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[sg_popup id=”5765″ event=”inherit”][/sg_popup]Por Carla Pravisani

 Ilustración por Ulises Mendicutty

Ni en nuestras peores pesadillas hubiéramos imaginado un apocalipsis tan sin gracia. Basta poner en Google la palabra “apocalipsis ” para que aparezcan miles de opciones bastante más excitantes: una ola gigante, bosques ardiendo, cohetes destruyendo ciudades, un meteorito chocando contra la Tierra…

En cambio la estampa que nos trajo el Coronavirus parece el monstruo ficticio de una madre que quiere fomentar hábitos de higiene : “Si no te lavás las manos va a venir el Coronavirus”  En fin… la imagen de fin de mundo es la de un obsesivo compulsivo: gente poniéndose alcohol en gel, comprando masivamente papel higiénico, lavándose doscientas veces las manos. Entonces el primer ajuste que habría que hacer con nuestro imaginario de autoexterminio sería darnos cuenta de que para desaparecer media humanidad basta con un estornudo. Eso nos revela una verdad dolorosa: somos bastante frágiles.

Aunque sí podríamos reconocerle al Coronavirus que su primera etapa tuvo cierto espeluzne: eso de que sea el catastrófico resultado de una sopa de murciélago da qué pensar. Si no han visto las fotos y quieren aumentar su nivel de morbo se los recomiendo, pongan “sopa de murciélagos” y van a encontrar de varios tipos: hay una en la que el murciélago reposa de espaldas cual spa en un bol rodeado de un liquido lechoso y cebollino (realmente parece estar relajándose después de un día duro) y hay otras donde lo vemos como si se hubiera muerto de un susto: la cara cadavérica apretando los dientes mirando al comensal, otra en la que parece reírse por compromiso de un chiste, y otra —la más extrema— en la que parece que se estuviera rascando el culo (o lo que sea que tengan los murciélagos en esa área). Uno descubre que el murciélago es un animal bastante expresivo, sobre todo muerto. Y también descubre que somos desconcertantes como especie: comerse un murciélago… ¿en qué lugar de la cadena alimenticia nos coloca eso? ¿Estamos a la par de los mapaches, las serpientes y las lechuzas?  Y por otro lado, al poner “sopa de murciélago” aparece otro exótico plato que consiste en comer ratones bebés vivos que quién sabe qué tipo de pandemia nos dará en un futuro. Por otro lado, también se le ha otorgado al virus una especie de rol bolivariano. Cuando apareció la foto de un infectado a la par de Trump y Bolsonaro, más de uno sintió cierta simpatía por el virus, como si hubiera llegado cual libertador a quitarnos de encima a estos impresentables que nos dejó nuestra afición por la estadística.

Pero volviendo al tema del Coronavirus y a nuestra cercanía con el abismo es interesante cómo nos ha modificado un paisaje que parecía tan inmodificable. Entre todo el caudal de videos que vi esta semana me quedo con éstos: el de los italianos cantando desde los balcones, el de los españoles aplaudiendo en la noche a la sanidad pública y el de una ciudad deshabitada donde solo se oyen los pájaros. Imágenes  a las que nos podemos aferrar para no caer en la más absoluta desesperación. Darnos cuenta de que si nos aquietamos un rato, el canto aparece. Porque como dice un poema anónimo vietnamita “Rellenamos el cráter de las bombas. Y de nuevo sembramos Y de nuevo cantamos. Porque jamás la vida se declara vencida”

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