Por Sergio Arce
@Sergio1974cr

En mi cabeza solo pensaba: ¡quiero vivir! ¡No me quiero morir!

No estaría contándoles mi historia –espero humildemente que les resulte interesante– si no fuera porque hace 10 años y 4 meses un combo de factores me salvó de la vida.

Un grupo de ángeles, mis ganas de vivir, mi condición física y una buena alimentación se confabularon positivamente para que un pedazo de metal que se disparó contra mi pecho, desde la llanta de un carro en movimiento, no me arrebatara la vida un 9 de octubre del  2010. 

Cualquiera pensaría que se trató de una escena surrealista sacada de una retorcida película del director estadounidense Quentin Tarantino. Sí, el mismo de la sangrienta (y maravillosa, a mi criterio) cinta en dos volúmenes Kill Bill.

Un episodio muy presente

Pero no. Ocurrió poco antes de las 9:00 a.m. de aquel día. Yo iba corriendo por la calle del boulevard de Rohrmoser, en Pavas, cuando un vehículo pasó a mi lado, escuché como un avispero y después solo sentí un pellizco en mi pecho.

De inmediato supe que algo no andaba bien, puesto que empecé a respirar con dificultad. Solo atiné a llevarme una de las manos al pecho; no podía gritar por ayuda y no había nadie a mi alrededor.

Pero en menos de un minuto apareció Johanna Zomer corriendo en sentido contrario. Y detrás de ellas los médicos Castro y Piedra, del hospital México, también corriendo. A duras penas le hice señas. Ella pensó que la estaba saludando, así que me tiré al piso para que se diera cuenta de que algo no estaba bien. Y una vez caí solo vi sus rostros… angustiados y tratando de salvarme.

La doctora me agarró una de las manos y me decía que no cerrara los ojos. El doctor empezó a coserme el pecho con hilo y aguja, que en ese momento le dio Debbie Kurshner, quien vive frente al sitio donde todo ocurrió.

El doctor me explicó, tiempo después, que esa pequeña sutura era para evitar que el aire entrara a mi pecho, donde tenía un agujero. Pero el daño era mayor.

No me quería morir

Minutos después del accidente un buen samaritano detuvo su carro, me montaron y los médicos y ese hombre me llevaron al México… y solo escuchaba a los dos galenos: ¡lo vas a lograr! ¡No cerrés los ojos, Sergio! Y en mi cabeza solo pensaba: ¡quiero vivir! ¡No me quiero morir!

Una vez llegamos a Emergencias “se me apagó el switch”. Y cuando desperté (al día siguiente) estaba en Cuidados Intensivos, con una cicatriz que recorría todo mi pecho y con cuatro sellos de tórax.

Un buen amigo, el doctor Antonio Sanabria, se me acercó a la cama y me dijo: ¡te operaron de emergencia! La cirugía estuvo a cargo de los doctores Pucci (ya pensionado) e Induni.

El metal fracturó mi esternón; el pericardio (una membrana fibrosa que envuelve el corazón) estaba “desgarrado” y los pulmones colapsaron.

Una nueva oportunidad

Pero allí estaba yo: en una cama llorando cuando escuché eso. La vida, Dios, el Universo o los astros me dieron una nueva oportunidad de vida.

Los especialistas del centro médico me dijeron, al cuarto día, que mi condición de deportista, la alimentación y el buen ánimo coadyuvaron para que yo sobreviviera al accidente y a la cirugía.

Al noveno día salí del hospital con mi fe renovada en este segundo chance. Y lo hice con mucha gratitud y humildad, pero también con más conciencia de que debía disfrutar el ejercicio y la comida, sin caer en obsesiones o extremos, como me ocurrió un año antes del incidente cuando caí en la vigorexia.

Logré superar ese episodio tres meses antes del accidente. Y cuando retomé la rutina de ejercicios lo hice más calmado, sin prisa pero con buena letra, con prudencia. Y en cuanto a la comida: aprendí que uno puede comer rico y saludable sin abstenerse de cositas ricas de vez en cuando. Bueno, bueno, bueno… reconozco que soy un goloso y me derriten los postres, pero los dosifico. Pero de verdad soy más consciente, responsable y feliz con cada plato de comida que disfruto.

También soy feliz cada vez que me veo al espejo y veo mi cicatriz –mi hermosa cicatriz–: doy gracias porque, con mis errores y una que otra virtud, creo ser una mejor versión de aquel Sergio del 2010.

Desde luego: doy gracias y muchas gracias a esa hermosa red de ángeles que me abrazó con sus alas y me sigue cuidando (en la Tierra, tanto como desde el cielo).

———

Sergio, periodista en El Observador, es amante del café ralito (porque así nos criaron en mi casa), optimista por naturaleza y descubrí hace poco que me encantan el hiking y los panqueques.


 

One Comment

  • Marcella dice:

    ¡Uy, yo me acuerdo de eso! Leí la noticia y me impactó mucho, porque yo también soy corredora y como muchos he corrido en la Sabana. Y en verdad ese combo fue lo mejor. Gran lección de vida y gran oportunidad de seguir disfrutando cada día, sin bajar la guardia y darse gusticos. Gracias por compartir tu historia.

Leave a Reply