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Por Eka Mora

Ya casi no me acuerdo de lo que se sentía tener 14 años, o al menos en algunas cosas. No me acuerdo cómo se sentía ir al cole o solo querer escuchar trova, por ejemplo. Pero sí de cómo se sienten las mariposas antes de un date o lo que se siente escuchar a los Backstreet Boys toda enamorada. Mi realidad de hoy se siente muy cómoda y familiar. Es como que tenía que haber estado acá hace mil años. Al menos en cuanto a la relación que tengo con los pensamientos que me visitan sobre mi cuerpo.

A los 14 años, la doctora Cartín, haciendo lo mejor que sabía, me dio una cajita de pastillas que se llamaban Diestet, las vendían solo con receta verde y me iban a ayudar a bajar de peso. Y sí que lo hicieron. Perdí el apetito como por seis meses. Apuntaba todo lo que me comía compulsivamente y cuando me parecía que había comido mucho, me llevaba tranquilamente al baño a vomitar voluntariamente. Ahí me disculpan que sea tan gráfica, pero es que así era.

La comida y las dos horas de ejercicio físico diario era lo único en mi mente, en ese momento, de vez en cuando pensaba en Kevin, el maecillo que me gustaba, pero aun a él, lo usaba como “motor” para querer “verme mejor”. Al final de ese año con 17 kilos menos, me fui a comprar ropa nueva, me compré unos pantalones chivísimas y al día siguiente cuando me los volví a poner, me pareció que aún me veía gorda. Y lloré. Lloré porque nunca iba a ser suficiente y  porque nunca jamás iba a ser todo lo flaca que pensaba que quería ser.

Me di cuenta ahí que nunca iba a ser suficiente. Que no había terminado aún de hacer dieta. Que eso, iba a ser para siempre. Cadena perpetua. 

Y bueno, pasó el tiempo y  me recuperé en terapia. La evolución me llegó a punta de introspección y gracia. Me salvé. Pero podía reconocer mis síntomas en otras mujeres. Sobretodo en mi trabajo, mujeres que me decían que se querían hacer fotos, pero que aún no, porque tenían que cambiarle algo a su cuerpo. Y mi pregunta siempre era: ¿Qué tiene de malo el cuerpo que tiene ella ahorita que está decidiendo que no merece ser fotografiado? Y entonces, empecé a cansarme del discurso y a querer cambiarlo. 

Al principio de este texto usé la frase “ la relación que tengo con los pensamientos que me visitan sobre mi cuerpo”, porque como mujer terrícola que vive rodeada de patriarcado, aún me visitan los pensamientos de que mi cuerpo debería de ser diferente. Y quiero ser súper clara, si mis deseos de hacer cosas diferentes en mi cuerpo vienen de la autoconexión, todo bien, pero si son pensamientos impuestos, que responden más a la opresión y al miedo, no tengo porqué creerlos. Los pensamientos aún me visitan, pero ya no les creo. 

Y de eso se trata mi trabajo. De invitarte a cuestionar constantemente de dónde vienen los pensamientos que tenés con respecto a tu cuerpo. Invitarte a no creerlos todos y sobretodo invitarte siempre a amar el presente, en la forma que se presenta, como estrategia de ligereza y libertad.

Las chicas que han llegado a mi estudio se han permitido verse a ellas mismas, sin creerle a los pensamientos que las alejan de la conexión. Fanny, una de mis clientes me lo escribió así: “Dejé en la acera de tu estudio todos los prejuicios que podía tener y me abrí a mi vulnerabilidad. En la sesión con vos… solo fui, solo estuve, sin historias ni juicios”.

Las ideas patriarcales de cómo deberían de verse nuestros cuerpos, viven en constante evolución. Estoy segura de que ya te has dado cuenta de que son más bien como una moda. A mí me parecen una cárcel que continuamente cambia de forma y que lo único que funciona para ser libre, es salirse de ella. Amar el cuerpo presente, por lo tanto, es un acto feminista y revolucionario, es salirse de la cárcel y vivir desde la auto conexión.


Eka Mora es activista de amor radical,  trabaja como fotógrafa y como coach se empatía y de desarrollo humano. Desde sus redes sociales, comparte a través de su historia y de la de otras mujeres nuevas formas de relacionarse con el cuerpo físico. 

Podés seguir su trabajo en @eka_mora.

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