Por Josué Arévalo
@joarvi

Hace más de cien días que inició el estado de emergencia sanitaria, y quedarse en casa es lo más sensato para evitar el crecimiento exponencial del contagio. Pero desgraciadamente este es un lujo que no todo el mundo puede darse. Vivimos en una sociedad que es muy claramente desigual, y un amplio sector de la población debe salir a ganarse la vida, aún a riesgo de perderla.

 

A estas alturas de la pandemia, nuestra sociedad ha quedado desnuda, de la mano del miedo han salido a flote todos nuestros prejuicios, nuestro clasismo (cocinado a fuego lento desde hace mucho tiempo), nuestro individualismo, nuestra estupidez. Algunos pensaban que tras la pandemia tendríamos un mundo mejor, que esto era una oportunidad para ir a mejor, pero con el tiempo, nos hemos dado cuenta que no, que todo lo contrario. Nuestras miserias quedan desnudas, la pandemia ha sacado lo peor de nosotros, y diluidos en un falso debate, en una falsa dicotomía, esa, de “la economía o la vida”, nos hemos desgastado. Somos incapaces (como sociedad) de ver algo muy sencillo, que la economía debe estar al servicio de la vida, que la economía no es un fin en sí mismo. Pero nos negamos a pensar otras formas de entender la economía, ha triunfado entender la economía como una “ciencia exacta”, como si la economía no fuera política. Eso nos han hecho creer, que es un asunto técnico, sin ideología. Y claro que la economía es ideológica.

 

Es la economía de los piñeros que poco o nada les importa la vida de los trabajadores. Descubrimos lo que era evidente y desde hace tiempo se denunciaba: condiciones de trabajo en semi esclavitud. Las últimas semanas hemos privilegiado la economía, hubo apertura y el resultado es que el contagio aumentó, que posiblemente se salga de control. “La economía o la vida”, nos dijeron, y esa forma de plantear la cosa es ideológica. Cuando se extienda el contagio y sea comunitario, igual se va a afectar la economía, porque no hay forma de que la economía salga, por sí sola, avante. Y cuando llegue ese momento, seguro nos dirán, nuevamente, que tenemos que salvar la economía, y vendrá la agenda de recortes, y el típico “todos tenemos que socarnos la faja” y el “sector público es un gasto que hay que recortar”, ¿Cuál será el costo? Con esto no quiero decir que no se debe atender la economía, porque no atenderla nos llevaría igual al desastre. El problema que tenemos es que, y vuelvo a lo que decía, la crisis ha sacado lo peor de nosotros, somos incapaces de ponernos de acuerdo, somos incapaces de escuchar a los otros, y buscar consensos, nos resulta imposible salvar la economía atendiendo criterios que eviten muertes. Y lo peor de todo es que cada vez se asume de forma más naturalizada un discurso totalitario.

 

Cuando se declaró el estado de alerta sanitaria y nos mandaron a hacer teletrabajo y “Quedate en casa” era la consigna, recuerdo que alguna gente dijo que era el momento de leer todo aquello que no habíamos podido leer, ver todas las series pendientes, aprender idiomas, y no sé cuántas cosas más. Obviamente nada de eso ocurrió, básicamente porque el trabajo se multiplicó, y se diluyeron los horarios, el trabajo y lo doméstico se fusionó, que lo digan quienes tienen hijos. El encierro transformó el tiempo, lo hizo líquido, quedamos ahogados en un mar de trabajo, con apenas contacto con otros.

 

Bueno, todo esto para decir que al principio intenté llevar un “diario de la pandemia” en mi blog (Apuntes de un parcial irrescatable) pero como ya habrán notado, soy un poco pesimista… la verdad, muy pesimista. No tenía muchas cosas positivas qué decir, de hecho escribí un par de cosas que me parecieron deprimentes. Así que decidí mejor no escribir, sino hacer playlist en Spotify, pensé que esa era la única forma de aportar algo a mis amigos que no fuera una versión pesimista de mí y del mundo. Así fue cómo durante 75 días les envié un playlist, “Días de cuarentena” les llamé. Cada día a las once de la mañana un playlist estaba en redes, expresando diferentes estados de ánimo, en algunos casos abordando con la música situaciones políticas, o climáticas, esa fue mi manera de decir.

