Por Andrés Jiménez

¿Cuándo será que uno los empieza a notar?

Yo en realidad no recuerdo cuándo fue el momento en que empecé realmente a percatarme de su existencia. No recuerdo si hubo algo específico o alguna experiencia concreta que haya despertado mi curiosidad por estos gigantes. No recuerdo cuál fue el momento en que me convertí en un verdadero amante de los árboles.

Bueno, más que un amante de los árboles, en realidad yo diría que soy un obsesionado. Me llenan de alegría y de emoción. Me motivan y me inculcan un gran sentido de esperanza con respecto al futuro que nos espera, tanto a los seres humanos, como a las demás especies con las que compartimos este planeta.

Pero ojo que los árboles que más me cautivan son los que hacen de la ciudad su hogar. Los árboles que más me obsesionan son los urbanos, los que crecen en los bulevares y en las aceras de incontables zonas urbanas. Y me encantan, no porque sean superiores a los que se pueden encontrar en un bosque o en medio de una selva; sino, más bien, porque son los que más me impresionan y los que más admiro.

Para mí un árbol urbano es, en cierta forma, como ver a un huérfano. Es ver a un organismo viviente casi completamente aislado de la gran red de protección y soporte que existe en ambientes más adecuados, como lo sería un bosque, por ejemplo. Un árbol urbano es ver a un organismo complejo enfrentarse a la enorme diversidad de retos y amenazas que existen en un ambiente tan hostil como son las ciudades.

Yo veo a estos árboles como hijos de la calle que increíblemente han logrado sobreponerse a la adversidad y a los enormes retos de subsistir en un lugar tan inhóspito como lo es la jungla urbana. Sin embargo, a pesar de su impresionante resiliencia y capacidad de adaptación, al mismo tiempo hay que reconocer que son organismos sumamente frágiles.

Me tomó tiempo reconocer que no soy una persona flexible cuando se trata de abordar o discutir temas relacionados al rol de los árboles en las ciudades. Quizá este ha sido uno de los efectos más palpables que han tenido estos gigantes en mi forma de ser.

A pesar de que siempre tiendo a buscar puntos de encuentro con casi cualquier otro tema, cuando hablo de las ventajas de los árboles en las ciudades difícilmente logro compartir una opinión diferente a la mía. En esos momentos me transformo casi por completo en un activista radical y poco dispuesto a considerar puntos de vista alternativos. Y es que cómo hacemos para ponerle un precio a la incontable lista de beneficios que nos ofrecen los árboles en las ciudades.

Son verdaderos pulmones urbanos que purifican el aire contaminado de la ciudad. Son organismos que otorgan protección contra el sol y ayudan a regular la temperatura en las ciudades. Actúan como un balance ante el mar de asfalto, concreto, y cables que dominan el paisaje urbano. Además, también son el hogar y la principal fuente de subsistencia de incontables especies naturales que tratan de sobrevivir en las urbes de concreto.

Pero claro, el tiempo me ha enseñado que ninguna cantidad de beneficios o datos estadísticos va a convencer a aquellas personas para quienes los árboles no son distinguibles de un rótulo publicitario o un poste de electricidad. Difícilmente un argumento analítico va a persuadir a aquellas personas que ni siquiera los notan al salir de sus casas y atravesar la ciudad. 

El enfoque de la ciudad

Ahora, es importante mencionar que, para poder entender mejor este punto, tenemos que remontarnos a un debate mucho más amplio y complejo. Un debate que gira en torno a cuál debe ser el enfoque principal de la ciudad. Y en un extremo de este debate, se encuentra una postura en donde la ciudad es vista principalmente como un espacio en donde se debe dar preferencia a la movilidad y a las consideraciones meramente prácticas.

Desde esta perspectiva, el desarrollo urbano debe girar en torno a las necesidades concretas y puntuales desde un enfoque de aparente eficiencia. Un árbol es una consideración irrelevante cuando estamos planeado la ampliación de una carretera o la construcción de un edificio. La naturaleza debe ser controlada y ordenada en todo momento, así como relegada principalmente a los parques o zonas verdes debidamente designadas.

