entusiasta, podía llegar a alzar ligeramente los talones.

Yo no estaba exactamente encantada con el paseo, porque Brigitte no me caía bien. Su adolescencia no parecía ser la misma que la nuestra, tan teñida de asimetrías fisiológicas, frecuentemente descubiertas en las mañanas. Brigitte, por el contrario, se manejaba con una distinción casi imposible para su edad, y con unos enormes ojos verdes, también hundidos, que la elevaban más allá de nuestro alcance.

Ese día, la municipalidad había organizado un recorrido cultural bastante insípido.

Muchos caminábamos por la ciudad y era fácil reconocer a los que íbamos en busca de algún asombro. Los incrédulos, por otro lado, transitaban como de costumbre abducidos por la inercia, con cierto apuro. Claro que yo solía tratar al arte con el mismo desencanto.

Pero fue Pizarro quien me acercó a las sutilezas de la contemplación. Juntos venerábamos las complejidades estéticas de la capital e hicimos de la deambulación un credo.

Él solía llevarme de la mano desde la Merced, donde nos recibía un comité local de hombres mimetizados en la hinchazón del guaro. En el centro del parque, un monumento redondo e inútil creaba una disposición circular, engalanada con vendedores de lotería y vigorón.

Solíamos girar hacia la izquierda, en dirección a la Avenida Central. Tiendas de inagotables porquerías se distribuían en ambos costados, atiborradas de curiosidades chinas y maniquíes semi desnudos. Nos atraía cualquier maravilla kitsch: el tinte californiano-trash de alguna melena; el atuendo flameante de un galán rural; algún predicador en altoparlante que, con su voz, azuzaba el vuelo de las palomas como espíritus demoníacos.

Uno de esos días, después de las vacaciones, noté con orgullo que me veía más grande gracias a las miradas desaprobatorias de las mujeres en la ruta. Pensé que quizás nos confundían con una de esas relaciones que sólo son aceptables cuando la mujer ya es mayor y necesita pagar sus estudios o impulsar su carrera de modelaje. También pensé que les gustaba Pizarro y entonces estaban celosas de mí.

Él tenía cinco años menos que mami y 18 años más que yo, de ahí que nuestra amistad fuera poco comprendida. Dedicábamos largos ratos a explorar nuestra inacción frente al alboroto urbano. Con frecuencia era interceptado por toda clase de viejos conocidos que me presentaba enseguida. Se mostraba especialmente enérgico con aquellos masticados por el mundo, los que cargaban consigo trapos y bolsas, olores encurtidos o encías inhabitadas.

En sus años de malandreo, Pizarro llegó a conocer a una cantidad de bichos josefinos que aparecían ya entrada la tarde, como cuando las polillas buscan el zumbido de los postes de luz. Con cada introducción, decía, me estaba preparando para diferenciar a timadores y ladrones de la “verdadera gente mala”. Al lado de tantas mañas, Pizarro había desarrollado una malicia que le delineaba los ojos.

A decir verdad, su cara era multiforme. Todas sus conversaciones se guindaban de una charlatanería rampante, que lo convertía en un tipo tan encantador como violento.

Íbamos en el carro, ya de camino a la casa. Brigitte no dejaba de inclinarse hacia adelante, apoyando sus codos en los asientos delanteros. Hablaba sin freno para preguntar cualquier cosa y Pizarro le contestaba ebrio de vanidad. Mamá, Nora y yo participábamos desde el exterior, apenas saboreando los residuos de la conversación.

Las luces fluorescentes coincidían con las gotas en mi ventana como destellos radiactivos. Yo iba con la atención distendida entre las risas de Brigitte y los inmensos paneles publicitarios de modelos colombianas. La fuimos a dejar a su gran casa, que ya para ese entonces era nuestro punto de encuentro, por lo menos una vez al mes. Sus papás viajaban mucho y ella quedaba bajo la tutela de su hermana mayor.

