Por Jaime Gamboa
@jaimegam

A propósito del Día de la Abolición del Ejército.

El militar del imperio romano, Publio Flavio Vegecio (quien según Wikipedia escribió también un Tratado de Veterinaria), es el autor de la frase “si vis pacem, para bellum”, que se puede traducir como “si querés la paz, preparate para la guerra”; una máxima romana que pasó a formar parte del acervo político de la humanidad hasta nuestros días.  En casi todos los países, la gente da por sentada la idea de que, si no tienen un ejército más o menos amenazante vigilando sus fronteras, serán inexorablemente invadidos por sus vecinos. Ven esto como una cosa de sentido común.

Ese dato hace aún más grandioso el gesto demoledor de don Pepe y su gente, en tanto no solo le plantaron un desafío a la historia, sino a todo el paradigma que aún hoy sigue justificando la existencia de los ejércitos en el mundo entero.

A propósito de esto, recuerdo que allá por 1973, en plena guerra de Vietnam, papá trataba de explicarme porqué en mi casa estábamos de acuerdo con que los vietnamitas mataran gringos, y no al revés, como todo el mundo. Era algo difícil de entender para un niño de nueve años, pero él hizo su mejor esfuerzo. Me explicó que los vietnamitas estaban en su casa, y que los gringos se habían metido sin permiso, entonces ellos estaban en todo su derecho de sacarlos de ahí.  Mi siguiente pregunta fue un poco más complicada: “¿por qué los gringos se fueron a meter a Vietnam?”.  Entre las cosas que recuerdo de su respuesta están las palabras “imperialismo”, “autodeterminación”, y una frase se me quedó grabada y luego supe que era de Von Clausewitz: “la guerra es simplemente la continuación de la política por otros medios”.

En ese momento, por más fascinante que fuera sentir que ya podía explicarles a mis compañeros de la escuela de qué se trataba todo ese jaleo en Vietnam, la conversación me despertó una inquietud más profunda: si a nosotros nos invadían los gringos, ¿teníamos que mandarnos a pelear y morir como los vietnamitas? La idea me aterró. Comencé a imaginar los potreros de Nicoya convertidos en infiernos de napalm. “Pues sí…”, me contestó él con sinceridad, pero me vio tan asustado que agregó, de seguido, algo con la intención de tranquilizarme: “…pero yo veo difícil que se metan aquí: como no tenemos ejército, el mundo vería muy mal que nos atacaran así nomás. Nadie va a atacar a una nación desarmada”.

Esta idea tuvo el efecto tranquilizador que buscaba, pero tras una oleada de orgullo pacifista debo confesar que me surgió otra pregunta, que ya no tuve chance de hacerle ese día: “si nadie ataca a una nación desarmada… ¿por qué los vietnamitas no se desarman, y ya?”  Me faltaban unos años para comenzar a leer sobre Gandhi, Luther King y las tácticas de lucha no violentas, sus ventajas y sus limitaciones.  Pero ese fue mi primer encuentro con la noticia de que el país donde había nacido tenía esta particularidad, y desde entonces la tomé como una especie de escudo, una burbuja impenetrable que nos podía librar del horrendo sonido de miles de botas extranjeras marchando por la avenida central.

Veinte años después, en lo peor del conflicto centroamericano, me tocó ver la guerra más de cerca. Muchos estábamos seguros de que mi pesadilla de infancia se haría realidad y los gringos nos iban a invadir para frenar el avance de los movimientos guerrilleros en la región. En la universidad recibíamos a menudo estudiantes centroamericanos, que llegaban buscando refugio, para salvarse de ser arrojados a una cuneta, con las manos atadas y un tiro en la cabeza, solo por pensar como pensaban. Ciertamente Costa Rica fue un santuario para ellos, tanto así que muchos se quedaron para siempre. Otros regresaron a su patria. Algunos no sobrevivieron.

Un querido amigo de esos años se sumó a la guerrilla y fue a pelear a El Salvador. Casi muere, perdió tres dedos y muchos amigos, y finalmente entregó su arma tras la firma de los acuerdos de paz.  Lo último que supe es que vivía pobremente, vendiendo pupusas y aguas en un pequeño puesto callejero. Hoy es claro que la guerra dejó su herencia más pesada sobre las espaldas de gente como él, sin bienes, sin influencias ni “apellido”.  Todas las cosas contra las que peleó siguen allí: el ejército, la injusticia, la desigualdad.

No hubo invasión gringa (aunque sí injerencia, asesores militares, etc.).  Básicamente, los centroamericanos nos matamos entre nosotros.  En todos los países, excepto en el nuestro, el ejército se dedicó por décadas a aplastar la insurrección de sus propios conciudadanos.

Al mirar ese panorama, no me queda duda de que la abolición del ejército nos ha funcionado como un valioso talismán, para apelar a la comunidad internacional y “vacunarnos” contra intenciones intervencionistas de otros países. Eso es cierto. Pero creo que su gesto histórico nos salvó de un peligro aún más grande: Don Pepe nos salvó de nosotros mismos.

Si querés la paz… preparate para la paz, carajo.

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Músico a ratos, escritor por insistencia y publicista por necesidad, miembro de la banda Malpaís gracias a oscuras influencias, escucha ópera cuando hace ejercicio y desayuna avena con frutas (lo que sea que esto signifique).


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