Por Mariana Artavia
@nana_nanabatman
 

¿Qué significa ser humano?


¿Qué nos separa de los animales o de las máquinas? ¿Qué nos depara el futuro? ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

La ciencia ficción siempre ha sido mi género favorito, porque más allá de contar historias sobre aliens, universos paralelos y viajes en el tiempo, es un género que siempre cuestiona al ser humano, el temor a lo desconocido, la forma en que nuevos descubrimientos tecnológicos nos afectan, pero, sobre todo, la forma en la que nos relacionamos como personas. 

Cuando Blade Runner salió en 1982 no fue un gran éxito en taquilla. Pero fue hasta un par de décadas después que llegué a verla, y para ese entonces ya era considerada una película de culto. Hay ciertas películas que me han marcado y que influyeron en el rumbo que tomé eventualmente en mi carrera con el fin de poder contar historias. No podría pensar en una más influyente que Blade Runner, no solo como profesional, sino como persona, y cada vez que la veo tiene el mismo efecto.

La importancia de Blade Runner se extiende a otras películas, series, animé, música, y videojuegos. Es difícil pensar en productos de entretenimiento que se inserten en el género cyberpunk o noir futurista, con ciudades distópicas o una inteligencia artificial incomprendida sin pensar en la cinta de Ridley Scott y en Akira (1988), los dos grandes referentes de la época. Así como no podría pensar en bandas sonoras con sintetizadores sin pensar en Vangelis. La música, los simbolismos religiosos, la autopercepción, el deseo de extender el tiempo de vida, la crítica ambientalista propia de un mundo post-apocalíptico, se entrelazan para reforzar esa sensación de vacío existencial.

Pero entonces, ¿qué es lo que nos diferencia de seres sintéticos? Tanto en el libro de Philip K. Dick en el que se basa este filme, como en la misma película, la forma de determinarlo es buscar una respuesta fisiológica, una reacción en el ojo, que demuestre empatía. ¿Solo los humanos somos capaces de ponernos en los zapatos del otro? En definitiva hay personas que no son empáticas. Y como propone la cinta, cierto modelo avanzado de replicantes sí podía llegar a sentir compasión.

Los replicantes a veces se muestran más humanos que sus propios creadores. Aún así, no son sujetos de derechos civiles. Cuando los eliminan, usan la palabra “retirar”, en vez de “matar. En muchas historias de sci-fi hay alguna inteligencia superior, de robots o simios o extraterrestres que vienen a colonizar la Tierra, porque el mayor temor que tenemos como especie es que una civilización más avanzada nos trate como hemos tratado a otros humanos y animales a lo largo de la historia. Nos da miedo la rebelión de las máquinas porque nos atemoriza ser ciudadanos de segunda categoría oprimidos por seres sin empatía. A veces el sci-fi se trata más de nuestro pasado como sociedad, que del futuro.

Entonces si no es la empatía lo que nos hace humanos, se podría pensar que es la forma en la que nuestra experiencia personal influye en la formación de unx mismx, es decir, los recuerdos, la creación de memorias. Blade Runner explora esos temas cuando los replicantes tienen fotografías de recuerdos implantados que los atan a un pasado no existente. Como cuando uno no está seguro si un recuerdo de la infancia existe por la historia que cuentan los papás, por una fotografía, o porque uno realmente lo recuerda. También están las experiencias colectivas que crean memorias en conjunto con otras personas. Si otros recuerdan lo mismo que yo, seguramente sí pasó. Hace dos años llegamos al 2019, año en el que se ubica la historia de Blade Runner, y si bien aún no hay autos voladores, algunas cosas no están tan alejadas de la realidad. Ya existen estudios que exploran la posibilidad de crear memorias y distorsionar los recuerdos, y las líneas que separan una personalidad humana de una artificial se van desvaneciendo.

No podría no mencionar la secuela del 2017, Blade Runner 2049 de Denis Villenueve que, al igual que su predecesora, no tuvo mucho éxito en su estreno, pero no me extrañaría que le suceda lo mismo y que la gente la valore hasta mucho tiempo después, pues es una continuación digna de la primera, lo cual es mucho decir. Esta segunda parte explora otros temas como la posibilidad de que replicantes tengan hijos, la forma en que humanos y replicantes se relacionan, se enamoren, y elementos que hemos visto en otras películas recientes del género como Her o Ex-Maquina. Muchas preguntas de la primera no se responden y más bien se agregan nuevas interrogantes.

Al final, nunca se sabe si Deckard es humano o replicante. Siempre ha sido la discusión central de la cinta. El autor del libro deja explícito que es humano justo para demostrar las similitudes con los replicantes y lo difusa que se vuelve esa línea. Pero Ridley Scott siempre quiso que quedara ambiguo, y es el espectador el que decide qué creer. El discurso de Roy Batty de las lágrimas en la lluvia (el mejor monólogo de cualquier historia de ciencia ficción), nos pone a reflexionar sobre esas características humanas que podría tener un AI, sumado a las capacidades propias de un ser sintético. Tener recuerdos, sentimientos, experiencias propias, pero llegar a donde nuestra especie nunca ha llegado, ser más humanos que los humanos. Para mí es allí donde está el significado. Cuestionar nuestra propia existencia mientras soñamos con nuevos horizontes, planetas por explorar y realidades diferentes a las que quizás lleguemos en el futuro. Es eso lo que nos hace humanos.

——–

Mi nombre es Mariana Artavia, soy productora multimedia adicta a ver series y películas. Escribo sobre eso en en la revista The Couch. Cuando no estoy haciendo animaciones o videos, me gusta cocinar postres y hacer reseñas de helados.


Leave a Reply