Como mis amigas aún no hacían fiestas con alcohol y reguetón, yo me acercaba a las actividades sociales de Nora dichosa e inadvertida, hasta que ella marcó otro tipo de márgenes fronterizos y me negó la entrada a ese jardín tan poblado. Abundaban sobre todo prospectos masculinos tan poco atractivos como nosotras, lo cual prometía soberbios empates románticos. También surgían combinaciones inimaginadas que hacían de esos encuentros grandes caldos experimentales.

Durante los meses en los que mi visa social estuvo vigente, llegué a conocer ansiedades femeninas que aún no habían explotado entre las mujeres de mi edad. La invisibilidad fue la más grande de ellas, aunque en múltiples escenarios deseé permanecer en un anonimato muy cercano a la muerte.

El regreso al colegio después de una fiesta era de lo más acongojante. Uno de esos lunes, por ejemplo, un chico con el que había conversado cándidamente el fin de semana comentó que lo habían tildado de “cuerero” por interesarse en mí.

Pizarro se empeñaba en protegerme de esas crueldades al modo delincuencial. Me daba consejos dignos de un centro penitenciario: “Nunca te enjabonés la cara, no cerrés los ojos en la ducha, no te agachés a recoger el jabón”. Eso pero aplicado a la defensa emocional. Me sorprendía la capacidad de predicción con la que atinaba todos los desenlaces. Ante las adversidades del coqueteo, yo encontraba refugio en las largas sesiones teórico-confesionales de mi padrastro.

A las fiestas de Brigitte también llegaban vecinos audaces que aprovechaban la oportunidad para inmiscuirse. Algunos eran hombres veinteañeros que renunciaban a la autocensura tan pronto escuchaban el acento francés de la anfitriona. Su hermana se aseguraba de abastecer generosamente las reservas etílicas y partía en su descapotable.

Ella era uno de esos misterios que mezclan morbosidad con proyecciones propias. Entre la población colegial se había solidificado el rumor de que Charlotte ya contaba con cinco abortos en su haber. Para muchas de nosotras, que ni siquiera habíamos experimentado un primer beso, aquello era como una epifanía apocalíptica. Y aún así, no desaprovechábamos la oportunidad de pedirle asesoría de imagen antes de perderla de vista.

Sumadas, las prendas de Brigitte y Charlotte formaban un closet digno de cualquier socialité. Nuestra capacidad creativa era puesta a prueba ante el inclemente caudal de ropa sin estrenar. Las opciones eran tan diversas como incongruentes: desde el cardigan abotonado y la camisa de vuelos, hasta el disfraz de policía kinky con sus respectivas botas de tacón de aguja.

Una de esas noches de preparación ritualística, una miniseta arrinconada entre los abrigos consumió todos mis deseos. Ni ella ni yo necesitábamos nada más que llevarnos puestas. No era especialmente llamativa y parecía próxima al paquete de caridad que venían engordando para entregar en Navidad. Me la puse primero en el baño a puertas cerradas, entre espejos multidimensionales y productos de belleza.

Nora ya estaba bien forrada en lentejuelas y se disponía a maquillarse los ojos con un encrespador de pestañas turquesa. Tocó la puerta efusiva, con el reclamo de que todas necesitábamos el baño y lo que fuera que yo hacía, lo podía hacer a la vista y paciencia de las otras. Salí tapándome la barriga con ambos brazos, incapaz de renunciar a mis anhelos y al mismo tiempo, temiendo el peor de los juicios.

Hubo un silencio rotundo que me sustrajo el alma por algunos segundos. Me senté con urgencia, como si hacerlo fuera a disipar las miradas abalanzadas sobre mi figura.

De la orilla del pantalón se desbordaba un cinturón adiposo y pálido, que sólo fue acentuado por mi nueva postura encorvada a la orilla de la cama. Rara vez Charlotte intervenía de manera no solicitada, por lo cual seguramente lo mío le pareció una disfunción estilística demasiado grave. Sin chistar, pronunció una declaración feroz: “Se le ven los pelos de la panza.”

