Por Paula Piedra
@rositastone

1.

Despierto y tras segundos de desubicación me entiendo constreñida en un espacio completamente oscuro. Me inquieto porque al mover los brazos unos centímetros siento un perímetro rígido, el corazón me palpita más acelerado al confirmar que el perímetro no solo continúa por los lados de las piernas si no que además aprieta las plantas de mis pies al mismo instante que siento en la coronilla otro límite. Concluyo que no hay salida, que pronto no habrá oxígeno para continuar respirando. 

Imaginar esta sensación no me da para pensar en unas bestias peludas de ojos rojos que se encargan de velar esta especie de ataúd –en el que metafóricamente me encuentro a veces– para hacerme imposible la salida. Y eso es lo que me da más terror de este terror del que hablo: que es etéreo. 

2.

Estoy convencida de que en mi ciudad no hay hombres que me gusten, ni trabajos que me interesen, ni gente con la que desee hablar. Acepto sin protesta que a esta altura de la pandemia los centros comerciales estén abiertos y que los parques públicos no. Cuento las horas que teletrabajo y hago cuadros comparativos de mi rendimiento actual versus al de hace ocho meses. Me despabilo viendo Netflix. No hago esa llamada. No dejo de ver a esa persona.

Hoy estoy pensando en el terror como protagonista de un discurso dominante apocalíptico insertado en nuestra cotidianidad que nos está imposibilitando la apertura de espacios mentales, físicos y simbólicos para imaginar, para hacer e incluso traer a este momento otras formas de relacionarnos con nosotres mismes, les otres y con nuestro medio ambiente. Es decir, el terror como instrumento de bloqueo para provocarnos sentimientos de desahucio y no dejarnos ver más allá del convencimiento de que todo se está acabando. 

3.

Vallas, anuncios, noticiarios, ruedas de prensa, las redes. Oraciones, dioses, rituales, mandamientos, preceptos. Todo me asalta en sueños. No tener gusto en conocer a nadie. Esconder la cabeza como hace el avestruz. Tormentas de arena. Una persona y una situación; otra persona y otra situación que termina siendo lo mismo. Reincidir. Me estrecho. O me escurro con la espuma del jabón que se drena en la ducha. Como, cago, ronco, veo más tele y espero. Olvido lo mío (eso digo, grito y lloro). A ver de dónde saco la plata, nadie quiere pagar, como si hubiera sido mejor no hacer nada en un principio. En diciembre del 2003 me salió la primera cana, ¿qué sigue ahora? 

Hace un tiempo, leí una entrevista al sociólogo portugués Boaventura de Souza Santos, quien respondió a la pregunta de que si era pesimista con unas frases que recuerdo: “Soy un optimista trágico…defiendo desesperadamente la esperanza…”. Y a esto voy: quisiera estar convencida de que mirar y entender la realidad con un buen nivel de criticidad no tendría que opacar mi relación con la esperanza. 

4.

Me invade la tristeza y la desgana de quien pierde algo sin haber tenido oportunidad de pelearlo. ¿Para qué dar un paso adelante? No puedo evitar sentir personal mi ahora reducida vida personal. Quiero una tormenta de arena, pero en San José no existen. Me quedo inmóvil, el llanto me arrulla. Caigo dormida y así me quedo por mucho tiempo hasta que un día amanezco enterrada viva como consecuencia de un erróneo diagnóstico de muerte.

También están sucediendo otras cosas, también me están sucediendo otras cosas. Esta sería otra vía para proyectar la imaginación. Regresar al movimiento, con atajos o sin atajos, con muchos desvíos, recrear el tiempo. ¿Hacia adónde entonces?

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Paula Piedra estudió unas cosas y ha trabajado en otras. Es escritora y madre de una gata. Actualmente forma parte de la Dirección Colectiva de TEOR/éTica.


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