Cuando camino me gusta ver las entradas. Me gusta eso más que ver las aceras o el cielo. Me gustan las entradas que tienen veraneras violetas y puertas de madera verde limón. Me imagino entrando y saliendo por ellas, día tras día, sola y acompañada. Aquí todas las entradas tienen rejas. Los extranjeros no se sienten bien con tanta reja, la inseguridad tan evidente; pero nosotros así vemos, a través de rejas. Algunas están decoradas con corazones, flores y hojas de metal, lo cual no está tan mal y hasta podría ser en algunos casos una mejor forma de ver que como vemos cuando no hay rejas del todo.

Omara Salvato
Mediana escala

 

 Entradas (salidas)
por Juliette Fonseca

Más común es planear la entrada. Exactamente cómo se va a salir o cuándo no pasa tanto por la cabeza, por variadas razones.

A las 3 p.m. es la reunión, a esa hora debo estar entrando, si soy puntual. Para efectos de una reunión, la hora de salida no se suele definir de antemano.

El resto del entrar: tocar el timbre, si no hay timbre –o no funciona, que es muy normal ahora– saco el celular, el cual utilizo para mandar un mensaje o hacer una llamada, o grito o silbo o golpeo el portón con una llave o una moneda. Estoy afuera.

Todo eso ya sé que lo voy a hacer, ante una entrada. El acto de entrar también es bastante automático, aunque esté acompañado de nervios, enojo, urgencia. Una persona que está adentro me va a abrir el portón por medio de algún dispositivo eléctrico, o vendrá a abrirme con una(s) llave(s), o me indicará por medio del celular o intercomunicador o grito por ventana que el portón o la puerta está abierta, en cuyo caso seré yo la que la abre.

Cuando vea a la persona que vengo a ver la saludaré: de mano, de abrazo, de beso, de lejos. Procederemos a entrar, juntas. Si no vino a recibirme a la puerta, procederé a entrar sola. Si no conozco el lugar miraré a mi alrededor buscando pistas que me indiquen hacia dónde ir; un sillón puede ser una pista, una imagen o un objeto que represente a la persona que estoy por ver, un sonido también. Pero eso casi nunca pasa, eso de tener que buscar a la persona, porque casi siempre me recibe en la puerta o portón.

La entrada es predecible. Nadie nunca no saluda, aunque sea un saludo indiferente o mudo, nadie nunca no recibe. La excepción siendo que yo sea una ladrona o algún otro tipo de indeseada. Si la persona que vengo a ver no está, usualmente es porque algo la atrasó. Rara vez no me recibe porque ha muerto o se ha desmayado o se ha desaparecido. Signo de los tiempos del lugar desde el que estoy escribiendo.

El recorrido físico de una entrada no suele consistir de un solo acto. Abrir y cerrar el portón –o presenciar, con paciencia o no, a alguien abrir y cerrarlo–; subir la o las gradas, que a veces, como es el caso de la entrada de esta casa en la que estoy en este momento, llevan a unas siete o diez gradas más; girar a la derecha, abrir otro portón, abrir una puerta, ingresar.

Una vez adentro no siempre se puede decir que se ha entrado, porque está el destino inmueble y está el destino final. Se recorre entonces lo que sea necesario recorrer, como jardines, parqueos o pasillos, para llegar al lugar donde sí podemos decir que hemos entrado, a no ser que el plan sea entrar, no sé, al corazón de la persona, a una propuesta de negocio, a una reconciliación, en cuyo caso la entrada seguramente no se logra hasta obtener algún tipo de Sí, o No (el No sé es rudo y por lo tanto supera los confines de este ejercicio).

 Salidas: me voy porque se me acabó el tiempo que tenía para estar aquí. Me voy con calma si con tiempo me di cuenta de que se me acabó, me voy deprisa si me doy cuenta de que se me acabó diez minutos después de que se me acabó. Si me voy deprisa la despedida es rápida y más cómoda que cuando tengo el tiempo para dar gracias, planear futuras cosas, dar gracias de nuevo, todo esto mientras retrocedo hacia la entrada que ahora es la salida que ahora añoro con desesperación para no tener que seguir inventando variaciones de gracias un gusto verte y hasta luego.

Si no es cuestión de tiempo sino de hastío, me toca a mí buscar cómo acabar la visita, pero nunca es tan difícil porque una vez que estamos hartas la cabeza se vuelve más eficiente y la excusa para salir se presenta con poco esfuerzo: tengo trabajo, dolor, tarea, mi mamá, mi perra.

Salidas inesperadas: por ejemplo ir a su primera cita con una psicóloga que en los primeros cinco minutos le niega los síntomas que usted ha venido a aliviar. Eso está en su cabeza, le dice la psicóloga. O: cuidado con el lenguaje que usa, no hay por qué llamar a eso lo que usted lo está llamando. En situaciones así la que maneja la salida es otra versión de usted, una menos familiar y más valiente, quien en este caso le dice a la psicóloga que Gracias pero no gracias mientras la pone a usted de pie para dar por concluida la sesión. Posteriormente, la psicóloga la va a llamar por teléfono y le va a enviar mensajes, pero usted ya se fue y no tiene obligación de contestar. Las salidas, especialmente las inesperadas, otorgan este tipo de permisos.

 Las entradas y salidas son intersticios de la cotidianidad tan abundantes y olvidables como las diminutas plantas que germinan y sobreviven en las grietas de las aceras. Lo curioso de estas grietas con sus plantas, a veces llamadas plantas oportunistas, es que aunque sean más las que ignoro y olvido, las que sí recuerdo sobrepasan mi recuerdo de la acera entera, tal vez por la inmensidad que han tenido que atravesar para hacerse notar. Yo quería concluir este texto con esa imagen en mente. Quería recorrer esos intersticios y exponer acá, cual herbario de plantas oportunistas, una selección de entradas y salidas –mayoritariamente agridulces– que han logrado superar la trivialidad del acto para alojarse en mi memoria. Pero la vez que intenté trasplantar unas plantas oportunistas de sus grietas a unas macetas se me murieron todas, y sospecho que lo mismo me va a pasar si trasplanto esos recuerdos frágiles que sobreviven saber en qué grieta de mi cerebro a esta superficie blanca y virtual.
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