Por Alejandro Acuña C.
@analogokid

Ir a San José de cacería de vinilos se convirtió en una misión casi diaria.


Quienes por ahí de 1981 tuvieron en sus manos un vinil de “heavy metal” (eso sí, versión centroamericana), probablemente pudieron haber leído en el reverso de la portada la frase “EL DISCO ES CULTURA”. Quizá este es un lema que de primera entrada le calzaría mejor a obras de Bach o Vivaldi, me parecía curioso que así se calificara el contenido de esos artistas que se caracterizaban más por la distorsión, la rebeldía y un comportamiento, en buena medida, “anti-social”. Mi conclusión a todo esto: el rock también es cultura, y de hecho muchas veces me sirvió de defensa cuando decían que era de vagos, o simplemente música del diablo (¡aunque para mí era música celestial!).  

En fin, tenía solo 8 años y dentro de lo impresionable que era uno, un vinilo era la entrada a un mundo de narrativa entrelazada con adrenalina. Era el acceso a escenarios de mundos medievales, automóviles veloces y victorias épicas. Aunque las letras fueran indescifrables, uno las cantaba en su mejor “espanglish”, y las raquetas de tenis se convertían en el instrumento ideal para hacer las más sensacionales pirotecnias de air-guitar

Así se iba moldeando “mi cultura”, reproduciendo logos de Metallica sobre los forros de todos mis cuadernos del cole. Repitiendo estribillos que se conectaban con inframundos, y contextos mucho más maduros de los que yo podía comprender para la época.

Cuando mis gustos se fueron ampliando, y del estricto “headbanging” o “air-drumming”, pasé a escuchar la música progresiva de Rush y Yes, los vinilos empezaron a traer consigo otro significado. Empezaron a representar una fuente de ideas y no solo un escapismo hacia una fantasía de castillos y dragones. Fue especialmente con Rush y las letras de Neil Peart que empecé a interesarme por leer ciencia ficción (Asimov), o The Fountainhead de Ayn Rand—dando el paso a leer por placer, y no por obligación. Fue con Led Zeppelin que escuché por primera vez sobre El Señor de los Anillos y, con The Police, sobre Carl Jung y su importante teoría de la “sincronicidad”.

Ir a San José de cacería de vinilos se convirtió en una misión casi diaria. Si querías pop: Disco Pop. Si querías metal europeo: EuroMetal. Chepe se fue volviendo cada vez más sofisticado y cada vez era mayor la proliferación de tiendas ofreciendo importados y especialidades: LP 45, el Muro, Rodolfo Herrera, Don Disco, Papá Disco, y el más selecto de todos: Auco Disco.

 

En “Auco” estaban los delicatessen: Roxy Music – Avalon, Marillion – Misplaced Childhood, Tangerine Dream – Phaedra, entre muchos otros. También era el encuentro de los “connoisseurs”. ¿En cuál otro lugar encontrarías todo alfombrado y folletos poligrafiados del emblemático programa de música progresiva “Catársis” de Radio U, sobre el mostrador, mientras sonaba Spirogyra por los parlantes de alta fidelidad?

La llegada de otra generación sonora

Cuando llegaron los CDs mi mundo tambaleó. Un formato impecable y más conveniente amenazó con borrar la cultura del vinil, y para la mayoría lo logró. De la noche a la mañana las grandiosas portadas se redujeron a tan solo 12 x 12 cms. Ya la experiencia no se dividía entre el lado a, por lo general más accesible, y el lado b, donde venían los deep cuts.

La incomodidad de cambiar de lado y mantener limpia la aguja, empezó a ser cosa del pasado. Ese molesto sonido a huevo frito al inicio de un vinil muy usado, o cuando desafortunadamente sufrían un rayonazo que los hacía pegarse en una canción, dejó de ser un problema. 

Los CDs vinieron a salvarnos de todo esto. Pero por más que los escuchaba, y —que con gran esfuerzo llegaron a reemplazar casi por completo mi catálogo original— aún por la cuantiosa inversión de cada CD y novedosos empaques, por más que brillaban y sonaban asépticos, mis oídos, (y especialmente mi corazón), no lo pudieron aceptar.

Así que en el año 2000 fui de nuevo en busca de un tornamesa. 

En ese entonces solo en la sección de “djing” de Bansbach existían tales artefactos. Volví a desempolvar los pocos vinilos que no se habían deteriorado por la humedad, o peor aún, dejados ir en alguna compra y venta. Ya estaba yo tan acostumbrado a escuchar la sintética perfección de un CD y la practicidad de un mp3, que francamente no sabía si volvería a apreciar el sonido de un vinil —su imperfección—. 

Pero sí. La magia aún estaba ahí, al alcance de mi mano. Así que la caza de tesoros continuó.

¿El Tusk de Fleetwood Mac a ¢4.000, con todo y doble disco más el empaque de lujo? ¿The Cars a mil? ¿Born to Run de Bruce Springsteen a ¡¡¡¢500!!!? Esta y muchísimas joyas se dejaban ver, luego de que sus ex-dueños las pensaran obsoletas. Redescubría San José, ahora a través de compra y ventas como Napoli, La Cueva y Mora Books, donde me consideraban un cliente frecuente.

Hoy los vinilos no son extraños, ni están extintos. Más y más los aprecian por encima de su ironía como adorno retro. Se pueden encontrar nuevos, usados, en moles y supermercados. Hay ferias de fans, se pueden pedir por correo o descubrir en locaciones clandestinas como (…)  Al ir tras de ellos podés conocer una ciudad, y lo mejor: tener una que otra conversación muy interesante.

No importa si es heavy metal o jazz fusión, inglés, español o instrumental. Lo cierto es que su magia es irremplazable. Y sí— “EL DISCO ES CULTURA”.

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Alejandro Acuña Carabaguíaz / @analogokid es Director Creativo y fundador de < elastica > estudio transdisciplinario. Cree en la autorrealización creativa como lo que mueve a los escritores, diseñadores y arquitectos de su equipo para realmente llegar a transformar marcas.  www.elastica.nu@elasticastudio

 


 

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