Por Hazel Villalobos Fonseca
@haz_villa

Para cualquier costarricense, imaginarse su país con fuerzas militares, podría ser una pesadilla.

Es más, es simplemente inconcebible desde nuestro imaginario social. Las armas militares, los tanques de guerra y el servicio militar obligatorio ni siquiera son parte de nuestro vocabulario.

En efecto, para los que hemos tenido la fortuna de viajar a otros países, el observar a un militar en la calle con su uniforme y sus armas, en lugar de inspirarnos paz y seguridad, lo que nos infunde es miedo y desconcierto. Esto forma parte del “ser costarricense”, de la idiosincrasia costarricense que se ha forjado, en este tema, desde el 1. ° de diciembre de 1948. Ese día el entonces presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República de Costa Rica, José Figueres Ferrer, en un acto simbólico[1] anunció la abolición del ejército costarricense como institución permanente.

La decisión de no contar con un ejército permanente ha marcado el desarrollo socioeconómico, cultural, educativo y de política exterior de nuestro país. En efecto, el impacto de esta decisión ha calado en todos los aspectos de la vida del costarricense. Es por ello, que la inversión en defensa, en armas militares y por ende, en la guerra, nos escandalizan a la mayoría de los y las ticas y nos es inconcebible entender cómo a nivel internacional, muchos de los países siguen “invirtiendo para ir a la guerra”.

Afortunadamente, Costa Rica hace 72 años decidió mejor invertir en educación que en la guerra, convirtiéndonos en un país referente regional e internacional en desarrollo educativo, desarme y estabilidad democrática[2]. Consecuentemente, Costa Rica en las últimas décadas, ha abogado por el desarme y la pacificación a nivel internacional. Ha promovido y/o apoyado vehementemente instrumentos jurídicamente vinculantes para la prohibición de armas nucleares, armas biológicas, municiones en racimo y la regulación del comercio de armas, entre otras. En todos estos esfuerzos internacionales, el papel de nuestro país siempre ha sido sobresaliente y ha logrado conquistas para un mundo más pacífico y mayor desarrollo sostenible, siempre destacando la esencia del ser costarricense.

Sin embargo, en pleno siglo XXI, enfrentamos otro reto en la esfera nacional e internacional: la militarización de la tecnología. Pero, ¿de qué se trata esto? La militarización de la tecnología es la aplicación de los avances tecnológicos para su uso en la guerra, principalmente para el diseño, desarrollo, prueba, uso; en fin, en todo el ciclo de vida de las armas y sistemas militares. Incluyendo el uso de los avances tecnológicos del campo de la inteligencia artificial, el Internet de las cosas, impresión en 5D, clouding, robótica, etc. Y aunque suene como de esas películas de ciencia ficción de las décadas de los ochenta y noventa como Terminator, es nuestra REALIDAD.

Y es que, para nadie es un secreto que la tecnología avanza a pasos gigantescos, no así las leyes nacionales y las regulaciones internacionales. Por ello, el peligro es inminente si no se trabaja lo más pronto posible en un marco normativo que regule el uso de la tecnología en este campo. Uno de los grandes esfuerzos del que Costa Rica forma parte, es la prohibición de los sistemas de armas totalmente autónomas por medio de un instrumento (protocolo, tratado, etc.) internacional y la prohibición del uso de la tecnología para el desarrollo de sistemas de armas en el territorio nacional con la Campaña “Detengamos la Militarización de la tecnología y promovamos su uso para la paz”[3].

¿Y qué son los sistemas de armas totalmente autónomos? Según la Cruz Roja Internacional, son armas que pueden “buscar, identificar y atacar objetivos, incluidos seres humanos, empleando fuerza letal sin que intervenga un humano”, en otras palabras son armas con inteligencia artificial que autónomamente pueden identificar un objetivo y tomar la decisión de disparar, entre estos objetivos incluyendo un ser humano. ¡Todo esto sin que haya control humano sobre esta arma!. Y pues sí, aunque suena a ciencia ficción, estamos dándole a una máquina el control de decidir a quien matar.

En Costa Rica no tenemos ejército y por ende, muchos podrían pensar que ese problema no debería ser nuestro, pues “nunca estaremos en una guerra”. Lo cierto es que, este tipo de armas, en caso de que se desarrollen completamente, las consecuencias colaterales de su uso podrían afectar a nuestro país y hasta podrían llegar a manos equivocadas como el crimen organizado y el narcotráfico. Por ende, aunque con orgullo podemos decir que “no tenemos ejército”, aún los retos persisten y ahora nos toca seguir luchando para evitar el uso de la tecnología en las armas e invertir mejor en tecnología para educación, salud, medicina, etc; ¡Que de eso sabemos hacerlo muy bien, desde hace 72 años!

———–
Hazel Villalobos Fonseca es internacionalista especialista en seguridad pública, desarme y prevención del delito, Máster en gestión de proyecto y actual Gerente Técnica de la Fundación para la Paz y la Democracia.

[1] Un dato importante, es que este acto simbólico se realiza en el Cuartel Bellavista. En este acto, se le entrega las llaves de este cuartel a la recién fundada Universidad de Costa Rica , con el propósito de que en el edificio militar se estableciera el actual Museo Nacional, como centro de estudios antropológicos (Mora, S. 02 de diciembre 2014) Marcando así, el traslado de la inversión en fuerzas militares al sector educativo costarricense.

[2] Estudios comparativos entre países han demostrado que los países que invierten más en educación y menos en defensa, tienen sistemas democráticos más estables (Villalobos, H. 2016)

[3] Esta campaña es liderada por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de Costa Rica, y la Fundación para la Paz y la Democracia (FUNPADEM); la cual será lanzada en el año 2021, año del bicentenario de Costa Rica.


Leave a Reply