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Por Gloriana Pacheco

@glopacheco

Si el mundo se termina mañana, ¿estaríamos contentos con lo que hicimos hoy? 

Creo que andamos por la vida como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Tenemos una falsa sensación de ser eternos, y por eso damos por cierto el futuro; para eventualmente trabajar en nosotros, eventualmente hacer paces con el pasado, eventualmente cumplir con cambios personales pendientes, no sé, tomar esas decisiones que nos tenemos prometidas.

La canción que me puso a meditar sobre esto dice que, si el mundo se acabara mañana “todos nuestros miedos serían irrelevantes”. La pandemia me ha obligado a poner en perspectiva muchas de mis decisiones.

¿He invertido el tiempo en cosas que me apasionan, que me llenan? ¿He hecho una diferencia positiva en la vida de otras personas? ¿Pude hacer más? ¿He dejado pasar oportunidades, por no interrumpir mi zona de confort?

Ahora pienso en cómo maximizar mi breve paso por este mundo. Se nos ha enseñado que dejamos una huella cuando cultivamos cosas que se mantienen con el tiempo, entonces sí, obviamente el trabajo bien hecho es un legado, pero esta situación de emergencia, me parece que llegó a traer atención a los espacios que, tal vez, llegamos a descuidar por coleccionar logros profesionales y académicos.

Debemos ponerle un mayor peso a las relaciones que construimos y al rol que cumplimos en cada una de ellas, porque ese es el apoyo que nos ha mantenido a flote mentalmente estos meses.

No me he querido concentrar demasiado en lo que no puedo hacer; es doloroso e incierto pensar que eso será hasta que el COVID lo permita, entonces he decidido enfocar energías en lo que sí tengo a mi alcance todos los días: comer y compartir con mi familia, jugar con mi hermanita, abrirme a aprender más, salir a caminar, ayudar en lo que puedo a quien la esté pasando mal…

A pocos kilómetros de donde vivo existe un mirador con vista al Valle Central, es perfecto para sentarse a reflexionar. Me toma 10 minutos llegar, sin mucha planificación puedo disfrutar de ese momento y ese lugar; hay gente que inclusive cruza el Atlántico, por llegar a nuestro país y absorber un poquito de eso que tengo a la vuelta de mi casa.

La pandemia deja un ejercicio muy sano y yo lo adopté. Me exige recordar que el tiempo es corto y que mis ganas de vivir son muchas. Contemos nuestras bendiciones, reconozcamos nuestros privilegios, estemos presentes y despiertos.

Y sí, obedecemos a obligaciones económicas y sociales, está claro, no solo de amor y buenas intenciones vive el hombre, pero no sé hasta qué punto nos limitamos de realmente vivir nuestras vidas por siempre estar pensando en atender el “mañana”, que ni siquiera tenemos.

Estos últimos seis meses han marcado un antes y un después en mi crecimiento personal. He reflexionado sobre mi propia felicidad, considerando lo que debo hacer para mantener mi idea de propósito, algo que creo debemos activamente revisar, para darle cierto grado de significado a nuestras existencias (ya saben, por aquello que — como en tiempos pre-COVID—, lo perdamos). El día que nos dejemos de preocupar por ser mejores personas, estamos en problemas.

En fin, no saben cómo me reprocho ahora las pequeñeces por las que en algún momento me quejé. Tomo nota, para decir que sí a las salidas con mis amigas, los almuerzos con mi familia completa, las idas a la playa, las clases presenciales, no sé, algo tan trivial como manejar de noche después de una buena película en el cine; si el mundo se termina mañana, en un año, o en tres, no voy a volver a dar nada por sentado. 

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Hermana de tres, madre abnegada de un ser de cuatro patas, catadora de todo lo “gluten sí” y amante del buen cine. Periodista y mercadóloga. Trabaja como Asesora Legislativa; su bandera es la de Costa Rica.


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