Mis encuentros con la sala de depilación fueron programados cada dos meses. Por supuesto que durante esos 60 días, mi cuerpo volvía a regenerar cada partícula de aquella pelusa negra e insaciable, que parecía querer alfombrar todos los rincones de mi cuerpo. Las primeras veces que me despedí de los pelos debí acogerme al régimen del sarpullido, negándome de igual manera los encantos del ombligo pelado.

Mami hacía malabares para atender las solicitudes de dos adolescentes sin padre. Era una jefa de hogar excedida en responsabilidades. Pizarro nunca pagó por ninguno de nuestros desvíos en el presupuesto doméstico. A decir verdad, sus billetes sólo se manifestaban ante la potencial carencia de bistec encebollado.

A veces, Pizarro llegaba a visitarme cuando vivíamos en Barrio Escalante. Nora y yo le dábamos la vuelta a la cuadra de regreso del colegio y ahí estaba él, fumando o contando monedas. La mayoría de las tardes mami no había regresado aún, y procurábamos que así fuera para no provocar conflictos. En alguna ocasión anterior, lo había encontrado tirado entre sus almohadones viendo un partido de la Sele, lo cual había desatado en ella una furia cavernícola.

Esos conflictos me entristecían mucho. Recuerdo el día en el que la pretendida estructura familiar llegó a la extensión máxima de sus capacidades. Estaba de por sí ya bastante cadavérica y sólo necesitaba de un pequeño traspié para terminar de tumbarse. Mami lloraba sola en la cocina, aunque esa tarde no se oyó ni un solo grito.

Supongo que las vociferaciones eran más bien señal de que algo se mantenía con vida.

Corrí directo a la entrada de la casa, sabía que Pizarro se había ido sin despedirse. No llegué a verlo y sentí una gran pena perforándome las tripas. Ya antes el homeópata al que nos llevaba mi abuela había declarado que mis emociones se alojaban en mi colon.

Que por eso me dolía tanto el estómago. Esa conclusión surgió de una especie de escaneo holístico que rellenaba mi silueta con puntos de colores en la pantalla.

A Nora no le hacían gracia las visitas inadvertidas. No sé qué tanto se debía a su lealtad materna y qué tanto otro tenía que ver con el evidente favoritismo de Pizarro hacia mí. Todas nuestras señales nerviosas se descompensaban por un segundo cuando lo veíamos apoyado en la pared exterior de nuestro pequeño apartamento.

Si lo pienso bien, Nora se libró de las cargas emocionales que se asentaron sobre mí. O cargó otras. Yo me ocupaba de recibir a Pizarro, tratando de mantener la confianza que iba desfigurándose progresivamente hacia una cordialidad llana. A veces se atrevía a contarme de sus novias. Ponía filosos los ojos como un estratega militar enterrando minas.

Algunas de nuestras pertenencias se mantenían aún relegadas en cajas de cartón. La convivencia en nuestra casa conservaba un aire de aspereza, que en todo caso parecía haberse agravado con la separación. Era especialmente difícil en los días menstruales, cuando el basurero del baño empezaba a desbordarse del mismo modo que nuestras angustias.

De la estrechez de mis calzones surgía una ceguera hormonal que transformaba a mami en la única enemiga posible. Juro que, por momentos, ella encarnaba con exactitud alguna figura monstruosa, salida de una ilustración medieval. Mamá prefería mantenerse ocupada antes que lidiar con nuestra ingratitud. Las tardes después del trabajo tomaba vino, se soltaba el brasier y odiaba los caminos de la maternidad que la habían dirigido hacia ese destierro.

Un domingo, Pizarro tocó la puerta con las primeras luces del día. Subió por las escaleras siguiendo el paso inaccesible de mami, quien debía entregarle unos papeles del abogado. Él gritaba mi nombre desde la sala con un volumen de vendedor ambulante.

