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por Arturo Pardo
Fotos por Pablo Cambronero y Giancarlo Pucci

Cuando la cuarentena comenzaba, Geiner Golfín Duarte se encontraba a 534 kilómetros alejado de “continente”. Su estadía en Isla del Coco, donde trabaja como guardaparques desde hace 15 años era inminente e inevitable, junto a ocho colegas más y dos bomberos.

La noticia llegó porque tenía que llegar, pero luego darle seguimiento en el día a día no era tan fácil. La velocidad de Internet disponible en la isla no alcanza como para cargar el timeline de Facebook o para lograr reproducir un video de Youtube, sin antes dormirse del aburrimiento de la espera.

Este biólogo marino de 45 años de edad, tuvo que quedarse un total de 35 días continuos desde que había llegado al destino paradisíaco en medio del Pacífico. La distancia entre ese destino y Puntarenas (de donde suelen zarpar) conlleva un viaje de 36 horas y, debido a las medidas de reclusión obligatoria por el covid-19, el barco que les hubiera permitido volver antes se atrasó, al menos, cinco días.

En la cotidianidad de la isla, lo primero que cambió fue el ir y venir usual de turistas. Normalmente dos operadoras hacen dos viajes y medio por mes, en visitas de siete días en la modalidad “living and board”, como si fuera un crucero. En este contexto, por supuesto, no habría una sola visita: los barcos dejaron de llegar a la isla.

Los residentes tuvieron que tomar medidas de contingencia: al saber que no podrían salir a “continente” como de costumbre, realizaron una lista de los alimentos disponibles. Además, se dedicaron a dosificar razonablemente las previsiones de combustible para los recorridos indispensables dentro del área por vigilar.

Su preocupación mayor llegó cuando tuvieron que sacar a un compañero por problemas de salud: “Se le hizo un traslado con una embarcación para patrullaje y nos tocó hacer el viaje ‘transoceánico’ hasta continente. Por dicha teníamos suficiente combustible para seguir”, dice.

A como llegaban las noticias por medio de sus grupos de WhatsApp fortalecieron el protocolo de lavado de manos. Se enteraban de cómo aumentaban las listas de infectados y, mientras tanto, iban racionando el alimento disponible. Casi todo lo tomaban de una huerta, al lado de comedor.

Debían asegurarse de seguir haciendo su pinto, su casado, tener suficiente para las ensaladas y los frescos naturales. En lo que llaman “la zona de vivero”, hay una huerta que se convirtió en una salvación, gracias a los productos orgánicos o hidropónicos: lechuga, mostaza china, chiles jalapeños, remolacha, rábano, culantro, jengibre…

 

Geiner Golfín. Biólogo y guardaparques de la Isla del Coco

La costumbre del aislamiento

 

Golfín se solidarizó con quienes, desde continente, descubrieron, por primera vez el aislamiento. En cuanto a los hábitos sociales en la isla, no era tanto lo que estaba cambiando. Ahí no hay ni cines ni bares. Tampoco extrañan la discoteca o cualquier otro recinto que terminaría siendo una “comodidad”.

“Nosotros ya vivimos aislados, dependemos de nosotros mismos para abastecernos. De alguna manera sabemos lo que es estar en ese lado del estrés, sin poder tener las comodidades de siempre”, dice el josefino de 45 años.

Golfín se refiere a Isla del Coco como la última frontera de Costa Rica.  

Sin la posibilidad de hacer videollamadas o reunirse por Zoom los guardaparques saben que a su familia les toca hacer un gran sacrificio, tanto por la imposibilidad de verse seguido, así como por la incapacidad de comunicarse, debido a la obsolescencia de su Internet.

“Vivimos con desarraigo. En la isla lo nuestro es un asunto de supervivencia. Estamos acá con las condiciones básicas de convivencia, concentrados en la armonía de poder conllevar, con esto, el día a día”, confiesa Golfín.

El equipo de guardaparques se dedica a diario al control y vigilancia, al mantenimiento de su base, recolección de hojas, a la cocina, coordinación e investigación (monitoreo de especies).

En la llamada que respondió desde San José, pocos días después de haber regresado para quedarse en “continente” por 22 días, Golfín nos contó sobre si la naturaleza se había comportado diferente ante la ausencia de turismo.

“No sé si porque no había turistas o lanchas, pero llevábamos rato de no ver una tortuga buceando. Vimos muchos mamíferos marinos, como los delfines, aves como los píqueros, charranes (gaviotas), palomas del espíritu santo y, en las aguas circundantes, ballenas piloto, peces de arrecifes, tiburones punta blanca, tiburón martillo, punta negra… También vimos más cerdos, ranas y venados”, cuenta.

Y al final, como un recordatorio de cómo hacen él y sus colegas cuando se quedan “encerrados” en la isla, hay una palabra clave que él quiere recordar: paciencia.

“De eso se trata todo esto”, cierra.


 

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