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Por Mariana Esquivel

Durante los días de aislamiento y reflexión he usado la pantalla de mi teléfono casi como una lupa. He desarrollado más que un ejercicio, un hábito del que no estoy convencida sea muy sano, pero bueno, le he puesto el ojo a varios temas y personas.

Con el constante sabor agridulce que suelen dejarme las redes sociales, he notado varios tipos de comportamiento; desde el pregonero paranoico que infunde pánico por medio de noticias falsas y amarillistas, hasta el irresponsable entusiasta que piensa que hay que admirar las fiestas de espuma protagonistas de sus historias de Instagram, porque hay que ver la mezcla de burbujas en tiempos de restricción Covidiana; si es que se puede llamar así. Evidentemente ninguno de los dos extremos es digno de aplausos, por el contrario, ambos parecieran ser el resultado de una alimentación nociva e inclusive tóxica.

Como seres humanos que somos, así como el cuerpo necesita buen alimento, ocurre lo mismo con la mente. El alimento físico pareciera más fácil de controlar por ser tangible; de alguna manera tenemos que hacer un esfuerzo por obtenerlo y, finalmente, se ve reflejado en nuestra piel, órganos, peso, sangre, etc.


El alimento mental por otro lado, no vamos a comprarlo, no lo cocinamos y no se nos quema…  O tal vez sí.

¿Qué estamos leyendo? ¿A quién estamos siguiendo? ¿Adónde van nuestros ojos, nuestros likes, nuestro tiempo? ¿A quién admiramos y a quién le estamos dando nuestra adhesión en redes fomentando lo que hace?

¿Con qué nos estamos sustentando? ¿Cómo está nuestra nutrición mental?  Es importante revisar lo que nuestro cerebro está consumiendo, lo que dejamos entrar en nuestro sistema. Nos puede afectar cuando entra y a otras personas cuando sale; palabras, frases, textos, todo puede alterar nuestra brújula moral.

Yo no era muy fan de las redes sociales, de hecho, me abrí una cuenta de Facebook hasta en el 2013, por insistencia de un grupo de amigos y unos años después seguí con Instagram. Tengo que aceptar que son charcos por los que paso, aunque a veces no quiera meterme, y si me empapo los ruedos entonces me digo: ‘¡Qué pereza! ¿Y ahora qué gano con esto, un resfrío?’ Ese “resfrío” crea anticuerpos que sirven para saber combatir la siguiente gripe, la siguiente situación viral. Algunas veces la charca se hace estanque y uno se siente con el agua hasta el cuello… pero como dice el dicho ‘del ahogado, el sombrero’.

Con mucho tiempo entre manos o con falta de dirección, de repente podemos vernos sumergidos en redes, inmersos en una manifestación virtual por una buena causa, pero usando estrategias contraproducentes. O posteando contenido sin contenido solo por seguir una corriente cuyos fundamentos ni entendemos.
O peor aún, poniéndonos una etiqueta redentora (porque está de moda ser bueno), pero demostrando una inmensa inconsistencia en nuestro comportamiento. Y así, después de autoproclamarnos con un adjetivo benévolo, ser la propia antítesis.

Si  queremos promover la negligencia, la superficialidad, los personajes que se han ganado un lugar privilegiado en el mundo por exhibir banalidades, pues sigamos destinando nuestros sentidos hacia todo esto y seremos partícipes del crecimiento de esas corrientes masivas que no hacen más que reforzar estereotipos y promover comportamientos negativos.
En cambio, si no es eso lo que queremos como seres humanos, pues dejemos de darle pelota a lo nocivo, limpiemos el feed de vez en cuando, así como limpiamos el refri. Cuestionémonos qué necesitamos realmente; ¿más ayotes y menos pechugas, tal vez? (así, a lo tico). Hay tantísima gente usando el cerebro para que el mundo avance y esa gente sigue teniendo mucho menos seguidores que Kim (Kardashian, no Jong-un; este último seguro que ni redes tiene).

De cualquier manera, pensemos en la clase de nutrientes que estamos absorbiendo. Al rato optar por un veganismo mental y evitar los productos de origen ANIMAL sea lo más saludable. No quiero decir que no hay que apoyar causas o que hay que cerrarse y no probar cosas, al contrario. Pero sepamos elegir con qué quedarnos y hagámoslo con consecuencia. No sé qué tan enredados estemos, pero a veces es bueno desenredarse un poco.


 

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