Por Diego van der Laat
@diego.vanderlaat

1.

Un día cualquiera empieza a dolerte la cabeza. La presión al frente y a los costados de las orejas deja de ser eventual y se vuelve permanente, constante. Es un dolor con a, con a abierta, esa que se ve tan bien en otros idiomas cuando se corona con la diéresis; modula y se inclina hacia la ae y hacia la ao, a veces la o se prolonga y tremolea haciendo una constante de variables aoooo, eooooo, eoooaaa y así va ese dolor. Entonces vas a sacarte una radiografía y sí, el vestigio molar de la prehistoria sale en la foto como el yeti que te recuerda que podés no tener tanto pelo, tener un lenguaje y estar vestido, haber descubierto el fuego e ido a la luna, pero que igual seguís siendo parte de ese árbol que se ramifica y ves esa delgada rama que te apunta y te señala en la cara y te dice: vos, primate hominoideo.

La tercera molar por cuatro en bloqueo diferencial, la chancha que empuja en esos cuatro puntos perpendicularmente y la fuerza por área que se mide en pascales y no en newtons. Las dos superiores hacia abajo, las dos inferiores hacia el frente, la cabeza que duele, la mandíbula que se expande. No hay mucho que hacer más que sacar las dos superiores con alicates-que-tienen-otro-nombre-pero-que-no-dejan-de-ser-alicates y operar, cortar-extraer las dos inferiores.

Todo acordado, se practicará la avulsión de las cuatro en una sola sesión salvaje. Mi madre me compra helados y R (mi hermano mayor) me presta todas las temporadas de Lost. Sillón listo. 

¡Ah! las pequeñas delicias de la exodoncia, pienso para mí.

 

2.

No iba a escatimar con esto de la salud dental: estoy en un consultorio privado en el oeste de la ciudad, aire acondicionado, parqueo de-tres-mil-la-hora, en la pared una foto del blanqueamiento de dientes que se hizo Jon Bon Jovi en el ´94, todo un pionero.

Me inclinan en la silla reclinable, me dan una pastilla que hace que todo lo que está a punto de pasar no me importe y se aliviana el peso del mundo, y nada duele y todo está entonces bien y Jon Bon Jovi te sonríe, distante. Después de tomar la píldora –en un vasito pequeño, sobre un lavatorio pequeño que tiene al lado unos cepillos pequeños y espejos pequeños, todo al lado de una cachera pequeña que deja salir un hilo de agua pequeño si tocás con el dedo un botón– me hacen la pregunta: ¿Qué prefiere: dvd o música? Dvd respondo, error de primerizo. Entonces cierro con respuesta definitiva y sonrío con la cara deforme. Ya la pastilla comenzó a hacer efecto y me juro gracioso, encantador. De un Case-logic me ofrecen varias películas. Un poco sin saber qué hago, escojo una en la que veo la cara de Bruce Willis y que al día de hoy no recuerdo cómo se llama. Me ponen unos anteojos especiales, empiezo a ver los créditos de inicio. ¡Ah, el cinemascope en el dentista, qué maravilla! 

Siento que a mí alrededor se mueven personas y esas personas atienden sus asuntos mientras yo me dejo llevar por esta droga legal y la magia del séptimo arte. Varios minutos pasan y las personas que antes se movían a mí alrededor se aplican en mí, me trabajan. Su esfuerzo cada vez es más evidente; no me duele pero siento que se me empuja hacia un lado, hacia el otro, hacia atrás. Con cada movimiento mis anteojos especiales se mueven y entonces apenas puedo ver a Bruce Willis en la esquina superior con el rabillo de mi ojo derecho; el resto es negro. También se mueven los audífonos de mis anteojos especiales y el sonido ya no son las explosiones ni los diálogos sino los mini-taladros-de-otro-nombre y el cascanueces que recuerda más al Terminator 2 que al cascanueces. 

Se les llama muelas de juicio porque, se supone, al salir, la persona ya tiene un sano juicio sobre las cosas, se dejó atrás la infancia y ahora se sabe comportar y discernir.

Estoy a punto de probarles lo contrario.

Con las manos trato de regresar a Bruce Willis de vuelta a mi centro de visión y unas manos ajenas restringen mi accionar, me imposibilitan, me inmovilizan. Siento uno o dos cuerpos sobre mí, uno tira con fuerza hacia afuera, suena el cascanueces, otro me sostiene la cabeza hacia atrás, uno jala, otro sostiene. De Bruce Willis ni la sombra. Intento acomodarme de nuevo los anteojos y al mover el brazo me enredo con otros brazos que se entretejen con los míos y, entre manotazos, siento que algo cae en el fondo de mi boca, justo al final de la lengua, atrás del galillo. En un impulso, reflejo digno del primate hominoideo, me lo trago, sin pensar, me lo trago. Entenderán que me lo trago es una exageración, en realidad intento tragarlo, pero eso que no tiene nombre y que luego reconoceré como cordal, quedó atorado justo después de la epiglotis y la laringe, en mi garganta, en la tráquea. Entonces, en el arrebato de la conmoción, me quitan de un solo golpe los anteojos especiales y mis pupilas se dilatan y veo cuerpos borrosos y manchas que se mueven a mi alrededor gritándome: sáquela-sáquela, dicen, escúpala-escúpala, hacen gestos como el de las gallinas y los gallos, esa especie de cuelleo hacia el frente. Lo intento, pero más allá de emitir un ruido horrible, no logro sacar ese tercer molar ahora desplazado a un lugar que anatómicamente no le corresponde y que abre la puerta a la estrangulación y la asfixia.

En algún momento que no sé exactamente precisar, la conmoción de cuerpos deja de decir sáquela-sáquela, escúpala-escúpala y se invierte la dirección de la orden que debo seguir y ahora dicen tráguela-tráguela tráguela-tráguela y me apuntan con una manguerita plástica y pequeña que lo que deja salir es apenas un goteo de tortura e insisten tráguela-tráguela, me dicen tráguela-tráguela. Eso hago. Luego me quedo quieto. No más Bruce Willis para mí, la droga legal no me deja recordar si me amarraron los brazos a la silla.

 

3.

Nunca más la volví a ver, en realidad debería decir: nunca la vi. Nunca supe cuánto medía, nunca me contó de su recorrido por mi sistema digestivo. Lo que sí sé es que terminó su viaje y llegó a buen puerto, lo supe unos días después cuando al lado del tanque de agua de un inodoro Incesa Standard alguien dejó para mí un billete de diez mil colones y dos tapitas gallito, se los juro, pueden contarle esto a sus hijos: existe. El ratón existe.

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De porqué creo en el ratón de los dientes es parte de VEINTIDÓS, el segundo libro de cuentos escrito por Diego van der Laat y publicado en el 2016 por la Editorial Germinal.

Diego van der Laat es papá, escritor, artista y arquitecto.


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