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Por Irene Mena
@nenemena

En el archivo de la memoria tengo impresas las visitas a la costurera de mi barrio.

El olor a pan y café, y un radio de fondo entretenían los sentidos mientras me probaba una prenda a medio construir y ella delicadamente la tallaba con alfileres. En la esquina de la sala una especie de cortina era el vestidor y ahí me las ingeniaba para escapar libre de punzadas de aquel vestido. Ser parte del proceso era mucho más emocionante que ir a una tienda; esperar varios días y, eventualmente, estrenar aquella prenda no tenía comparación.  

En las últimas tres décadas aquella experiencia del vestir cambió drásticamente. Las visitas cada vez fueron menos y la oferta en las calles se multiplicó. Fuimos tanto testigos como parte de un aceleramiento sin control donde los sistemas económicos se enfocaron en producir más y consumir más, con poco interés en los impactos colaterales. 

Los clientes se alejaron de la costurera debido a precios más bajos, mayor variedad y la disponibilidad inmediata de productos. Así, sin más, quedó congelada en la memoria. Las fallas del sistema son evidentes años después, y ahora inmersos en una crisis ambiental añoramos desacelerar, pagar la factura y revertir el daño. 

El orden de los ciclos, la circularidad

Históricamente el ser humano había sido exitoso tomando inspiración de la naturaleza para imitar sus sistemas y resolver problemas. En la naturaleza el equilibrio se obtiene, pues los materiales en el sistema son benignos y fluyen en ciclos continuos donde los recursos se producen, consumen y descomponen de forma natural. 

Cuando el mundo se industrializó, los modelos lineales se establecieron como la norma: tomar, usar y desechar, sin importar qué pasaba después. Cifras recientes denominan la industria de la moda como la segunda más contaminante, plagada por el Fast Fashion, los materiales no sostenibles, el desperdicio y la obsolescencia programada de las tendencias, entre otros.  

La industria dio un giro con la invención del poliéster, el textil más popular del mundo a partir de la década del 40. Se deriva del petróleo, tiene un bajo costo y, en aquel entonces, se mercadeaba como una tela milagrosa que podía usarse repetidamente sin arrugarse.

Su popularidad fue tal que, al día de hoy, el 60% de los textiles son derivados de petroquímicos mientras que los textiles de fibras naturales quedaron rezagados y su consumo se ha mantenido casi estático desde los años 40. 

Es impensable que un ser humano utilice una bolsa plástica como vestimenta, y sin embargo decenas de prendas “de plástico” llenan nuestros armarios, disfrazando su carga ambiental y la amenaza química para nuestra piel.

Los problemas del poliéster no terminan ahí. Con cada ciclo de lavado, esta tela desprende microplásticos que llegan hasta los ríos y los océanos. Esto quiere decir que la industria textil es responsable del 35% de los microplásticos en el océano. Para el 2050, los expertos estiman que habrá más plástico que peces en los mares. Esos microplásticos no se degradan, por lo que no es exagerado decir que el poliéster que usaron nuestros abuelos todavía ronda por el mundo, pues toma 200 años para que se degrade en el ambiente.

Incluso cuando el poliéster es reciclado, este contiene una mezcla de químicos tóxicos que no son aptos para estar cerca de la piel humana, y el ritmo y costo de los procesos de reciclaje está lejos de lograr el equilibrio. El 91% del plástico producido en los últimos 60 años no ha podido ser reciclado aún.

Es evidente que las soluciones no están en un modelo lineal. Si tuviéramos un sistema circular, las prendas transitarían por el plazo máximo posible y luego regresarían de forma segura a la biosfera cuando ya no fueran útiles. 

Las industrias deben trabajar enfocadas en la sostenibilidad de cada proceso y en la erradicación del desperdicio para lograr la circularidad. Solo para ilustrar, la industria alimenticia desecha una tercera parte de lo que produce. Por su parte, en la industria de la moda el 15% del textil producido termina en rellenos sanitarios o es incinerado, producto de inventarios excesivos o del corte de telas al confeccionar.

Se habla poco del Diseño Cero Desperdicio, pero las circunstancias exigen que este pensamiento impere si queremos retornar al equilibrio natural. En Obra Gris desarrollamos nuestra práctica con este norte, intentando que las partes que componen una prenda calcen sobre la tela como piezas de un rompecabezas. Esto no es el camino fácil y el resultado no siempre es  comercialmente exitoso, pero sabemos que el paso en la dirección correcta es la sostenibilidad como eje.

Es emocionante pensar que el mundo puede ser otro y que la reforma de las industrias será posible desde el compromiso de los creadores y la exigencia del consumidor. Un consumidor que entiende sobre los materiales, procesos y personas detrás del producto podrá tomar mejores decisiones, manifestar sus valores y redefinir la relación con todo lo que le rodea. 

Ha llegado el tiempo de volver al origen. Es momento de retornar a la circularidad, poner la mirada nuevamente en la naturaleza y en ella encontrar las respuestas que tanto necesitamos.

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Irene Mena es Brand Manager y Business Partner en OBRA GRIS, empresa costarricense destacada por el diseño de indumentaria y objetos bajo el principio “cero desperdicio”, enfoque que reduce el desecho en los procesos de diseño y producción.


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