Por Adrián Fallas
@afallascordero

Recuerdo el mensaje, no textualmente, pero sí la idea.

Era una invitación para ir al Acapulco. El bar, no el spot vacacional de la buena vecindad.

Si en este momento usted está pensando en el Acapulco que queda en San Pedro, sepa que yo fui usted, pero sepa que no, estoy hablando del Acapulco en San José, frente al edificio Sión de la Asamblea Legislativa, la vieja, no el bunker nuevo.

Pues sí, estoy enamorado de un bar, lo acepto. No soy un gran tomador, ni mucho menos, pero este es un lugar especial.

Aquella invitación la recibí de un amigo, Poveda, a quien conozco desde el colegio, supongo que a modo de premio divino por aguantar a este tipo durante más de 20 años.

Aceptar la invitación fue una de las pocas buenas decisiones que he tomado en la vida, cerrar mi Facebook fue la otra. En este bar capitalino no solo encontré la cerveza a temperatura perfecta, también una experiencia gastronómica del más alto nivel.

La torta de carne, mi boca favorita, tiene un lugar especial en mi corazón. Las fajitas de pescado con yuca y el arroz Acapulco completan una santísima trinidad digna de acompañar el ‘shot’ de Cacique que suelo pedir para completar una sana digestión.

Pero si lo pienso bien, más allá del menú, el Acapulco es especial, porque así me siento cada vez que voy.

Poveda, el doctor Max, Lufis y el Zorro Esteban, viejos correligionarios de horas de tertulia, horas de punk y risas se convirtieron en parte de una rutina semanal: el jueves de Acapulco.

Porque al final el bar es El BAR cuando se vuelve personal, cuando es ‘where everybody knows your name’, enseñanza principal de la serie de televisión Cheers.

Por las mesas del AK han pasado muchos compas más, siempre con ganas de hablar paja un rato, comer bien y pasar un rato relajado. Algunas veces llegábamos con cita previa, muchas más era solo una parada regular de nuestros días.

Hace un año los jueves de Acapulco sufrieron un descarrilamiento. El mundo se puso de cabeza, lo que creíamos saber ya no era y era momento de buscar maneras para sobrellevar un hecho inédito, entonces pasamos las sesiones a Zoom, acompañados por otros compas, también clientes frecuentes.

Debo confesar que al inicio me conectaba con entusiasmo, pero la verdad es que lo fui perdiendo. Ya casi no participo del Zoom semanal y la verdad es que me entristece, me hace sentirme aún más lejos de mis amigos.

En estos meses he ido al Acapulco varias veces solo, y una vez con mi mamá, Pina, mi hermana, Laura, y mi novia Yen, quien ama los patacones y el chile picante que sirven. Allí estaba Luis, atendiendo y siendo un gran bartender, Carlos trabajando las mesas y, la verdad, me alegra que han logrado capear la tormenta.

Cierro estas líneas más taciturno que como las empecé. Amo el Acapulco porque allí me siento bien, porque allí volveré a ver a mis amigos, a darles un abrazo y brindar una vez más.



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Vecino de Desampa, disfruta del punk y de mejenguear cuando el COVID lo permitía.

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