Por Natalia Solórzano
@natisolva

El viento me da en la cara, fuertísimo, desordenando mi pelo rebelde. 

Es mi primer recuerdo al entrar al Parque de Diversiones en los años ochenta, sumándole el pecho apretado de la emoción y la pica pica en los pies. Había pasado sin dormir la noche anterior por la expectativa que me generaba el montarme en las ruedas. Soñaba desde días antes con ser la líder de los Caballitos, en manejar como demente los Carros, con saludar a los caminantes desde el Trencito y el estar a punto de vomitar en la Rueda Chicago. Lo que olvidaba ante tanta anticipación era la etapa previa a ese disfrute: el hacer la fila. 

Estando allí, era horrible: niños agrupados y gritando sin fin, ganas de orinar justo a la mitad de la espera, minutos que se hacían horas, ejercicio de paciencia doloroso y especialmente lento cuando una tiene 5 años. Lo que estaba fuera de mi comprensión entonces es que ese lugar era un campo de entrenamiento, un espacio donde me estaba preparando para la historia de terror recurrente de mi adultez: hacer fila todo el tiempo. Porque en este país las personas somos efímeras, pero las filas, ¡ah, las filas son eternas! En lo público, en lo privado. De sentado o de pie. En interiores o, mejor aún, al sol.

Hacer fila en el día a día pasa de ser una situación momentánea de un trámite o recado a una forma de vida constante, nos acecha en cada vuelta que damos, en cada salida a la calle, en cada intento de ser productivos. Y la fila posee habitantes: los que cambian todos los días y los que no se van nunca.

La fila la hacemos hasta para lo que no queremos: que nos revisen en el aeropuerto, que nos dejen entrar al correo a dejar paquetes, cuando pedimos que ¡por favor! nos permitan tener Seguro Social. Una de mis preferidas: formar fila para entrar a otras filas. Tener un espacio en una cola es ser parte de un microcosmos que se construye y se reconstruye con cada oleada de usuarios. 

Cada fila es un ecosistema: tiene sus reglas específicas, su horario, su propio perfil de consumidores, sus encargados, sus requisitos. Da a lugar a la decisión de intentar colarse o no: esas hermosas luchas éticas que nos permitimos observar cuando estamos allí.

Yo, en ese ánimo masoquista que tenemos quienes pretendemos ser artistas, decidí hace algunos años empezar la producción de una película sobre mi peor pesadilla: hacer fila en una institución pública para resolver un trámite. Ajá, suena a que “Viernes 13” se encontró con “Scream” y luego se tropezó con “Sé lo que hicieron el verano pasado”. 

Pero en realidad estaba creando un documental: uno sobre el absurdo de la espera. Y para aumentar el espanto, encontré que lo que quería contar estaba en las filas de la Oficina de Migración y Extranjería de Costa Rica. Porque ahí es donde la cosa se pone sangrienta: un sistema arcaico y atrasado encuentra en las personas migrantes un hermoso caldo de cultivo para ser violento institucionalmente con muy pocas repercusiones.

Fui a investigar al lugar durante dos años antes de la filmación. Quise que en la peli los encuadres reflejaran el cómo el entorno del lugar, como espacio, es violento con la presencia humana: las paredes altas, columnas gruesas, asientos duros, la estructura expuesta. En mi documental se cuenta sobre el absurdo burocrático a través de las sensaciones que muestran las personas que esperan. Esas emociones afectan cómo los individuos se relacionan unos con otros y por tanto determinan el tipo de encuentros que tienen entre ellos. 

Hallé que en esa institución coexisten varias filas al mismo tiempo y con formas variadas: hay de sentado, de pie, algunas en línea recta y muchas en zigzag. El espacio personal es estrecho. Decidí con la cámara compartir lugar con los individuos, hacer fila con ellos, captar en el lugar esas coreografías repetitivas que suceden casi por casualidad.

Me interesó evidenciar la impaciencia, el agotamiento, la frustración, la indignación, el enojo y el apuro. Las Oficinas de Migración para mí se convirtieron en representativas de la burocracia y el viaje a través de ellas en un viacrucis que puede ir sin miramientos desde lo tenso y decepcionante hasta lo irrisorio por lo sinsentido.

En mi incipiente recorrido como cineasta me he dedicado a filmar cotidianidad: la de los demás y la mía misma. He tratado de verme yo y he empezado a encontrarme en otras personas también. Eso es lo que quiero que la gente sienta como espectadora con mi película: que sean parte de este viaje del día a día de forma consciente, percibiéndolo con los ojos de la empatía y asumiendo el absurdo del que somos parte.

Así, mi única conclusión posible es que la fila es un ente que da miedo, es muy real y está en muchos lugares a la vez, con varias formas y un solo nombre del que parece no podemos escapar. Ella nos recuerda lo poco importantes que somos en el diario trajín de un país que quiere avanzar mientras sigue maniatado por sus propias burocracias.

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Natalia Solórzano Vásquez es cineasta documental. Su primer película “Avanzaré tan Despacio  (que te parecerá que retrocedo)” se estrenará en Costa Rica el sábado 7 de noviembre a las 5pm en la plataforma de Preámbulo.

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