Por Antonella Sudasassi
@anto.sassi

“There are no individuals. There aren’t even separate species.

Everything in the forest is the forest.” “The Overstory” de Richard Powers. 

El fin de semana pasado cuidé junto con mi pareja a mis dos sobrinas de 5 y 3 años. Amamos pasar tiempo de calidad con ellas, la vitalidad que tienen, la alegría genuina de descubrir las cosas, jugar, explorar, aprender. Después de solo tres días, quedamos absolutamente agotadxs. 

No soy madre, ni he pensado realmente en serlo, pero no puedo dejar de pensar en lo difícil que es actualmente criar a lxs más pequeñxs. Una tarea de verdad titánica, y ni qué decir ahora con la pandemia. Admiro profundamente a quienes hacen este esfuerzo extraordinario a diario.

Quizás porque me crié en una vecindad como la de El Chavo del 8 —en mi caso una comunidad 100% familiar— tengo muy incorporada en mi ADN la co-crianza. Cuando era pequeña yo no tenía una sola madre ni un solo padre. Mis tías y tíos, incluso mi abuela, fueron parte fundamental de mi crianza. Me educaron y formaron tanto como mis papás.

Hoy les toca a las madres y padres criar a sus hijxs prácticamente en solitario. La crianza, igual que muchos otros aspectos en nuestras vidas, ha sucumbido al más desgarrador de los principios capitalistas, a ese precepto absurdo de “sálvese quien pueda”. 

Nuestrxs cuidadores deben hacer malabares por cuenta propia entre trabajo, hijxs y vida. Sobra decir que quienes tienen más recursos tendrán más facilidades y oportunidades.

Hemos ido poco a poco destruyendo el sentido de comunidad, cada vez tenemos menos redes de apoyo y estamos más aisladxs. Desafortunadamente, nuestra forma de amar también se ha individualizado y privatizado.

Nos enseñan que la unidad mínima de amor es la pareja, y debemos amarla de forma exclusiva e incluso celosa. Nos venden un amor de pareja romántico con sentido de propiedad, un amor que termina casi siempre siendo tóxico y machista. 

Nos enseñan que la base de la sociedad es nuestra familia nuclear. Sin querer empezamos a diferenciar entre “nosotrxs” y “lxs otrxs”. Casi como mecanismo de defensa, aprendemos a cuidar solo a quienes consideramos parte de esta familia. Y es que, ¿por qué preocuparnos por “lxs otrxs”? Aprendemos que cada quien debe valerse por sí mismx.

Esta forma tan reducida de ver las cosas no nos permite experimentar y practicar el amor compañero y solidario, ese amor que se puede sentir por amigxs, colegas, e incluso por personas que conocemos tan solo de forma pasajera. 

Deseo con toda el alma y corazón que lxs más pequeñxs puedan crecer en un mundo más solidario, en un mundo donde sentimos amor por todxs, un mundo donde no existe esa absurda división entre “nosotrxs” y “lxs otrxs”, donde nos aceptamos en nuestras diferencias, y aprendemos a convivir en comunidad y en armonía con la naturaleza.

El otro día leyendo un artículo que resume las teorías de la profesora en ecología Suzanne Simard sobre la vida social de los árboles, no pude evitar pensar en lo atomizado que está nuestro entendimiento sobre las cosas. Desde pequeñxs, nos enseñan sobre la teoría de la evolución de Darwin y cómo a través de la selección natural nos reconocemos como seres intrínsecamente competitivos. Esta es nuestra característica más instintiva y primitiva. 

Con una premisa totalmente contraria, el artículo repite una y otra vez la profunda y aún desconocida interacción entre distintas especies. Un universo de conexiones que apenas estamos empezando a descubrir. Todo, absolutamente todo, está conectado.

Me quedo dando vueltas a una frase que destaca el autor del artículo: “We, too, are composite creatures.” Somos, como los árboles, “criaturas compuestas”. Retomando la cita que inicia este texto: no hay individuos, ni siquiera hay especies separadas, todo en el bosque es el bosque. Creo que urge más que nunca abrazar nuestra naturaleza como seres sociales.

Entiendo que suena utópico, pero creo que, si de alguna forma logramos recuperar la crianza como una actividad colaborativa y colectiva, donde desde pequeñxs nos entendemos como “criaturas compuestas”, redefinimos los conceptos de familia y comunidad, entendemos que somos parte de un todo. Aprendemos sobre el amor compañero y nos abrimos a ver a lxs demás no como “lxs otrxs” sino como personas que forman parte de una gran comunidad a la que pertenecemos. Quizás entonces podamos revolucionar la forma en la que nos relacionamos, amamos y convivimos.

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Antonella Sudasassi es cineasta, le encanta crear imágenes con las palabras y encontró en el cine la mejor forma para explorar aquello que no termina de entender, como una forma de encontrarle sentido a las cosas.

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