Por Neto Villalobos
@netovillalobos

Es el principio de los años noventa, víspera de Navidad.

En una buseta de Escazú centro viaja un joven que saca su cabeza por la ventana y grita a todo pulmón: “¡Colacho hijueputa!”.

Recuerdo claramente que Don Ramón dijo alguna vez, en un capítulo del Chavo del 8 que “si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos”. Lo que pasa es que mis papás nunca fueron amantes de la obra de Roberto Gómez Bolaños o quizás consideraban que sus hijos padecían alguna enfermedad y lo mejor que podían hacer era buscarles trabajo.

Durante el mes de diciembre mis papás intentaban inculcar la costumbre del trabajo en sus cinco hijos. Una de las principales razones de esto es que aprendiéramos lo que cuestan las cosas. La otra, y probablemente la principal, era mantenernos ocupados y fuera de la casa, así cuando regresáramos cansados, no estuviéramos jodiendo y ellos pudieran descansar un poco después de partirse el lomo durante todo el año. No sé si esa costumbre de poner a los carajillos a trabajar en vacaciones se sigue practicando o si tal vez ahora es considerada explotación infantil. 

Por ser el menor de la familia, me tocaba quedarme solo en la casa durante varios diciembres, esperando a que mis dichosos hermanos regresaran por la noche y me contaran cómo les fue. Esa espera únicamente inflaba mi inocente expectativa sobre el trabajo. Vivir nuevas experiencias, conocer otra gente y ganar dinero para comprar regalos para todos y para mí (después me di cuenta que nunca alcanza para las dos). 

Entre los trabajos que mis hermanos hacían estaba coger café en una finca que administraba mi tío, pero ahí ganaban muy poco porque además de ser lentos, cogían los granos verdes. 

Uno de mis hermanos trabajó en Pizza Hut y tenía un compañero que mi mamá decía que estaba enamorado de él porque lo llamaba constantemente al teléfono rojo de la casa. Otros ganaban poco porque gastaban casi todo su salario en la misma tienda de ropa en la que trabajaban. 

En una ocasión mi hermana trabajó para unas monjas cuidando niños con problemas. Pero terminó adquiriendo un tic respiratorio (que ahora entiendo que se trataba de ataque de ansiedad) y además por tratarse de caridad, nunca le pagaron nada (aunque eso nunca se lo advirtieron). En fin, todos tenían historias que contar mientras que yo me quedaba aburrido en la casa jugando solo, esperando tener la edad para formar parte del mundo laboral.

Cuando cumplí 13 años por fin tuve la oportunidad de trabajar en diciembre. El trabajo lo conseguí “por patas”. En ese entonces uno de los muchos trabajos que mi mamá tenía para mantenernos a flote era el de vendedora en una distribuidora. Ella fue la responsable de que un bazar cerca de la casa me diera mi primer trabajo. El sitio se llamaba “Coqueterías”, no me pregunten por qué esa belleza, pero misteriosamente los otros veranos también trabajé en una tienda con un nombre igualmente peculiar y mágico, “Multiregalos Fantasía”.

Este bazar, al igual que todos los otros, se especializaba en artículos para el hogar, artículos de librería y cuanta cosa china e inservible que entrara en la categoría de Regalo Especial Para Un Ser Querido. Un detallito para el amigo secreto, un recuerdito para la abuela o el regalo de navidad para el papá. Si no sabe qué regalar, su problema es resuelto por un puberto que conoce exactamente lo que usted busca y lo que ese ser querido necesita. Posteriormente este joven se lo envuelve con pliegues, lazo con colochos hechos con tijera y colilla con: De y Para.  Si tiene la suerte de que el puberto sea yo, hasta le escribo la colilla con esa caligrafía tan bonita que me enseñó el Padre Alberto en la Escuela de los Escolapios.

Todos los días regresaba cansado de estar de pie, con la mano hedionda al trapito de la limpieza y agotado de envolver regalos y aconsejar a un montón de adultos inseguros que no estaban listos para tomar decisiones tan trascendentales. Pero todo valía la pena, todo estaba bien hasta el día en que me dijeron que tenía que vestirme de Santa Claus y anunciar la tienda con una campana y mi agudo Jo-Jo-Jo. Preocupado por mi dignidad, lo primero que hice fue contarle a mi mamá, sin esperarme que ella se encargara de difundir la noticia en la casa. A veces pienso que todo esto fue planeado por mi familia, porque solo una mente criminal de ese calibre es capaz algo así: disfrazar a un flacucho con un traje gigante relleno de almohadas que se caen, anteojos con -3.75 de hipermetropía y para cerrar, una barba blanca de material sintético que se enreda en los frenillos de unos dientes que nunca se lograron alinear.

Afortunadamente la experiencia fue documentada por mis hermanos con una cámara del tamaño de un microondas y durante la cena de navidad pudimos disfrutar del video casero en el que un pasajero de un autobús saca su cabeza por la ventana y me grita: “¡Colacho hijueputa!”.

 P.D. Todavía sé envolver regalos con pliegues, “Coqueterías” y “Multiregalos Fantasía” cerraron sus puertas, y espero que el casete de VHS haya pasado a mejor vida por la humedad que siempre invadió la casa de mis papás.

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Neto Villalobos es director de cine pero también ha trabajado en el departamento de ventas, limpieza y empaquetado de dos bazares, como salonero, dependiente en una panadería/pulpería y como valet parking en los Estados Unidos de Norteamérica cuando viajó con Otec.

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