Por Josefina Mena
@misingamuriska

“Recuerden que el Vogue es un baile tanto estético como político que justamente apunta a eso…

A liberarnos del miedo del ‘qué dirán’, del prejuicio de quienes nos pueden juzgar; celebrar nuestros cuerpos y nuestro mundo interior… Salgan y sean ustedes mismos. Y cuando dudes… ¡posa, posa! Posa como si te estuviera fotografiando Mario Testino”.

Estas fueron las palabras de Julius Prince, padre de House of Prince, casa pionera de la escena Ballroom en Perú, al animarnos a participar en nuestro primer Ball.

El Vogue es una expresión artística que nace en la comunidad trans, gay, afroamericana, latina, migrante y en situación de pobreza en los Estados Unidos. Se popularizó en las décadas de los 80’s y 90’s, pero tiene sus antecedentes mucho antes. Aparece como un acto político de resistencia y celebración de las identidades disidentes, que en la época eran totalmente discriminadas y marginalizadas.

La cultura Ballroom, nace como una necesidad de crear espacios seguros para la expresión de las identidades ante la transfobia, misoginia, homofobia, racismo y xenofobia, los cuales, tomaron el nombre de “Ball”. También funcionan como espacios de celebración y valoración de lo que la cultura hegemónica desprecia, donde las personas caminan y batallan en diversas categorías.

En palabras más sencillas, el concepto del Ballroom tiene dos vertientes: En la vida común puedo pertenecer a una población invisibilizada, desvalorizada y discriminada, pero en el Ball puedo ser lo que yo quiera. Puedo ser femenina, masculina, no binaria, intelectual, bailarina, inocente, pudiente, sexy, hasta una super modelo de la revista Vogue o una ejecutiva de la empresa más importante

En mi caso, llegué al Ballroom por accidente. Mi acercamiento había sido únicamente a través de documentales; nunca fue mi intención ser parte de ella, porque no creía apropiado entrar en un espacio que históricamente no me correspondía. Yo me acerqué por medio del Vogue como danza. Tuve la oportunidad de conocerle en Perú y mi experiencia se centra en ese contexto.

Tomé una clase de prueba y me gustó, sobre todo porque no trataba de seguir una serie de pasos, cual si fuera una fórmula, sino que se trataba más bien de fluir e improvisar a partir de los 5 elementos básicos. Recuerdo que sentí mucha incomodidad… hasta me percibí ridícula y torpe. Probablemente mi performance fue muy tímido y tieso, pero una parte de mí sintió mucha emoción, como si algo dentro mío quisiera salir… algo que ni siquiera yo sabía qué era.

La primera vez que participé en un Ball, lo hice en la categoría de pasarela y tenía mucho miedo; si no hubiera tenido presente las palabras de Julius Prince, jamás me hubiera animado. Me repetía a mí misma que eso probablemente sería lo más ridículo que hubiera hecho a mis 30 años.

Toda mi vida he convivido con discursos que lanzan mensajes sobre lo que debe ser una mujer, desde parámetros hegemónicos de belleza y comportamiento. Eso me ha generado conflictos importantes porque no soy delgada, porque tengo demasiados pelos para ser mujer, porque tengo cicatrices, estrías y celulitis. Además debo ser bella para agradar, en especial a los hombres, pero debo cuidarme y no provocar, porque si me tratan mal o me violentan, será mi culpa. Con todas estas ideas asimiladas desde niña, me era absurdo caminar como si fuera súper modelo. 

Sin embargo, al hacerlo, las cosas se tornan distintas, y ahí es cuando entendés que ponerte un traje de baño y desfilar como en las pasarelas de Milán, es un acto político; algo que usualmente solo harías en lo más privado de tu casa o bajo los efectos del alcohol. Es algo que te saca de tu zona de confort, te muestra, te hace vulnerable, pero al mismo tiempo te hace poderosa y dueña del momento.

Es aún más emocionante cuando estás batallando y solo escuchás a la gente gritar y celebrar. Pero toma más sentido cuando te das cuenta de tu potencial, de todo lo que sos capaz de hacer, de tu autonomía y de lo importante que sos. Ahora no digo que es lo más ridículo que he hecho, puesto que pienso “si he participado en un Ball, puedo hacer cualquier cosa”.

Aquí fue cuando encontré mi lugar en el Ballroom, además de encontrar la familia House Of Prince, que me adoptó y tomó en cuenta mi opinión y mis ideas, porque las mujeres cis género también tenemos lugar en la comunidad, ¡y esto es algo que me costó entender! Recordando las palabras de Pepper Labeija en el legendario documental Paris is Burning:

“Conozco a varios que cambiaron de sexo porque pensaban: me tratan mal porque soy una drag queen, si tuviera vagina me tratarían de primera. Pero a las mujeres también las tratan mal. Les pegan, las asaltan, las persiguen. Así que tener una vagina no implica que vayas a tener una vida fantástica. De hecho, podría ser peor”.

Reconocer que ser mujeres cis género no nos coloca en una posición privilegiada, nos hace también parte de la comunidad, porque buscamos ser reconocidas como sujetas en un sistema que nos demuestra históricamente que no lo somos realmente.

Para nosotras, tener espacios seguros en los cuales nos podemos empoderar de nuestro cuerpo y nuestras decisiones, es sumamente importante. Siempre y cuando lo hagamos con respeto, conociendo la historia de dónde viene la cultura Ballroom y visibilizando a las personas que estuvieron implicadas; entre ellas muchas que murieron por la ignorancia e indiferencia de una sociedad.

Día a día, el sistema nos recalca que no somos dueñas de nuestras vidas, ni de nuestros cuerpos, ni del espacio público donde nos movemos. Todos los días luchamos por reafirmarnos como seres humanas autónomas, independientes y sujetas de derechos.

Para mí, hay un antes y un después del Vogue y el Ballroom. Antes fui solo Josefina, ahora también soy Medusa Prince, el nombre que elegí para que me represente en los Ball. En mi vida cotidiana me he apropiado de la fluidez, la improvisación, el poder sobre sí misma, de la libertad y de la seguridad con la que Medusa se mueve al caminar y bailar. Y cuando dudo, poso, poso como si me estuviera fotografiando Mario Testino, lo cual se ha vuelto filosofía de vida.

El Vogue, el Ballroom y Medusa Prince me han mostrado “el eso que era el algo dentro de mí que quería salir, el algo que ni siquiera yo sabía lo que era”. Ese algo era yo.

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Josefina es esa mujer que fue punk en un momento de su vida y ahora mueve las caderas al son del reggaeton. También es profesional en estudios de género, futura gerente social, feminista, agroecóloga empírica, amante de felinos y Medusa bebé voguera.


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