El deterioro constante de nuestra relación con el piso

Por Adrián Castro
@adricastrobaeza

Recuerdo con detalle el piso de la casa donde crecí.

Brillante, blanco y con un diseño de manchas de colores oscuros sin patrón alguno. Por alguna razón (tal vez por estar en Moravia) estaba siempre frío. Si se los mostrara, estoy seguro de que algún recuerdo detonaría en aquellos que crecieron en los 80s y 90s, porque probablemente estuvo en descuento al por mayor. Lo digo porque me lo sigo encontrando especialmente cuando toca hacer trámites en algún edificio brutalista del Gobierno (no pun intended), de esos que parecen de la Unión Soviética. La casa de mi infancia ya no existe, demolida para construir unos locales comerciales que, como dice mi papá: “están malditos porque nada de lo que ponen ahí pega”. Así que limito mi apego con el pasado a los edificios estatales.

Como seres humanos estamos destinados a un deterioro constante y progresivo en nuestra relación con el piso. Con cada centímetro que agregamos a nuestra estatura, nuestros ojos se distancian de él. El piso deja de tener la importancia que tenía cuando jugábamos tirados en él y el astigmatismo y la miopía nos evita enfocar sus detalles.

Regresemos. Yo, con 8 años, acostado sobre ese frío piso, de noche, un almohadón sosteniendo mi cabeza, viendo tele. Todxs recordamos la primera película que no nos dejó dormir. La de mi mamá fue El Exorcista, que aún hoy no se atreve a revisitar. La mía fue esa noche, Alien, la buena, la primera, la de Ridley Scott, la de 1979. Consecuencia: por lo menos un mes sin dormir. Por primera vez entendí el poder del cine para influenciar la vida “real”. Ya grande supe que un monstruo no asusta por el simple hecho de ser monstruo. En Alien, el miedo viene del maravilloso diseño del genio H.R. Giger, del adecuado uso de la música, del delicado trabajo de luz y sombra, de la duración de cada plano, del diseño sonoro. Del adecuado balance entre cada una de ellas, para evocar algo que vemos y a la vez no vemos y solo sentimos. No hay mejor ejemplo de esto que el primer minuto y cuarenta segundos de 2001: Odisea al Espacio. La perfecta relación entre varios de los elementos del cine. Cuando somos pequeños no entendemos que las películas alguien las hace, las gesta, las orquesta, las concibe con el simple objetivo de hacernos sentir.

Y es que el cine es por excelencia el arte de la empatía por lo real de sus imágenes y sonido. Porque en él vemos el mundo. “Ver para creer,” dice el dicho, y aunque en la era de la manipulación de la imagen esto no es tan cierto, la cámara todavía ve, y entonces nos hace creer. Basta ver Mar Adentro, de Alejandro Amenábar, para que un anti-eutanasia cambie su forma de pensar en aquella escena en que la cámara (¿o el alma?) sale por la ventana ¿Por qué? Porque el cine no solo nos acerca a lo real a través de un punto de vista. Si seguimos en el tema de los dichos “ponerte en los zapatos de alguien más” es un trabajo que el cine hace con tremenda precisión. Por eso, podemos entender y estar de lado de Walter White en Breaking Bad. Un asesino, narcotraficante, que al entender sus motivaciones de alguna u otra manera nos destruye o nos hace olvidar nuestra propia posición ética. Si fuera un deporte, el cine nos diría cuál equipo apoyar, cuándo hacerlo y cómo. (Para ver el lado negativo de este tema observar la filmografía de Leni Riefenstahl).

¿En qué otro momento de nuestra vida (que no sea la vida misma) sentimos miedo como en el cine, reímos como en el cine, nos enamoramos como en el cine? Cuando soñamos. Cualquiera podría tener una pesadilla que fuera exactamente igual a una escena de Alien, El Orfanato, El Aro, o El Monstruo de la Laguna Azúl. Por eso la pregunta es: ¿soñamos como si fuera una película? ó ¿es el cine como nuestros sueños? Si lo vemos, la construcción formal de ambos fenómenos tiene la misma lógica. De hecho, se dice que el 12% de la población del mundo sueña exclusivamente en blanco y negro ¿coincidencia? Nuestro inconsciente, el que gobierna muchas de nuestras decisiones y emociones, se nos revela a través de los sueños en símbolos. Algo a lo que el mejor cine aspira. Todxs somos cineastas mientras dormimos.

