Por Daniela Fernández
@danifernandez10

Ser tripulante de cabina más que un trabajo es un estilo de vida. 

Lo único permanente en nuestra rutina es la inestabilidad. Los itinerarios siempre cambian, trabajamos a deshoras y rara vez tenemos días festivos y fines de semana libres.

Mi primer diciembre en la aviación fue el de mayor incertidumbre. Los horarios de los pilotos y asistentes de vuelo suelen conocerse tres días antes de que inicie el siguiente mes, y la programación más esperada –por supuesto– es la de diciembre. Mientras esperaba el veredicto, el corazón me latía como un caballo desbocado, sabía que, por mi rango, lo único que podía pedir era misericordia… las peores rutas se le asignan a los nuevos.

Tener libre el 24, 25 o 31 de diciembre era impensable, así que solo aspiraba a algo más o menos decente para llevar un acompañante, pues en esas fechas la aerolínea nos permitía viajar con quien quisiéramos sin más costo que el sufrimiento de estar “sujeto a espacio” … es decir, el invitado solo se podía subir al avión si quedaban asientos disponibles. El nombre oficial de este programa de incentivos era “Volando en familia”, pero en broma lo llamábamos “Llorando en familia”. Más de una vez reanimé a colegas devastados porque en pleno abordaje se llenó el vuelo y alguno de sus parientes quedó vestido y alborotado con maleta y pasaporte en mano. Las escenas más crudas las presencié fuera de Costa Rica y en noches especiales.

Ese 2012 la suerte de principiante me abandonó por un momento. No solo me asignaron un horario indeseable de guardias en Nochebuena y Navidad, 

sino que debía cumplirlo en la oficina del aeropuerto, congelándome el trasero en “libertad condicional”. Pero sucedió algo inesperado y los dioses de la programación nos sonrieron: a última hora a una de mis amigas y a mí nos asignaron un vuelo fácil y rápido, con pocos pasajeros, comida extra en primera clase (

que devoramos en segundos) y un simpático jefe de cabina que eligió trabajar para evitar a sus familiares.

Para ese fin de año me salió programado con anticipación un vuelo a Los Ángeles. Decidí que mi invitada sería una compañera del curso de entrenamiento a quien no contrataron por falta de plazas vacantes. Al igual que yo, ella debió dejar su puesto anterior para capacitarse durante tres meses en legislación aeronáutica, mercancías peligrosas y primeros auxilios, entre otros conocimientos que no pudo poner en práctica.

Ese 31 de diciembre fue memorable. Además de que abordamos a más de 50 personas en sillas de ruedas (por su comodidad más que necesidad) en pleno cambio de año, culminó un ciclo para mi amiga. Una vez que llegamos al destino, dormimos un par de horas y nos fuimos a andar por la ciudad en un carro descapotable. Santa Mónica, Venice Beach, Paseo de la fama en Hollywood… recorrimos y reímos todo lo que se pudo. Volvimos al hotel con los pies molidos y el corazón fortalecido.

El diciembre del 2013 también volé. Después de algunas negociaciones familiares, acordamos que mi papá me acompañaría en Navidad a Guayaquil y mi mamá en Año N

uevo a Santiago. Por primera vez, él y yo viajábamos solos… como el más chineado despegó en primera clase y aterrizó en la cabina con los pilotos, durmió con la bata de seda que el hotel dispuso para los invitados especiales, desayunó camarones con mimosa y cenó langosta, caracoles y vino de reserva. Al día siguiente paseamos por el malecón, tomándonos selfies e imaginando lo que estaría haciendo el resto de nuestra familia en Costa Rica.

Una semana después, mi mamá salió premiada con un viaje a Valle Nevado, una famosa estación de esquí chilena donde inauguramos el calendario. Como Santiago se convierte en una ciudad fantasma los domingos y feriados, nos fuimos para la montaña junto a otra auxiliar y su novio. Más que por las sillas voladoras en las que nos montamos, la adrenalina se disparó cuando nos mencionaron posibles cierres en la carretera de regreso. Por suerte, logramos volver a tiempo… quedarnos sin trabajo el primer día del año hubiera sido un muy mal augurio.

Pero mis papás no fueron los únicos que me abrazaron en el aire un diciembre. A mi hermano le tocó escuchar la cuenta regresiva dos veces en un mismo día (por la diferencia de horario entre países) y hasta servirle champán a los pasajeros. El 31 de diciembre de 2014, la aerolínea abordó vino espumante para todos y, como la idea era que brindáramos al mismo tiempo, los tripulantes le pedimos ayuda a nuestros acompañantes. Llegando a Ecuador, nos alistamos para ir a celebrar. Todos los miembros de la tripulación subimos a uno de los salones del hotel donde había una fiesta privada buenísima… a la que nos colamos sin inconvenientes en plena madrugada. A la mañana siguiente estábamos exhaustos, pero el copiloto insistió tanto en que lo acompañáramos –junto a su novia– a un mirador que cedimos. El almanaque arrancó con la esperada pedida de mano y varios testigos aplaudiendo el “sí, acepto”.

Las festividades del 2015 las pasé en tierra, pues estaba en licencia de maternidad. Contemplar los ojitos de mi hijo viendo las luces de Navidad, alzarlo sin apuros en las tardes decembrinas, abrazarlo durante el cambio de año… Nico me hizo valorar más que nunca los aterrizajes. Quizá por eso, el siguiente año fue tan duro para mí.

Con un poco más de antigüedad en la empresa, pedí estar la noche del 24 y 31 de diciembre del 2016 en Costa Rica, sin importar los sacrificios que implicara. La mañana del 24 llegué trasnochada de Bogotá y de una vez tomé una avioneta hacia Guanacaste, donde me esperaba mi bebé, esposo, suegros y cuñados. Pasé una cálida Nochebuena con ellos, pero el 25 a primera hora debía regresar al Aeropuerto Juan Santamaría porque de nuevo salía del país. Los peques de la familia madrugaron para abrir los regalos y que tía Dani los viera antes de despedirse.

Para rematar, el último día de ese año regresé de un frío Toronto al filo de la medianoche. Manejé hasta mi casa apresurada, pero al llegar ya mi pequeño y su papá se habían dormido. El 1.° de enero tenía turno matutino, así que cuando me fui, ellos seguían descansando.

Días después hice mi último vuelo entre risas y lágrimas. Sin duda, fueron cinco años maravillosos. Volar me acercó más a la mujer que soñé ser, afinó mi capacidad de adaptación y me conectó con personas y lugares extraordinarios. Cada diciembre que paso en tierra, recuerdo a esos seres humanos integrales, solidarios y entregados… cuya constante es volar alto todos los días del año.

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Su currículo dice que es comunicadora de la UCR, que ha trabajado en varios medios y que ahora se dedica al periodismo cultural. Su pasaporte evidencia que las fotos no son su fuerte y que fue tripulante de cabina. El Registro Civil indica que es la mamá de Nicolás y la mayor de don Miguel y doña Ruth.

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