Por Irene Chacón Morera
@irene_chaconmorera

Me tuve que enseñar para luego enseñarles a ellas…

Soy Irene, tengo 40 años, un matrimonio, dos hijas y toda una vida de ser gorda (palabra que duele y que uso poquito a poco intentando perderle el miedo a nombrarme así).

La cosa es que nunca en mi vida he tenido un peso ideal, algunas veces más otras menos lejos de lo que dicen las tablas y por ende siempre escuchando y viviendo recomendaciones e imposiciones de dietas, tratamientos y demás malabares de la ciencia occidental y oriental para bajar de peso.

Estos hechos nada más me hicieron enojarme conmigo, resentirme con los demás y establecer una relación poco sana con la comida, castigando a mi cuerpo por no cumplir con el IMC que supuestamente debía y castigando (según yo) a quienes me controlaban y juzgaban, porque simplemente no les iba a dar gusto siendo lo que decían que tenía que ser: flaca y bonita.

Cuando tenía 31 años Olman, mi compañero de aventuras y yo, decidimos que queríamos ser papá y mamá y bueno… nació Lu en el 2012 y luego Kiki en el 2015. Fue ahí donde me vi confrontada y obligada a hablarme directo y sin rodeos, tenía que reconciliarme con mi cuerpo y con la comida, dejar de verla como algo terrible a veces y algo maravilloso otras. Me tuve que enseñar para luego enseñarles a ellas que la comida nos nutre, pero también nos puede hacer felices.

Entendí que el exceso es malo, pero que no tenemos que castigarnos por el hecho de que ocurra y, más bien, debemos aprender a escuchar a nuestro cuerpo y a nuestro ser para entender por qué comimos de más y, principalmente, que nadie tiene derecho a opinar sobre nuestro cuerpo, nuestro peso o cómo nos vemos. La única forma de guiar a mis hijas en el amor propio era aplicándolo conmigo.

Y así vino la crianza, lidiar con niñas que crecen rapidísimo, que lo preguntan y cuestionan todo, que están aprendiendo a vivir en una sociedad machista que se guía por las apariencias. Y fue en esos momentos donde me vi mordiéndome la lengua para no hacerle a ellas lo que en múltiples ocasiones me hicieron a mí, deteniéndome a pensar cómo hubiera querido que me hablaran tantas veces sobre cosas tan simples y desconocidas durante mucho tiempo, por ejemplo, cómo entender cuándo comía por hambre y cuándo por ansiedad.

Fue así como, de pronto, todos los días desde que supe que iba a ser mamá de una niña (y luego de dos) ha sido un ejercicio de aceptación y reconciliación con mi cuerpo. Es que, ¿cómo enseñar a mis hijas a ser seguras y amar lo que ven en el espejo cuando para mí muchas veces era imposible? Y bueno, eso ha sido una de las cosas más complicadas de mi vida, es que ni parir costó tanto, porque fue duro y doloroso, pero pasó. Esto de aprender a quererme vieran cómo cuesta y es de dos pasitos para adelante un día, y uno para atrás al día siguiente.

Y es así, a ese ritmo lento y muchas veces cuesta arriba, como poco a poco me he ido reconciliando conmigo y al mismo tiempo procurando una relación sana y consciente con la comida, dejando de pensarla como un premio o un castigo y dándole el lugar que se merece en nuestra vida, y es que comer es riquísimo y todavía más cuando lo hacemos sin culpa.

Aprendí a ver la comida como un medio para tener salud. Resignifiqué cocinar, que es algo que me encanta y empecé a hacer cosas que me gustaban y me hacían sentir bien, aprendí a escuchar mi cuerpo y entender qué le hacía bien y qué no tanto. Todo esto me ha llevado a evitar los excesos y lo hago, más que por peso, por sentirme bien. Lo más importante es que esto me llevó a entender que no había necesidad de castigarme o premiarme con comida.

Esta reconciliación me ha llevado por un camino de sabores, olores, texturas y gustos que van más allá. Con las chicas también aprendí a agarrarle el gusto a experimentar y verlas probar cosas nuevas y que vayan creando no solo un paladar amplio, sino uno sin prejuicios por lo que comen.

Ellas han sido unas grandes maestras de la vida, me han enseñado a creer que me veo bonita a pesar de no cumplir con los estándares de belleza. Me han enseñado a reconciliarme con lo que veo en el espejo y me han dado la fuerza para seguir queriéndome un poquito más y entender que nunca es tarde para estos procesos, tampoco para chinearse y comer bien, escuchar al cuerpo y buscar, más que el peso, sentirme sana.

Todo este proceso ha sido fuerte, porque fue ya “vieja”, y con las chicas, que le encontré el gusto al ejercicio. En este momento ponerme una licra para salir a caminar o ir al gimnasio no es una tortura; me vi disfrutando al sentir que no podía más, para luego darme cuenta que lo había logrado y seguía viva. Siento que mucho de eso lo fui logrando porque voy en camino a reconciliarme con mi cuerpo y eso me permite reconocer lo fuerte que soy.

Definitivamente maternar es un cambio drástico en la vida de cualquiera, pero puedo decir que en mi caso ha sido un cambio para bien.

¡Gracias Lu & Kiki, las amo! 
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Cuarentona, formada en psicología pero productora audiovisual en la práctica. Cofundadora y productora de ConejoPanda. Directora de Comunicación en ACCEDER. Feminista y fiel defensora de todos los derechos para todas las personas. Mamá de Lu & Kiki.

 


 

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