Me levanté conteniendo una rabieta, trasnochada por una competencia con mi mejor amiga para determinar quién lograba la mayor cantidad de horas sin dormir. Para esas alturas habíamos declarado un empate técnico, después de 48 horas de privación y varios periodos de alucinaciones esporádicas.

La expresión de Pizarro pasó de la calma dominical a la consternación. No sólo era mi cara de agotamiento, sino el maquillaje desalineado del día anterior. Yo noté esa transición y me pareció ofensiva. En esa época yo lucía un mullet picoteado con tijeras de cocina y varios piercings distribuidos entre mis facciones pueriles. Mi estilo había mutado hacia zonas escabrosas de la cultura punk.

Pizarro susurraba insistente la misma pregunta, como queriendo actuar de confidente aunque fuese desde un lugar inútil.

— ¿Estás de goma?
— No .

Mi madre regresó del cuarto embutida en una bata de paño que le descubría los talones. Sacó un lapicero y tres documentos engrapados del folder naranja que llevaba entre sus manos. Extendió todo aquello en la mesa cafetera y puso a Pizarro a firmar de cuclillas.

— Voy a meterme a la ducha. ¿Le abrís el portón?

A él no le dirigió ni una mirada. Yo asentí con la cabeza y esperé en silencio . La mano derecha de Pizarro se movía pesada sobre los papeles. Tal vez fue la única vez en la que mis ojos tuvieron acceso a su cuero cabelludo. Cuando terminó, extendió sus piernas kilométricas y se restituyó el orden vertical del mundo.

Bajamos. Yo iba en unas fachas precarias, encandilada por el optimismo matutino de la gente que madruga. Quería regresar desesperadamente al letargo previo de las cobijas frías, recuperarme de la competencia y dormir hasta las cuatro de la tarde. Odiaba los dramas de pareja, odiaba a las parejas; a Pizarro y a mamá, con su sexualidad tan dispuesta a revolcarlo todo.

En esas condiciones habría convenido disfrazarme de mensajera o de terapeuta, fungir impunemente como el enlace entre esos dos seres, empapelarme con el título de traidora, fuera cual fuera mi esquina. Tal vez esas fueron las preliminares en las que aprendí a restringir la rabia con dulzura. Seguir hablando apaciguada… Del cole, del arte, de todo cuanto pudiera recordar que nos fuera mutuo.

Irradiaba, además, una falta de perspectiva perfectamente compatible con mi edad. Yo amaba a Pizarro más allá de la severidad con la que él volcaba sus juicios. Procuraba siempre mostrarme aguda y carismática, ametrallando frases existenciales o chistes desvergonzados, en un esfuerzo pestilente de esquivar el abandono.

Él no prestó demasiada atención a mis relatos y se apresuró a cortar las esquinas. Me dijo que mamá era brillante y difícil, que tratara de apoyarla, y todo eso que a la gente le gusta decir cuando no sabe maniobrar el desapego. En mí encontraba la lealtad acrítica de un perro. También la ansiedad canina que devora zapatos y se dispara con la ausencia.

Una chica pasó por la acera en ropa deportiva. El sol inclemente relucía en sus clavículas y fulguraba destellos metálicos sobre sus gafas tornasol. La extensión de su piel morena cincelaba perfectamente una franja abdominal, descubierta entre el borde elástico de la miniseta y el límite sudoroso de su licra blanca. Ambos cedimos la mirada al rebote majestuoso de su trote.

Reanudamos la despedida, confirmando la hipnosis autoinfligida que acabábamos de superar. Yo desde mi torpeza femenina, tan machacada por un cuerpo desobediente y hostil. Él desde su apetito, repentinamente energizado, como si el mundo estuviera a sus pies y todo a su alrededor prometiera mejores destinos. Antes de irse, procuró acurrucarme con nuevos consejos:

— Te verías más linda si engordaras un poco.

** Miniseta fue publicado originalmente en la antología Mi desamor es una dulzura invaluable, en el 2019.

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Eva González se dispersa entre el canto, la comunicación y el audiovisual. A veces habla de más. Le sirve para escribir canciones y cuentos.


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