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Por Lissa Feng 

La primera vez que viví racismo probablemente fue antes de que pudiera hablar, en los brazos de mi mamá en el restaurante que teníamos en Limón. Siempre he sido la hija del chino y la china, del súper de la esquina o la del restaurante donde acostumbraron ir a comprar un entero de arroz cantónes. Ahí dentro de las cuatro paredes de los negocios de mi familia, aprendí que las personas no nos veían como seres humanos, sino como chinos.

      Tanto mi mamá como mi papá, ambos tenían nombres en chino y adoptaron nombres en español cuando emigraron a Costa Rica a finales de los 80’s, para comenzar una vida nueva con una identidad nueva. Lily y José. Se ahorrarían así la molestia de tener que explicar la pronunciación correcta de sus nombres originales, aunque eso les costara parte de su identidad. Sin embargo, aún con nombres occidentales, siempre fueron llamados ‘El chino’ y ‘La china’ por todos, a excepción de unos cuantos vecinos con los cuales llegamos a entablar una relación más cercana.

      Cuando empecé a ir a la escuela, siendo una de las pocas estudiantes asiáticas, mis maestras se sabían mi nombre. Mis compañeros y compañeras de clase también. Tenían que saberlo, estaba ahí, en la lista de asistencia junto a sus nombres. Y aún así, yo era la chinita de la clase. La chinita que traía comida extraña para el almuerzo.

¿Eso es perro?”

“¿Verdad que ustedes comen rata?”

      Sé que algunos de ustedes, sino es que la mayoría, piensan que llamarnos chinos no tiene nada malo. Al final del día, eso somos ¿no? Pero en realidad, es solo un síntoma del racismo anti-asiatico que existe en Costa Rica. ¿Qué es más parte de nuestra identidad que nuestros propios nombres? No es una tarea difícil tampoco. ¿Acaso no llaman por el nombre a todo el resto de personas que conocen?

      Y ahí esta el problema justamente. No nos ven como personas. No nos ven como seres humanos en la misma categoría que ustedes como para tan siquiera “merecer” ser llamados por nuestros nombres; estamos una categoría abajo. Es más conveniente deshumanizarnos de esta manera para continuar violentándonos con preguntas y actitudes racistas, porque debe ser más fácil agredir a quien no ves como un ser humano. No existe tal violación de derechos humanos en su imaginario, si prefieren ignorar que eso somos al final del día: personas.

      No quiero escuchar excusas, ya todas las del libro me las sé: “Pero sus nombres soy muy complicados”, no me interesa, hagan el esfuerzo. “No me sé sus nombres y me da pena preguntar”, llámennos como llamarían a cualquier otra persona desconocida entonces: señor, señora, joven, muchacha. Confío en que se hayan educado con una serie de modales básicos aunque sea. “Pero el chino del súper nunca me dice nada”, y no debería tener que decírtelo, es tu responsabilidad exclusivamente ser un ser humano decente y no violentar la dignidad de otros.

      Si aún así, después de todo esto que acabo de escribir, aún deciden que prefieren seguir llamándonos como ‘El chino’ y ‘La china del súper’, está bien. Ya he aprendido que la educación de nadie es mi responsabilidad, y que vivir en la negación de nuestros propios errores y faltas es muy cómodo.

Nada más quiero pedirles, a cambio, que nos ahorren sus sentimientos de indignación y no me digan ninguna objeción cuando los llamemos racistas. Dejémoslo como un contrato silencioso, aunque sigo pensando que no es justo. Nosotros los llamaríamos como lo que ustedes decidieron ser, mientras que nosotros somos llamados como ustedes decidieron vernos.

 

Atentamente,

Lissa, La china del súper



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