 

Este ejercicio de buscar música, investigar sobre grupos y cantantes, tendencias musicales, ritmos, países y regiones, hizo que no me quedara tan aislado (muy fácil si uno vive sólo en una montaña y estamos en medio de una pandemia), ocurrió que la gente empezó a escribirme sugiriendo música, temas para los playlist, un par de amigas me enviaron sus playlist para que las compartiera (a esas les llamé “Playlist de otros”), otras personas me dijeron que les había alegrado el día, o simplemente que les ahorré el tener que buscar qué escuchar. Pero otras personas me dijeron que no podían seguirme el ritmo, que era demasiada música, y sí, es cierto era demasiada música, en promedio cada playlist duraba tres horas, a veces más, dependiendo del tema. Hace poco, una amiga me escribió en medio de la noche diciendo que extraña los playlist, y luego conversamos más de una hora, creo que se sentía sola. Pronto empezaron a circular apuestas de hasta dónde llegaría, de si duraría todo el estado de emergencia sanitario, yo no lo tenía claro, pero cuando fui dimensionando que la cosa iba para largo me empecé a preguntar cuándo iba a parar.

 

Cualquiera, llegado a este punto, podría preguntarse a qué hora hacía las playlist si he dicho que se multiplicó el trabajo, y ahí está la cuestión, porque hacer las playlist en realidad no me llevaba mucho tiempo, es un pasatiempo muy entretenido, algunas veces podía hacerlas en media hora, y entonces en un solo día podía hacer hasta tres o cuatro, y conforme oía más música iba pensando en otras, y el algoritmo me sugería otras canciones y grupos. Mientras salía en bicicleta a hacer ejercicio o sacaba al perro a un vuelta, iba  escuchando música, a veces antes de dormir, y siempre mientras trabajaba o estudiaba.

 

Tengo muchos hermanos y cuando inicié la U para poder concentrarme, tuve que aprender a estudiar con música, era más sencillo aislar el sonido de la música que las voces de mis hermanos o el televisor, así que me acostumbré a la música. Además, confieso que soy un músico frustrado, me encanta la música pero no tengo ningún talento como para tocar algún instrumento.

 

Así que hacer los playlist no afectaba mayor cosa mi rutina laboral, de hecho la complementaba. Pero, otra confesión, me obsesioné, y por eso fue que paré. Porque me estaba imponiendo cada vez cosas más complicadas, empecé a investigar y profundizar en algunos temas, y hasta me estaban dando ganas de contar algunas historias de canciones, o de los temas de las playlist, y eso sí que me iba a llevar mucho más tiempo, y viene el fin de semestre, consecuentemente la carga de trabajo se multiplica. Porque hubiera podido seguir hasta el día 200 de la cuarentena, me faltaron muchos temas, países, regiones y ritmos por explorar y compartir. Descubrí que la música es un océano infinito, bueno, en realidad no lo descubrí, lo dimensioné, que es diferente. Y eso me hizo querer seguir navegándolo más y más.

 

En resumen, este ejercicio de hacer y compartir playlist durante 75 días evitó que desde el blog intoxicara a mucha gente con mi pesimismo desbordado, pero también me salvó de mí mismo. 

 

Diría que tal vez lo más importante, fue que me mantuvo en contacto con el mundo, que evitó que me volviera un ermitaño. Me gusta pensar que fue la forma de acompañar a mis amigos y hacerles menos pesado el confinamiento.


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Josué Arévalo estudió Psicología y Ciencias Políticas pero a estas alturas ya no sabe si es lo uno o lo otro, o una mezcla de ambos. Es profe de Psicología y fanático de la música.


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