Por Alonso Aguilar
@krinegrafo

Filas y filas de títulos, nombres y años; muchos de los que apenas mantengo una vaga referencia.

Media hora. Una hora. Noventa minutos. En el tiempo que he dedicado a buscar -¿Qué exactamente?- podría haber visto una película. Quizás ese hipotético filme que no vi es el que me habría cambiado la vida; el que me pudo haber apelado de la manera que ningún otro de los (aproximadamente) 3.000 que he visto lo ha hecho. Puede que ese no-filme hubiera hecho de este “mi mejor texto”: el más “emotivo”, el más “directo” y el más “personal”. Pero, ¿qué es lo que sí he visto?

Desde hace unos años, intento mantener la costumbre de ver, al menos, un largometraje al día. No estoy demasiado seguro de la razón, honestamente. Me digo a mí mismo que es lo mínimo que puedo hacer si realmente quiero tener una vida relacionada al séptimo arte; que mantener ese voraz consumo cultural es la única forma de sentir que hablo con cierto grado de “propiedad”. 

A la vez, también temo que esto haga (¿hace?) de mi relación con el arte algo transaccional; ese check por ser tachado del que en un año, cuando me pidan que escriba de una película en plano personal, no voy a tener presente. Podré recordar elementos de su propuesta visual, de su mezcla sonora, si es algo memorable, o de su narrativa, pero, ¿cuál es mi conexión exactamente?

Sigo bajando la interminable lista que es mi diario de Letterboxd. Todo está clínicamente indexado, desglosada por año, género y director, y anotado con el servicio de streaming (o programa para ver archivos torrenteados). Sin embargo, siento que ninguna entrada dice algo de mí. Desde marzo del 2020 la transición entre días es algo virtualmente imperceptible. Jueves: Stream en Mubi. Viernes: MKV en VLC Player. Sábado: DVD viejo. Hay algo impersonal y aséptico en todo el proceso. Al rato me siento como si estuviera leyendo un inventario de productos.

Cuando retrocedo más allá de la marca de un año, algo se ilumina. Por primera vez en más de una hora una de las películas está anotada con la etiqueta “Cinépolis”. Cierto, aquellas salas donde se vivía una experiencia colectiva. Fueron tan centrales en mi existencia, y aquí estoy, un año después dando por sentado su extinción. Quizás eso es lo que me hacía falta; poder situar una película en un momento; verla como extensión de una memoria. Bueno, El Hombre Invisible es un sólido filme, pero no da para tanto.

Para este punto pienso que podría simplemente apropiar el snobismo y escribir de algunas de esas odiseas audiovisuales de más de 5 horas que tanto me marcan, y que tanto me cuesta recomendar. O bueno, podría ahondar también en alguno de esos experimentos sensoriales que me hacen recordar las posibilidades del medio, y, por un instante, recobran mi fe en eso ambiguamente referido como “sentido de asombro”, tan ausente en tiempos regidos por las ideas de calidad de servicios de streaming corporativos. Pero con ellos tengo ese mismo problema de terminar el visionado y saber que probablemente se va a quedar entre la obra y yo. Además, “esto es un ejercicio emocional, no uno “intelectual”, me vuelvo a decir.

Ya la lista de visionados va por el particularmente lejano 2019. Eventualmente llego a agosto, aún sin un claro candidato “que me haya marcado”, y noto que el 19 de ese mes vi en la Sala Garbo la apropiadamente titulada Rapsodia de Agosto, de Akira Kurosawa; sinceramente una obra menor en una filmografía con abundantes hitos canónicos. Más que la película, lo que recuerdo de esa función es que estaba absolutamente solo en la sala, lo que no era tan extraño en esas tandas matutinas de la Garbo, pero siendo una película de Kurosawa, sí había algo extraño en que yo la estuviera viendo solo. Ya que me permití la auto-indagación, caí en cuenta de que tampoco era normal que tuviera que devolverme más de un año y medio en mi diario de visionado para topar con uno de sus largometrajes.

La razón no tiene nada que ver con esa idea de orbitar siempre alrededor de los “grandes maestros”, tan reproducida y gastada en muchos círculos cinéfilos, sino más bien con la asociación que hace mi cerebro con ese nombre japonés: mi padre.

El cine de Kurosawa no es algo que busco activamente en este punto de mi vínculo con la imagen en movimiento, pero siempre que podía, lo usaba como una excusa para ver algo con él. Era el pitch certero; la sugerencia a la que no se le preguntaba la duración o la trama; la razón por la que tengo 9 DVDs baratos del autor asiatico agarrando polvo en un estante.

Ir solo a esa función fue algo circunstancial, y a la vez, totalmente indicativo de un momento de transición. Fue iluso de mi parte dar por sentado que ese espacio era algo inamovible, o que siquiera significaba lo mismo para él que para mí. Sea como fuere, la realidad es que la vida adulta (incierta de mi lado, ajetreada para él) nos hizo perdernos esa tanda, y que desde ese entonces, no he vuelto a ver una película de Kurosawa. Quizás sea hora de finalmente tachar Yojimbo de mi lista de pendientes. Esa puede ser la película que signifique y que saque de mi ese texto emotivo, directo y personal; mi mejor texto.

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Alonso Aguilar. Escribe sobre arte y cultura y tiene una fascinación por las intersecciones entre “buen” y “mal” gusto. Ha llorado ante cine experimental y partidos de fútbol americano.


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