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Por Reynaldo González

Ilustración por Natalia Milner
@nati24k

Son las 3 de la tarde y ando con jeans remangados a media canilla y tenis blancos con los cordones desamarrados. 

Por más que pedaleo la calle, no se termina. “Sigue, sigue”, me dice. “Dale, mira pa’lante”.

La siento detrás de mi oreja izquierda, corriendo sofocada. “Mamasota, tanta curva y yo sin freno” le gritan unos trabajadores desde la cama de una pick-up vieja y roja. Ella no mira y sigue corriendo. “Mira palante. No te sueltes”, me dice con cariño. “¡Mireeeen… azarosos!” les grita con rabia.

Tengo el parque a la derecha. El del árbol de flamboyán que siempre florece y que pinta una alfombra roja, a veces linda, al lado de la piedra de coral grande donde Ruth juega. 

Tengo la pared del patio de mi casa a la izquierda, la beige con rejas negras en la que nunca puedo subirme porque me da miedo cortarme las piernas. Voy demasiado rápido y veo de reojo esas rejas pasando. No me da tiempo de contarlas, entre sudor y pavor. “Sigue, sigue. Aquí estoy, Rey”.

Los tenis me quedan grandes y se me quieren salir los pies. La pick-up sigue avanzando y los hombres, insultados, hablan de cosas de hombres. “Sigue, sigue. No te vayas a soltar, mi hijo”.

La rueda de adelante ya no tiembla y todo se siente distinto, como alzando el vuelo. Sigue, ya casi, tranquilo, que ahí está, detrás de tu oreja izquierda. Dejo de pedalear y pongo el pie en esa calle negra y caliente, caliente y muerta. Me volteo y no está. “¡Viste, viste que pudiste, mi Rey!”, me grita, sudada, muerta ‘e risa, desde el flamboyán. Ella, mi lugar favorito.

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Reynaldo González es dominicano y tiene 45 años. Hace 22 años que dejó su pedazo de isla, 10 meses que vive en Costa Rica, y 5 meses que podría estar viviéndolos desde cualquier lugar.


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