Por Chino Salom
@chino.salom

¡Mirá, te hablo rápido porque me quedo sin batería!

Es una frase que remite a una escena que quizás sea familiar para muchos de los Homo Sapiens que habitamos el 2020, de donde podemos inferir dos componentes típicos del contexto:  1) Un mensaje que se siente importante para dar  2) La falta de un cargador. O… más dramático aún, de un enchufe.

Los seres humanos hemos creado interfaces y aparatos para la interconexión, a imagen y semejanza nuestra, los cuales también necesitan recargarse (y para ello ser conectados), “descansar” de sus labores, pues se saturan y se sobrecalientan, y hay que decir que también al igual que nosotros y todo lo demás que existe, se deterioran y cumplen su ciclo de “vida”. Tales semejanzas podrían apuntar a que no sea extraño que el tema de la conexión en nuestros dispositivos, sea tan significativo como la conexión en nuestras vidas. 

Por supuesto que son más las diferencias que las similitudes que podríamos mencionar entre nosotros y nuestros aparatos, comenzando por la más importante: somos una expresión de vida, y eso hace que nuestra experiencia en este plano sea fascinantemente impredecible. 

Nuestras máquinas y robots siempre han sido y serán inertes, por más avance de la tecnología, y eso hace que las metáforas comparativas entre humanos y máquina terminen careciendo de sentido: por ejemplo, cuando un aparato diseñado por el ser humano se desconecta, deja de ser un aparato para convertirse momentáneamente en un simple objeto. El ser humano no sufre una transformación tan drástica, cuando “nos desconectamos”, aunque nos solemos contar la historia de que sí. Pareciera a veces que hasta “dejamos de ser nosotros, cuando estamos en la Luna”. 

Esta constante reconfirmación de ser seres que desconectamos, y nos vamos a “la nada”, o incluso que hay personas que son “desconectadas” como si hubiesen sido marcadas por el destino para pasar sus días en una especie de limbo, es tal vez una de las mentiras más grandes y auto-destructivas que nos contamos todo el tiempo: “Estoy desconectado de todo”. “El celular / los videojuegos le han convertido en una persona incapaz de conectar”. “Demasiados días en la ciudad, tengo que irme a reconectar porque si no, no voy a funcionar bien”. “No tengo, ni nunca tendré conexión con esta persona, somos demasiado diferentes”. 

Con expresiones similares a estas nos hemos creído la historia de que la desconexión humana nos puede llevar a lugares incorrectos, o incluso a ser personas incorrectas. Y eso duele mucho, casi de forma insoportable, pues nos etiqueta y encasilla: ella es alcohólica, él tiene déficit atencional, ella es disfuncional, él nunca va a lograr encajar en la sociedad. 

Aquello a lo que hemos llamado “desconexión humana” lo hemos decidido juzgar de una forma similar a cuando se nos queda un celular sin batería: perdemos nuestra función, utilidad y valor. El enorme reto ante el cual estamos, es el de permitirnos derribar viejas estructuras, entre ellas las etiquetas que hemos utilizado durante siglos. Ese famoso estado de desconexión que declaramos en nosotrxs mismxs y en otros como un veredicto final, no es otra cosa que conexión con algo diferente, a lo que juzgamos que “debería ser”. ¿Doloroso? ¡A veces sin duda! ¿Incorrecto? No nos apuremos a decir que sí. Al menos de eso va esta propuesta. 

Alguien que usa drogas o alcohol, y que siente poca conexión con sus seres amados, o con su propósito de vida, no necesariamente está desconectado de todo. Tampoco está sustituyendo sus vínculos afectivos por amor a las drogas mismas, más allá de que estas ciertamente le ayuden a entrar en estados alterados de la mente. Ese alguien está dolorosamente (pero no incorrectamente) conectando con algo que nos es desconocido a quienes juzgamos su estado. 

Parte de crear un mundo más compasivo y amoroso, pasa por poder comprender la desconexión de otros, como conexión con algo que a nosotros nos sobrepasa, y que seguramente a él/ella no le aporta paz o amor, pero que eso no lo convierte en alguien juzgable o etiquetable. Atendible, y digno de ser amad@, sin duda. Eso podría abrir las puertas de presentarle la opción por ejemplo, de conectar con nosotros si le abrimos nuestro corazón en vez de encasillarle.

También podremos relacionarnos de una forma más pacífica y compasiva con nosotrxs mismxs cuando entendamos que cada vez que nos juzgamos por estar en desconexión, se nos abre también la posibilidad de dirigir nuestro amor y nuestra atención, hacia aquello que sí está siendo objeto de nuestro vínculo, pues es a lo que estamos prestando nuestra capacidad de conexión en momento presente. Si no nos gusta lo que encontramos al usar conscientemente nuestra atención, entraremos en interacción entonces, con nuestro libre albedrío, y nuestra capacidad de elegir con qué otra cosa quiero conectar, y poder darle también descanso al auto-juicio de vivir, ser o estar desconectados.

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Chino Salom es facilitador y Director en Gestión Educativa de ConversABLE. Es el papá de Marcelo, esposo de Adri, hijo de Ito y Alber. Su alebrije es una raza-única que se llama Lisa y también un gato, Cerati, que lo abandonó en esta vida para ejercer su libertad de alma. Tiene un título de Arquitectura y ama también a Cerati (el músico).


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