En el otro extremo del debate, se encuentra una postura que considera que el enfoque principal de la ciudad es el de fomentar un sentido de buen vivir, así como la búsqueda de un mejor balance entre los diferentes elementos que la componen. Desde este punto de vista, las zonas urbanas deben centrar su desarrollo en torno a modelos que hagan más placentera la experiencia recorrer y experimentar la ciudad.

Pero bueno, si hay algo que caracteriza la esencia de una ciudad es su diversidad. Su diversidad de experiencias, de puntos de vista, de realidades, y de opiniones. Es imposible encontrar una unanimidad en lo que respecta a cómo debe ser guiado el desarrollo de una ciudad. Cada quien opina desde su perspectiva directa, así como desde sus propias necesidades y prejuicios particulares.

Y es que, en las ciudades existe por naturaleza una incalculable diversidad de opiniones. En realidad, es eso mismo lo que las hace lugares tan emocionantes y estimulantes para vivir. De lo contrario serían zonas muertas y carentes de un real dinamismo.

Sin embargo, en mi experiencia, las diferencias de opinión con respecto al enfoque de la ciudad se deben en gran parte a como es nuestra interacción con ella. Por eso mismo, creo que debemos preguntarnos primero cómo es que experimentamos la ciudad de manera cotidiana.

En mi opinión, la percepción de una persona cuya experiencia de la ciudad se limita meramente a movilizarse de un extremo al otro en un vehículo probablemente es radicalmente diferente de aquella que se moviliza a pie y que busca apreciar la ciudad mientras camina. La perspectiva y las necesidades directas de la primera muy posiblemente son bastante diferentes a las de la segunda.

Ahora, este punto nos ofrece una pista bastante interesante de cómo se podría potencialmente trascender este debate. En mi experiencia, más allá de tratar de persuadir a alguien con explicaciones racionales y estadísticas sobre los beneficios de un punto de vista sobre otro, creo que con frecuencia hay puntos de vista que deben ser experimentados y vividos directamente para así realmente poder comprenderlos.

Creo que, si tan solo nos abriésemos a la posibilidad de empezar a notar y experimentar a los árboles en las ciudades, nuestra opinión podría empezar a cambiar. Creo que, si recorriésemos de manera cotidiana una calle rodeada de árboles centenarios a cada lado, difícilmente esto no tendría un efecto importante en nuestra perspectiva.

Los maestros del tiempo

Quizá una de las cosas que más me gusta de los árboles, es que son un vínculo con la naturaleza y con un pasado histórico. A pesar de que vivimos en un mundo en donde tantas cosas están a nuestro alcance y pueden ser reproducidas sin mayor problema, los árboles todavía conservan su carácter único y natural.

Un árbol que se corta no puede ser reemplazado  directamente en un corto o mediano plazo. No podemos simplemente poner otro en su lugar en caso de que nos lleguemos a arrepentir. El poder volver a apreciar a estos gigantes en su varadero esplendor es algo que toma veinte, treinta, o hasta cuarenta años.

Los árboles son los maestros del tiempo. Son organismos que toman décadas para poder alcanzar su madurez. Para mí son un símbolo más de tantas cosas que tomamos por sentado y que no llegamos a apreciar en su momento. Y quizá lo más irónico que me han enseñado, es que, lejos de ayudarme a conectar con el pasado y con el legado de décadas de historia; más bien me han enseñado cada vez más a conectarme con el presente y con el momento inmediato.

Cuando me detengo a apreciar un árbol en la ciudad, el sentimiento que perdura en mí es el de vivir y disfrutar el ahora porque mañana todo puede cambiar. Mañana puede que lo que antes era un gigante natural que adorna toda una cuadra ahora no sea más que el resto de un tronco que sale de la tierra. Quizá se requiere de un verdadero maestro del tiempo para enseñarnos a valorar el presente.

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Andrés Jiménez es un emprendedor e investigador. Le apasiona buscar y contar historias y perspectivas poco contadas. Su meta es contribuir a la creación de una cultura de la curiosidad. Es el creador de los podcasts Bobel y Peace and Conflict Fundamentales, y es cofundador de The Veer. Lo pueden contactar en bobelpodcast@gmail.com

 


 

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