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Por Héctor FC

Hace poco escuchaba en televisión a un periodista decir que el problema más importante de nuestro mundo es la desconexión con nuestros seres queridos, amigos o familiares.

De acuerdo con lo que este periodista acostumbra a decir, su afirmación tiene sentido y parece verosímil. Si la opinión de este periodista tuviera realmente que ver con el problema más importante de nuestro mundo, entonces, fácilmente podríamos resolver nuestras penurias, pues bastaría con conectarnos con nuestros seres queridos.

Sin embargo, no han pasado tantos días desde que también escuché a un buen amigo decir que lo más grave de nuestra sociedad es la desconexión que tenemos con nuestro hábitat, el medio ambiente o la naturaleza. A mi amigo, a quien escuchaba con un gesto condescendiente de aprobación, no pude decirle más que un simple “pues, tenés razón”.

La dificultad es que, si mi amigo tiene razón, puede que no la tenga la nutricionista autora de un artículo que leí ayer, quien afirmaba del modo más convincente posible que el error más grave que cometemos hoy por hoy es desconectarnos de nuestro propio cuerpo y no sentir sus necesidades.

La querella de quién está dando con el meollo del asunto, en relación con el problema más importante de la actualidad, no existe. De una u otra forma, tanto el periodista, como mi amigo y la nutricionista están diciendo la verdad, o, mejor, una verdad. Más allá de esto, yo noto que las tres afirmaciones, aun cuando se dirigen a temas en principio diferentes, hablan de desconexión. 

Evidentemente, para que algo se desconecte, antes tiene que estar conectado o, por lo menos, debemos saber que existe la posibilidad de conectarlo a otra cosa. De lo contrario, sobre ese algo, no pensaríamos ni siquiera en términos de desconexión. Entonces, si tomamos en serio esta nota sobre lo que implica la desconexión, para que el periodista, mi amigo y la nutricionista tengan razón, es necesario que antes de ahora, es decir, antes de nuestro momento actual, hayamos estado conectados o sepamos que existe la posibilidad de conectarnos con los seres queridos, la naturaleza y nuestro cuerpo. 

Otro lugar en el que he visto de manera recurrente el asunto de la desconexión es en la crítica al uso vicioso, inadecuado y desafortunado de las redes sociales. Son muchas estas críticas (las cuales, paradójicamente, son difundidas a través de redes sociales), pero casi todas apuntan a cómo dichas redes y el uso desmedido de dispositivos con pantallas nos desconectan de lo que verdaderamente importa: las personas que nos rodean, la puesta de sol, disfrutar el concierto y no grabarlo, leer un libro, vivir el momento, oler las flores, acariciar al gato, ser feliz y no aparentarlo, etc. 

Debo decir que en general estoy de acuerdo con estas críticas, pero me gustaría agregar lo siguiente: en las redes sociales (donde es posible expresar con palabras una opinión), sucede muy frecuentemente que emerge una especie de desconexión con nuestra propia capacidad o posibilidad de construir pensamientos, narraciones, argumentos y razonamientos largos, que requieren la convergencia de muchas ideas e, incluso, conceptos, los cuales deben guardar coherencia y evitar expositivamente la contradicción. En Twitter o Instagram es demasiado fácil verlo, porque los textos permitidos son excesivamente cortos. Pero veámoslo en Facebook. Casi todas las opiniones que aparecen en esta red son, en sí mismas, un bloque pequeño que no requiere estar conectado con otros pequeños bloques producidos también por nosotros o nosotras. La autonomía relativa de cada una de estas opiniones devela la desconexión con una exigencia más robusta de producir pensamiento.

Otro uso de redes y dispositivos en el que es posible descubrir la desconexión del pensamiento es en la creencia casi repentina e irrenunciable en la certeza de fuentes de noticias e información a las que no se les pide ningún tipo de verificación o contraste. Más allá de las fake news, que son el colmo des-conectivo, en distintas ocasiones le creemos a cualquier periódico o canal de noticias solo por el hecho de ser periódico o canal de noticias. ¿En quién depositamos la confianza para distinguir y declarar qué y cuál es la verdad? 

Si hacemos una breve revisión de los motivos por los cuales le creemos a las grandes empresas de propaganda e información, podremos encontrar que en el fondo se encuentra esta triste fórmula: confiamos en ellos porque nos han hecho creer que sus intereses son los nuestros. Así, surge entre tanta niebla una desconexión más, aquella que tiene que ver con nuestros deseos. Nuestros deseos han sido manipulados a tal grado que, primero, ya no sabemos cuáles son nuestros intereses y quiénes en realidad los comparten y, segundo, perdemos las ganas de averiguar qué es la verdad y de desarrollar un pensamiento profundo, no fragmentado en pequeñas opiniones sobre cualquier cosa. 

Quizás sea pertinente desconectarnos de quienes promueven nuestra desconexión con las cosas importantes, algunas de las cuales hablaba el periodista, mi amigo y la nutricionista.

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Héctor es profesor de Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Es padre de 6 perros y 6 gatos. 


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