Recuerdo que fui a ver Roma con una amiga mexicana (la película del mexicano Alfonso Cuarón). Cabe rescatar que la historia se construye como una serie de eventos e imágenes del recuerdo de la infancia del propio director. Casi como si él mismo intentara capturar sus recuerdos con la cámara para la eternidad. Como si fuera consciente de su propia mortalidad, y que con la desaparición de su cuerpo también sus recuerdos para siempre. Su obsesión por reconstruir su infancia en la Ciudad de México de los 70s, llegó a tal punto que buscó exactamente los mismos azulejos del baño que décadas antes dejaron de fabricar (seguramente como el piso de mi casa), hizo que la comida que apareciera en las escenas fuera realizada con la misma receta de su madre, y así sucesivamente. Para poder ejemplificar esta obsesión que inclusive llegaba hasta el diseño sonoro de la película, les cuento que, cuando la película llevaba tan solo unos pocos minutos a mi amiga se le salían las lágrimas. Le pregunté que qué le pasa, y me dijo: “es que suena a México”.

Hay algo que pasa con esa película y esos detalles. Mi madre creció en El Salvador, país con problemáticas parecidas a las de México. No podía creer que en la casa de Cuarón pudo ver su propia casa. Mis lagrimas, en cambio, salieron en una de las escenas más simples. Cleo, el personaje principal, temprano en la mañana, quita unas sábanas y descubre las jaulas de unos pájaros. Cuarón había puesto en blanco y negro algo que estaba en mis recuerdos de infancia. No crecí en los 70s, nunca he ido a México, pero en esos detalles, en el cine, me vi representado, me hizo recordar, me hizo regresar a ese piso frío de manchas oscuras como nada nunca lo había hecho. Roma, es el recuerdo de Cuarón, pero es también mi recuerdo, y el de una latinoamericanidad (por lo menos mexicana y centroamericana) que en lugar de dividirnos nos coloca de una forma absolutamente profunda muy cerca. Nos hace ver que nuestros zapatos son bastante parecidos.

Este director tiene otras obras maestras como: Y tu Mamá También, un drama adolescente, Gravity, un drama de ciencia ficción y Los Hijos del Hombre, un drama distópico. Pero con Roma, crea la película más personal y podríamos decir la “más ficción” de todas. Porque el recuerdo ya pasó, no se puede construir, y el sesgo de intentarlo es abismal. Como le pasó a mi mamá cuando, 20 años después, regresó a El Salvador, a la casa en la que nació y preguntó por el muro altísimo que estaba en el patio. Pensó que lo habían demolido, sin saber que el muro frente a ella, el que llegaba tan solo a sus rodillas era el que ella recordaba como inmenso. El muro era igual, pero sus ojos ya no estaban tan cerca del piso.

Conforme pasa el tiempo, el recuerdo es tanto o más ficción que el cine, podríamos decir que el sueño es más “real” que el recuerdo y el cine es ambos. La cosa es que el cine es para siempre, Roma es para siempre, pero Cuarón no, usted y yo tampoco.

Entonces, ¿era el piso de mi infancia como lo recuerdo? O estaba el piso siempre frío porque yo lo asocio al frío del metal de la nave espacial de Alien. ¿O será que logro recordar porque en la actual casa de mi madre hay una foto en la que mi hermano y yo jugamos en el piso de la casa de nuestra infancia? ¿Es la foto lo que me hace recordar el piso?, ¿o es real mi recuerdo? Nunca lo sabremos, pero para eso está el cine.

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Adrián es un director, escritor y productor de cine y teatro. Bajo su dirección hay títulos como  los musicales West Side Story y Chicago el musical. La obra de su autoría y dirección, Nido de Águilas, recibe la mención honorífica de premios nacionales a mejor diseño. 

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