Por Lissa Feng
@lissafengmo

El 8 de enero de 2019 recibí una llamada telefónica con la que a veces aún sueño que nunca contesté y dejé ir directo al buzón de voz.

Mi mamá había fallecido al otro lado del mundo, a más de 15.000 kilómetros de distancia y, en ese momento, sentí que junto con ella, murió también una parte de mí.

La muerte de mi mamá fue como una bomba de tiempo sin cronómetro visible. Sabía que la estábamos perdiendo desde hace años debido a una enfermedad que, si bien no entendíamos, a veces nos daba destellos de momentos en donde todo parecía que iba a tomar otro rumbo… que quizás la bomba no iba a explotar tan rápido, pero no fue así.

¿Alguna vez han leído un libro y aunque no les está gustando, lo continúan con la fe de que mejore? Pienso mucho que esa época de mi vida era algo así. Cada día era una página en blanco que solo sabía llenar con enojo, y un duelo que no sabía cómo resolver.

Spoiler alert: el libro no mejoró por varios capítulos más.

En diciembre del mismo año, la salud de mi papá empezó a decaer drásticamente. Fue el desenlace de años de salir y entrar a hospitales, pasando por incontables consultorios médicos y de decenas de noches de desvelo en salas de espera frías afuera de quirófanos. Después de vivir así por casi 16 años, se sintió casi anticlimático cuando mi papá falleció tan pronto, exactamente un año y un mes después de mi mamá.

Con la partida de mi papá sentí que, a mis 21 años, me había quedado sola en este mundo. Ese sentimiento de soledad hizo su nuevo hogar en los vacíos que dejaron las partidas de mis papás. Se alimentaba de mis miedos y, a cambio, me sumergía más en un laberinto sin salida en mi mente, que parecía cerrarse alrededor mío y sofocarme.

Y cuando todo va a mal, el universo encuentra la manera de decirnos que hay formas en las que podría ir aún peor. En mi caso, el broche de oro llegó tres meses después de que papi se fue, y fue la muerte de Nesquik, mi primera mascota y quien me dio propósito y pequeñas alegrías en mis días más grises durante la enfermedad de mis papás y sus muertes.

A este punto del texto seguro se preguntarán dónde está el amor y el enamoramiento, o quizás piensen que solo quería venir a llover en el 14 de febrero del resto del mundo con una historia triste. No es así, se los prometo.

Después de sufrir tantas pérdidas y tener que trabajar en múltiples duelos a la vez en un lapso de tiempo tan corto, me estaba quebrando. Aunque quizás mi quiebre comenzó mucho antes de que mami falleciera, como las grietas de una vasija que se iban profundizando con el pasar del tiempo y la presión que finalmente había encontrado mi punto de quiebre.

Mi depresión había alcanzado un nuevo grado de profundidad y la terapia parecía haber dejado de funcionar. Había muchas preguntas que nunca iban a tener respuestas y tantas cosas que quise decir y no pude. Reclamos sin nadie a quien reclamar y abrazos sin brazos que me pudieran recibir. Vivía con constantes ataques de ansiedad por el temor de pensar que alguien más que amaba me iba a dejar y, finalmente, iba a quedarme completamente sola.

Solo quería gritarle a quien fuera que estuviera a cargo del universo, que, si mi vida solo iba a consistir de pérdidas, ya no quería seguir este juego al cual nunca accedí a participar. Que él ganó y yo estaba lista para rendirme y entregarle una vida que parecía no tener sentido alguno.

Pero a veces en la escasez y en los momentos más oscuros, las cosas más pequeñas cobran mayor sentido. Realmente no puedo apuntar a un momento específico en el que las cosas empezaron a mejorar, como en las películas donde el personaje principal tiene una epifanía y de repente las escenas de blanco y negro toman color y su vida da un giro de 180°.

No fue así, no todo dejo de ser blanco y negro de un día para otro, pero lentamente fui agregando un color a la vez a mi propia película y aprendí a amar cada color que encontré entre los tonos grises. Inclusive, llegué a apreciar aquellas manchas de gris y negro.

Encontré sentido y colores hasta en mis momentos más bajos, así como también encontré amor de sobra. Como en los brazos de mi hermano mayor, quien me juró que nunca iba a estar sola en este mundo mientras él estuviera, y en el consuelo que hallé en llorar junto con mi otro hermano mientras los dos nos acostumbrábamos a una vida sin nuestros padres. O en la promesa de un hogar incondicional de parte de mi cuñada quien me crió como otra madre.

         Había colores en el apoyo y cariño que me brindó mi mejor amiga desde el otro lado del mundo, así como también los había en todos los mensajes y gestos de preocupación genuina de mi círculo de amistades más cercano. Desde mis profesores que me entregaron su comprensión para solo existir sin sentir la presión de tener que ser una alumna perfecta mientas no sabía ni cómo ser un ser humano funcional, hasta desconocidos que me regalaron pañuelos para secar mis lágrimas. En cada uno de esos momentos encontré tantos tipos de amores, distintos a los que perdí pero igual de cálidos.

 

La vida no había vuelto a ser perfecta, nunca lo fue tampoco. Mis papás y Nesquik no iban a volver, pero llegué a la conclusión de que, a pesar de eso, todo iba a estar bien eventualmente. De alguna manera, todo iba a encontrar su lugar, y así como había un lugar para ese dolor en mí, también lo había para las risas y los momentos de calma.

         No sé en que punto nos vendieron la idea de que hay que superar todo lo malo en la vida para poder continuar, pero no podría rechazarla más. No he superado la partida de mis papás, y quizás nunca lo haga, y eso está bien. Puedo vivir con estas heridas y cicatrices, porque solo a quienes amamos con tal intensidad pueden dejar marcas tan profundas. Así como también puedo vivir mientras navego entre las olas del duelo, que al inicio parece que nunca van a parar y te ahogarán, pero paulatinamente se hacen cada vez menos frecuentes y más distantes y en esas pausas volverás a respirar.

         Y después de tantas lecciones de amor, de pérdida y de dolor, quizás me enamoré de eso: De la posibilidad de ser una obra imperfecta, llena de cicatrices y marcas que son prueba de que existimos en este mundo. Y como tantas otras relaciones, uno no ama todos los aspectos del otro y existen muchos momentos donde uno simplemente quiere cortar todo desde la raíz.

Sin embargo, ahora entiendo que los momentos agrios nos enseñan a apreciar un poco más los dulces, y los recuerdos de los días buenos nos dan esperanza en nuestros puntos más bajos de que algo mejor vendrá eventualmente. Y en esa esperanza cálida, que a veces es casi invisible y otros días eclipsa todo a su paso, me enamoré de la vida después de la vida.

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Mi nombre es Lissa Feng Mo pero también es 冯翠仪. Asiática-latina, hija de migrantes chinos, relacionista pública y en mi tiempo libre, una señora dedicada a mis conejos.


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