Sasha Zuwolinsky
@sashkazuw

J y yo nunca estuvimos realmente bien, aunque todo fuera muy emocionante… eso sí.

Hubo cuentos de viajes para vernos, una primera cita de una semana, el espacio en mi clóset a un mes de conocernos y la cachorra que se supone era “la mía” en su finca. 

Una vida super rockstar que nos imaginamos. Absorbiendo absolutamente todo sin explotar. Nunca sabré si eso es realmente posible, pero no pienso tampoco que quiera volver a intentarlo.

Este era un ¿último intento? 

A los tres meses de conocernos, J cumplió años. Le regalé una camiseta con un diseño inspirado en una máscara Boruca, un juego de cosas de parrilla, y un tiquete de avión. J no llegó al aeropuerto. Llegó unos días después, en un vuelo que compró por su lado.

Alquilamos un carro para ir al norte. Por una carretera que yo no conocía. Cada quien bajó discos al celular para rendir los datos, J bajó un concierto de Queens of the Stone Age. A ver, yo los conocía, sí, pero no tanto. Me gustaban, sí, pero más me gustaba Distillers. Y bueno, J realmente no dejaba que yo escogiera la música, tampoco quiso que yo manejara. Daba igual porque me gustan mucho los discos en vivo… así eran muchas cosas.

El GPS nos tiró una ruta y arrancamos. Día 1. Yo llevaba una cámara, pero tomé pocas fotos, había algo. Hoy pienso: ”Leap of faith, do you doubt?” Íbamos al primer punto de nuestro viaje, la cuna de una civilización. El GPS decidió el camino y nos salimos de la carretera, al desierto duro, no el que es pura arena, sino el que tiene piedras y espinas. Con nuestro carro alquilado y su voucher abierto por si le pasaba algo. El carro saltaba, acabamos un primer disco, nada importante. 

Importante fue querer manejar. Importante que él no soltara el volante. Importante lo increíblemente divertido que hubiera estado manejar por el camino rudo. Vamos por el segundo disco. 

Hay algo en QOTSA que suena a testosterona, pero elegante; de verdad que fue un gran disco para perdernos en el desierto. Pobre carro. No podría escribir sobre el disco completo porque no lo recuerdo, mi cabeza no paró nunca en el viaje. Recuerdo la voz de Josh Homme, recuerdo lo críptico-profético de las palabras que agarraba de cuando en cuando; se me iba calentando el cerebro, iba absorbiendo lo duro de la vista: la basura en el medio de la nada, llantas de qué carro habrá pasado por ahí antes de nosotros. Una canción que decía algo sobre un ¿secreto? ¿de qué estamos hablando, realmente?

 

Escuchar los gritos del público en un disco en vivo es mágico. Es un eco, casi distorsión, una capa que tal vez no debería estar, pero si no estuviera sería una farsa. Cuántos discos en vivo no tienen ni medio grito, tramando a un público oculto. 

La canción de repente ya la había escuchado. Pero esta versión duró años. Le daban vuelta a los acordes una y otra vez, el público gritaba, pasábamos encima de una piedra, me entraba arena en los ojos. Cut you in, I just cut you out. La canción no terminaba. 

Whatever you do, don’t tell anyone. Y sentí que me estaba diciendo algo. 

Paramos el carro para orinar, estábamos realmente en medio de la nada, y ya no estábamos tan seguros de que el GPS fuera infalible, era medio vintage. Es decir, usamos un GPS cuando ya existía Waze.

Pusimos la canción de nuevo. Los dos. 

Promises promises, an eye for an eye. 

We’ve got something to reveal

No one can know how we feel.

Lo que más me gusta de la voz de Josh Homme es su registro, cómo la lleva bajo y después más alto. El tono en sí domina el mood. Digo, tal vez sí estaba pasando algo, pero cada quién lo sintió por su lado; ese desierto lo vimos muy diferente. De repente los parlantes del carro alquilado no estaban en equilibrio, de repente el cableado se desarmó con tanta piedra y tan poco cuidado.

Estoy consciente de que es imposible que la canción durase tanto como el camino, pero el recuerdo es claro; cada vuelta de ese coro hablaba de cosas diferentes, aún repitiendo las mismas palabras.

Llegamos a Caral. Hicimos el doble de tiempo. Ya estábamos cansados y todavía faltaba mucho. Cuando me contó que la canción se llamaba The Lost Art of Keeping a Secret, yo solo pensé, ¿de qué estamos hablando, realmente? 

Tal vez es obvio, pero tomamos un camino diferente para la salida.

Y yo nunca más pude escuchar esa canción sin pensar en el carro alquilado que no manejé.

————

Sasha Zuwolinsky es directora de audiovisual, comunicadora, estudiosa de cosas místicas, masajista amateur y practicante de reiki. 


Leave a Reply