Por Nela Calvo
@canelacejota

El mar, maestro impredecible.

Desde que tengo memoria lo he visitado, espero nunca dejar de hacerlo.

Pasión heredada. Mi abuelo paterno, a quien no tuve el honor de conocer, tenía barcos pesqueros. Mi papá pasó gran parte de su niñez al lado del mar, y mientras yo crecí, él se encargó  de llevarnos a mis hermanos y a mí al mar. Mi papá tuvo una lancha pequeña que se llamaba la Orca. Recuerdo con claridad la velocidad de la Orca, manejada por mi papá, era súper emocionante escuchar el planeamiento del rumbo y la ruta de donde íbamos a ir a pasar el día. Muchos recuerdos. Sentir el viento en la cara, la vez que vimos delfines, nadar desde la lancha a la playa de alguna isla. Un alivio me daba la seguridad de saber que mi papá iba al mando de la nave y nos llevaría triunfantes de regreso hasta el muelle, por más tormenta que hubiera.

También mi tío tuvo un velero en el que siempre iba a pasear con mis primos. Todos teníamos tareas específicas a bordo, y nadie podía darse el lujo de fallar. Cada quien contribuía con esa dinámica de colaboración para que todo fluyera y llegáramos sanos y salvos a tierra firme. Mi hermano tuvo la oportunidad de ir a un viaje a la Isla del Coco, a mí no me tocó.

Fueron muchos los paseos al mar. Pequeños momentos atesorados. Cuando me ponía a jugar con las olas, el juego de decidir si dejar pasar la ola brincándola o, más bien, consumiéndose.

Aprender a aguantar la respiración sin que se metiera el agua por la nariz, la sensación de sentir arena en los dientes y el susto latente de que me saliera algún “bicho”; todo eso estaba presente y se disfrutaba.

El mar me enseñó a contemplar y a gozar de la inmensidad del cielo y la profundidad de sus aguas. A apreciar la compañía. A fluir. A dejar ir. Qué lindo pensar en las personas con las que fui mucho a la playa, las que conocí cerca del mar. Esa sensación de planear un paseo al mar, toda la logística, alistar el maletín. Las temporadas con la familia y ya más grande planear viajes con amigos, y ahora hasta sola he ido, y no me importa, porque allá está el mar.

La idea tal cual de viajar al mar siempre me ponía contenta. La ilusión de saber que empezaba la travesía hacia él. Ir imaginando meterme a nadar, ¿qué nueva aventura me esperaría, y que nueva historia me traería de vuelta? La búsqueda de tesoros en la playa con mi mamá. Largas caminatas. Buscar siempre con el radar creativo encendido juntando cuanto elemento interesante y con potencial artístico encontrábamos. Esos pequeños regalos, recolectados durante lo que puedo llamar una terapia eterna. A quienes conocería y sus historias. Los que viven al lado del mar, que pueden dar una perspectiva distinta a la que yo podía captar, al no ser de ahí.

Como hilo conductor de todos esos paseos, a través del tiempo, guardo el gozo y la posibilidad de disfrutar del momento. Sentimiento feliz, pero a veces también combinado con susto, con desafío, con curiosidad. Soltar el control. Nadar, surfear, bucear. Estar adentro del mar: esa sensación épica de estar rodeado de agua 360°. Con los ojos abiertos o cerrados. Ver tiburones, delfines, ballenas, tortugas, todas las posibilidades de vida que existe, y uno poder ser parte de eso. Hasta cuando duermo, en sueños, voy al mar, y pasan cosas que desearía pasaran en la vida real, como interactuar con delfines y andar por horas explorando sin que me falte el aire.

La espontaneidad que trae cada ola, sentir las corrientes frías en las piernas, consumirse, salir, capearse más olas para evitar que revienten en la cabeza. Ser cauteloso, pero sin miedo. Dejarse llevar. Y si la cosa se pone ruda estando adentro, por más atribulado que se vea el momento… calma… calma… La calma es la mejor fórmula para sobrellevar cualquier susto que se presente en el mar o hasta en cualquier lado. Confiar. Observar. Todo va a estar bien.

Soltar. Lo inesperado que puede ser el mar a veces parece abrumador, pero a eso le gana lo emocionante y certero que es el encuentro con él. Siempre vamos a volvernos a ver. Y algo que no puede faltar, que es clave, es el disfrutar el camino para llegar al mar, ese recorrido es indispensable matizarlo, no importa cual sea, ni como sea, ni por donde sea.

Siempre me ha impresionado el poder del mar. Ese hecho de que puedo estar sentada viéndolo por horas sin aburrirme. Pensar todas las sorpresas y mundos que pueden existir ahí abajo. Toda las criaturas mágicas, mis preferidas: los cetáceos, sobretodo los delfines.

El misterio. Contemplarlo, absorber esa energía incomparable. Es tan loco que ese cuerpo de agua llegue a la orilla y poder uno ser parte y sentirlo. Wow. Me pasa mucho que me encanta meterme sola al mar, y quedarme ahí nada más viendo al horizonte y sintiendo las olas, consumirme, tener la espuma en la cara. 

Se ha convertido casi en un tipo de ritual, el estar adentro sola, abierta a poner atención y ver si percibo algún mensaje del mar. He recibido “insights” increíbles mientras estoy ahí totalmente presente. El mar me habla. Me da frases. Me pone a pensar y desencadena cosas que me encantan adentro mío. Que me marcan, y se mantienen a través del tiempo. La estela sigue viva una vez que ya uno se ha ido. Muchos han dicho que el mar todo lo cura y que lo que nos enseña no tiene límites. Estoy totalmente de acuerdo con eso.

Hay una cita que me encanta: Todos los ríos llegan al mar y el mar no se llena, ahí donde nacieron regresan, para volver a correr (Eclesiastés 1:7). Eso me resuena, al mar voy ilusionada y del mar regreso renovada, y sigo sintiendo ese llamado de volver al él, una y otra vez. Inspiración inagotable. El mar me da más de lo que yo puedo darle a él. Espero seguir encontrando muchos caminos que me sigan llevando al mar. Para siempre al mar.

Les comparto un popurrí musical variado para matizar la travesía con destino a tocar todo lo que viene siendo suelo marino y sus aguas. O dicho de manera más sencilla: un playlist ecléctico para ir camino al mar. Recomendaciones: 1) Oírlo en shuffle. 2) Si alguna canción no le gusta, pásela. 🙂

Nota: muchas canciones son herencia de mis amigos, gracias a ellos por eso.

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Sin tenerlo muy claro estudié Diseño Publicitario en la Universidad Veritas. Luego de trabajar varios años en diseño y branding, me fui para Barcelona a sacar una maestría en creación de conceptos y dirección de arte. Hoy en día tengo claro que lo que me motiva a trabajar y colaborar en proyectos, es que estos tengan la misión de ser o convertirse en un canal para generar impacto positivo tanto en el ámbito social como ambiental. Considero que lo más importante en cada situación es dentro de lo posible, tener buena actitud, y hacer lo mejor que se pueda con lo que se tiene al alcance de las manos. El motto con el que trato de hacer cualquier cosa es hacerlo desde el corazón y disfrutar del proceso, teniendo siempre presente que la capacidad de asombro vale más que el oro.


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