Por Jesús Cárdenas Durán
@jesuscduran

No todos los inicios son, totalmente nuevos; ni son, aparentemente, trascendentales pero ¡cuánta importancia tienen!

El valor simbólico de los nuevos inicios es siempre válido. Cerrar ciclos para empezar de nuevo es una idea que nos puede entusiasmar: nos llenamos de euforia, esperanza y ganas de mostrar nuestras ideas, nuestro potencial, nuestra capacidad de transformación; nuestra decisión de movernos hacia una dirección que nos recuerde que nuestra vida es una red: hilos e hilos de experiencias, aprendizajes, epifanías, duelos, fracasos y éxitos que forman un tejido que le dan forma, color, textura y emoción a nuestra historia personal.

Existen contextos que requieren de gran envergadura en sus inicios, ya sea porque el contexto así lo define o bien, porque nuestro proyecto de vida lo exige. Empezar un nuevo trabajo, iniciar una nueva relación, comprar una casa son procesos que pueden posicionarse en el lugar protagónico de nuestra existencia. Estos inicios definen, mucho, nuestra forma de ver el mundo: encauzan nuestros esfuerzos porque obtenerlos representa algún nivel de éxito, de realización personal.

Ahora, paralelo a nuestros proyectos de vida, está “La Vida”: el cotidiano, nuestras existencias en las formas más básicas, más primarias, más prosaicas. Y, esa vida que no planificamos como grandes monumentos, también tiene sus pequeñas esculturas diarias que, con sutileza, la renuevan.

En medio de meses –y meses– de pandemia global y estrenando un esperado año nuevo, las personas alrededor del mundo hemos visto la necesidad de detenernos a observar, reconocer, corregir, abrazar nuestra vida en cotidiano y, con ella, a todos sus nuevos inicios.

Erróneamente, los sistemas que dominan nuestras ideologías y nuestras emociones nos llevan a vivir en una aspiración constante, en un anhelo de nuevos y transformadores inicios en nuestra vida. Pero ¿dónde quedan los instantes transformadores de nuestros momentos más cotidianos, más efímeros y más ignorados? Tomar conciencia de nuestra existencia es fundamental para dimensionarnos como seres complejos incluso en la simplicidad. 

3 de muchos inicios

Desde mi experiencia, hay tres nuevos inicios que han sido fundamentales en el incierto 2020. El cuido de la casa, la adopción de una mascota y la llegada de nuevas presencias al edificio donde vivo (2 vecinas, un vecino y una perra) fueron oportunidades que hoy veo como inicios en cotidiano.

La casa y yo

Desde hace varios años intento darle atención a los espacios de mi casa. Estoy convencido de que, donde vivís, es también vos; de alguna manera, los espacios que habitás habitan también tu vida, son una extensión de cómo deambulás en la calle. Frente a medidas de confinamiento, intenté darle nuevos aires a la casa; comprobé que apropiarse, con convicción, de los espacios físicos significa asumirse como parte de este paisaje que, aunque propio, se puede volver ajeno.

 Sembrar, limpiar, hacer limpias, reacomodar, redecorar… esas y otras acciones representaron grandes inicios de nuevos cambios y, en cada cambio, el polvo, los muebles y las energías que se movían renovaban mi percepción sobre el espacio, la transformación y el impacto que tendría en mí. Los espacios que habitamos necesitan transformaciones constantes para recordarnos que la vida es movimiento, que es posible habitar el mismo espacio de nuevas formas y que las nuevas formas representan nuevas oportunidades. 

Caína y yo 

Hace años tuve una gata, Nina; fuimos amigos 6 años hasta que una insuficiencia renal me hizo ponerla a dormir, una de las decisiones y contextos más dolorosos de mi vida adulta. Decidí no tener más mascotas para evitarme la eventual pérdida… pero vivir con miedo es vivir menos. Afortunadamente, una gatita de tres meses apareció en el balcón de la casa abandonada del frente. Mi vecina Estefanía y yo la vimos y, bendita complicidad, nos fuimos a buscarla.

Desde el momento uno, Caína se sintió en su casa y yo supe que aquella conexión era también simbiosis para quienes íbamos a compartir con ella.  Adoptar una gata ha sido recuperar un aprendizaje que permite tomar distancia de nuestras necesidades para intentar conectar con otros seres más allá de la comunicación verbal. A cambio, se renueva el concepto compañía, se refresca la idea de cuido.

Tefi, Nana, Edu, Lari y yo 

Frente a una cuarentena interminable, uno de los retos más cruciales era redefinir nuestras dinámicas afectivas, nuestra red social. En una dinámica de burbujas, nos tocó refrescar nuestras relaciones más inmediatas (y la inmediatez  física no siempre es una cercanía afectiva). Esas cercanías y esos cariños también merecían inicios –o re-inicios–. 

Tefi (la cómplice del rescate de Caína) era una conocida de otro tiempo, de otro contexto, de otra conexión; cuando se mudó al edificio donde Paula, Miguel y yo vivíamos, aprovechemos para darnos todo el apoyo que podíamos, con nuestras causas y nuestros miedos. En repetidas tardes de café y tertulia nos escuchamos y, a veces, nos decíamos algo: un gran reinicio.

 Semanas después, el apartamento de abajo fue ocupado por una familia compuesta por una ilustradora, un politólogo y una perra que es tan bella y amorosa como intensa. Me ofrecí a pasear a Lari –la perra– y esos paseos han sido espacios de exploración, como la actitud de una cachorra. El cambio que Lari incorporó a mis tardes sin lluvia fue un respiro en momentos de aturdimiento. Nana y Edu –la pareja– estaban iniciando en un nuevo hogar y permitieron que fuera extensión del mío: confianza, apoyo, risas y chineos han caracterizado una relación que se cimentó en la oportunidad de nuevas situaciones. Tefi, Lari, Nana y Edu han sido nuevas presencias en mi cotidiano y sus actitudes hicieron que pronto, la dinámica de La Vecindad fluyera en otros nuevos sentidos. ¡Grandes herencias del año!

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Hay mucho que replantarse en nuestras formas de expresión y de comunicación; en nuestras herramientas de conexión, en nuestra capacidad de sensibilización y de desarrollar empatía honesta. Porque es, quizá, la honestidad un territorio que los nuevos inicios más agradecen. Una honestidad que nos reafirme cómo nos acercamos a la idea de plenitud, de convencimiento de que estamos en el lugar que merecemos y que nos merece.

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 Jesús Cárdenas Durán. Profesor de Castellano y Literatura, Cultura, Historia de Costa Rica y Pensamiento Latinoamericano. Cinéfilo en formación. Bailarín e intérprete aficionado. Escritor, de vez en cuando.

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