Por Mariana Blanco
@marianabb8

Entre la desembocadura del Bongo y el Arío, 5 kilómetros de arena se volvieron mi casa por más de un mes. 

Era el 2011 y yo, muchacha de ciudad y colegio privado y protegida hasta el infinito por unos papás que le tienen miedo a todo me adentraba caminando hacia un techo y cuatro palos sin luz y con agua de pozo, que después de un rato me parecerían una mansión. 

Yo era la “líder” a cargo de un grupo de voluntarias australianas que nunca antes habían puesto un pie en este continente. Mi misión era guiarlas en la salvación de las tortugas y, en dos platos, asegurarme de que ninguna de ellas muriera.

¿Qué va a saber una abogada de cuidar tortugas, de hacer viveros para proteger los huevos, de patrullajes nocturnos, de marcar a las hembras y de lidiar con los que se los quieren llevar para vender? Nada.

Instrucción #1: “cuidado, corrientes peligrosas” se leía en un letrero de madera mojada y témpera amarilla que algún voluntario de antes había puesto ahí. Por algo será. Centrada en mi papel de protectora les dije a las muchachas de lo peligroso del mar abierto, que hay que quedarse en la orillita y que ellas, que no conocían el mar de aquí, tenían que tener muchísimo cuidado. El pueblo más cercano estaba a 8 kilómetros, no teníamos carro y la señal del celular entraba más o menos cuando le daba la gana y cuando la planta solar había dado lo suficiente para cargar algún teléfono. No nos la podíamos jugar. 

En la tarde fuimos al mar. Después de asegurarme desde la playa que las tenía a todas a la vista, pensé que ya todo estaba en orden. Creí que podía entrar a quitarme el sudor de estar paleando arena toda la mañana, cuando nunca antes en mi vida había agarrado una pala que no fuera la de barrer. 

Cinco minutos después di un paso y lo bajito se volvió profundo más allá del banco de arena que lo cambió todo. No importa, me podía devolver nadando fácil hacia lo bajito de nuevo. Error. Nunca había sentido lo que es estar nadando con todo y no moverse ni un poquito de posición. Estaba tan cerca pero tan lejos a la vez. En poco tiempo me di cuenta de que la corriente me estaba atrapando y, atrás, el mar infinito era muerte segura. No tenía derecho de morir, porque era yo quien tenía que cuidarlas. ¿Qué clase de líder fallece haciendo justamente lo que les advirtió a sus pupilas? Me tragué el orgullo (porque ya estaba tragando agua) y levanté la mano en señal de ayuda. 

En un segundo estaba viendo las caras de pánico corriendo hacia mí y, al siguiente, solo agua y espuma que me cayó encima y me hizo sentir como una media en lavadora. Podía estar como a un metro del fondo pero en ese momento se sentía tan lejano como ir de aquí a China y pensé: ¿Qué tan profundo es el mar? 10.929 metros, el abismo de Challenger en la fosa de las Marianas y aunque es pura casualidad que yo me llame igual, me gusta sentir que eso es otra cosa que me conecta con el mar.

El 16 de julio de 1969 llegamos a la luna, a 384.400 km desde la Tierra. Desde entonces hemos vuelto 11 veces más y hemos hecho ya no sé ni cuántos viajes al espacio. Pero solo siete personas han descendido al fondo de las Marianas y por ahí del 80% del océano aún no ha sido explorado. Hacia los lados el agua es más del 70% de la superficie de esta Tierra, que más que Tierra, podría llamarse Mar.

El océano es movimiento, por eso nunca habrá un espacio igual. Una gota en el océano no es una gota, se vuelve el océano mismo. Los conceptos que usamos en la tierra no sirven, en lo profundo no hay arriba ni abajo. Y revolcada en la ola eso me quedó bien claro. Luego de dar vueltas sin saber para dónde iba, el agua me tiró contra las piedras y nunca había agradecido tanto un raspón. De ahí me agarré y salí invicta hacia la playa.

Creo que desde ese día el mar se me hizo más grande y la curiosidad se me volvió infinita. Desde entonces he aprendido muchas cosas más del mar, pero aún no termino de comprender cómo sabemos tan poquito de algo tan grande y tan poderoso. Aunque en la escuela me enseñaron que hay cinco océanos, la realidad es que hay solo uno porque todos están conectados; igual que nosotros. Protegemos lo que amamos y amamos lo que conocemos. Nos falta aún tanto por descubrir.

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Mariana Blanco es abogada especialista en Derecho Ambiental y Derecho del Mar. Ha trabajado por más de ocho años en ONGs, incidencia política y trabajo con comunidades, conservación marina y legislación ambiental. Le encanta hacer yoga, acroyoga y dibujar.


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