Por Priscilla Gómez
@muelablanda

La playa parece una escena apocalíptica.

Un desierto de leones migrando hacia el Este, donde el agua es más cristalina y la arena blanca. Caminan bajo el sol de cualquier hora, con hieleras, parrillas, Coca Cola caliente, la abuela. A los turistas los siguen los vendedores ambulantes del pueblo que atraviesan el río del estero con carretas con pipas, ceviche, empanadas, cervezas, piñas coladas; las mujeres llevan en los hombros mesas de masajes, bolsas negras, niños.

Aquí solo hay una plaza, que también es parqueo, el “precario”, una isla, una casa de madera que sobrevive todas las mareas por la buena brujería. Y una playa secreta donde me subo a piedras para ver más. 

“Stop. Take your time. Breathe. Vea. Remember. Feel this”.

La pandemia –la idea de lo que es todo ahora– la nueva forma de vida, lo viejo-nuevo mismo de antes, las mentiras, una tela en mi cara –las noticias diciéndome cómo debo sentirme– tiene a todos los pescadores con hambre.

El patio de la casa está amarillo de hojas secas del palo de mango. Esta semana saqué un escorpión de los platos que dejé sin lavar. Era tan grande como mi mano. Vi una ardilla abrir una pipa y comerse el coco. Rescaté un cangrejo de la calle. Tiré un pescado de nuevo al mar porque nadie quería comérselo. Casi me muerde un perro por andar buscando un lugar sin gente para sentarme a saber cómo me estoy sintiendo. Pero todos se dieron cuenta cuando comenzaron los ladridos. Y sin querer, hice una pequeña tormenta en el mar mientras me lavaba los malos pensamientos.

Paso las tardes hablando con Flor sobre cómo cocinar ostras, de los cigarros que se fuma después de limpiar, de cómo debemos ser libres a pesar de todo. A su esposo lo conoció en las famosas “fiestas”, donde antes todos se iban a ver y recordar. A mí me dice que no ruegue. Que no piense tanto. Que deje todo esto fluir.

Ya no hay más “fiestas” porque ahora todo lo que nos hace bien está prohibido. Y no sabemos por qué.  He pasado días queriendo más, como poder nadar a las 5 de la tarde, pero en esto estoy tan sola como antes.  

Me pidieron que buscara mi “spirit animal” y no vi nada. Negro, negro, negro. No hubo túnel ni portal con mensajes. Solo un grupo de hombres con cara de pájaros, agarrados de la mano, danzando alrededor de una fogata.

Cuando camino por la playa sola, me comienzo a sentir como una pequeña bolita de nada. En especial los días cuando voy porque despierto triste sin saber por qué. A veces lo siento muy claro, eso es todo, el momento en el que estoy y todo lo que implica dejarlo ir.

Aquí tengo un habitat para poder ser salvaje. A veces es solo una sábana lo que nos cobija, y no la encontramos cuando amanece. Nadie me sigue los pasos en esta selva. Cuando hace mucho frío se cómo encontrar el calor. No tenía idea de que solo necesitaba un abrazo pesado para poder descansar. Sí me he convertido en mi entorno, entonces tomé la decisión correcta. Soy un árbol de almendro tropical. Los peces que saltan en el ocaso. El romero iluminado. Una noción de paz.

El pueblo está ansioso porque el 24 los hoteles más grandes de la zona hacen una competencia con pólvora. Y el 31, por fin vamos a poder tomar cerveza en la calle, y en la plaza viendo hacia el mar.

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Texto escrito desde Brasil de Guanacaste. Diciembre 2020.

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